LOS ÚLTIMOS PASOS DE JOHN KEATS EN LA CIUDAD DE ROMA.

La verticalidad de las escaleras del edificio donde se encuentra la Casa Museo del poeta inglés en la Plaza de España en Roma, define muy bien lo que fue su vida, estrecha en lo económico, angosta en la salud, pero plena en lo artístico. John Keats se entregó sin contemplaciones a la belleza y a sus consecuencias: «la belleza es verdad; la verdad, belleza. Esto es todo lo que sabes sobre la tierra, y todo lo que necesitas saber», como muy bien expresa en unos versos de su famosa Oda a una urna griega. Una contemplación de la belleza que para él fue efímera, y que en la ciudad de Roma se transformó en trágica, porque allí fue consciente de la contradicción que suponía tener tan cerca la belleza ansiada, pero también que ésta no fuera nunca suya, pues el estado avanzado de su tuberculosis se lo impedía. Del mismo modo que Chéjov abandonó Rusia para ir a morir a un balneario alemán (una secuencia que Raymond Carver relató muy bien en su famoso relato Tres rosas amarillas), Keats hizo lo propio en la ciudad italiana aconsejado por sus médicos y como única solución a la búsqueda de una curación que nunca llegó.

¿Qué cabe en la mente de un poeta que sabe que se está muriendo? No es fácil responder a esta pregunta, y mucho menos cuando el protagonista es uno de los principales poetas británicos del Romanticismo, y menos aún cuando su poesía, tan exuberante como imaginativa, sólo es atemperada por la melancolía: «estación de las nieblas y fecundas sazones,/ colaboradora íntima de un sol que ya madura,/ conspirando con él cómo llenar de fruto/ y bendecir las viñas que corren por las bardas,/ encorvar con manzanas los árboles del huerto/ y colmar todo fruto de madurez profunda;/ las calabazas hinchas y engordas avellanas/ con dulce interior; hacer brotar tardías/ y numerosas flores hasta que las abejas/ los días calurosos creen interminables/ pues rebosa el estío de sus celdas viscosa». (Fragmento de la obra maestra lírica Oda al otoño). No obstante, lo que sí fue cierto es que el destino, para aliviar sus últimos días de vida, le regaló una última morada en la Casina Rossa del n.º 26 de la Plaza de España, desde donde sólo tenía que asomarse a una de las ventanas de la biblioteca para caer rendido ante la plasticidad lineal de la famosa escalinata de 135 peldaños construida entre 1721-1725, que, como un enigma sin resolver, le proponía dos alternativas; una, la meta de su cúspide culminada con un templo religioso (la iglesia de Trinità dei Monti); otra, el inicio de su arranque en la fuente de la plaza (la barroca Fontana della Barcaccia). Un enigma que no compartió solo, porque siempre estuvo acompañado por su gran amigo Joseph Severn hasta el final. En este sentido, no nos cuesta nada imaginarlos subiendo juntos por los peldaños de la gran escalinata y, entre descanso y descanso, echar una mirada hacia su otra morada, mientras con toda seguridad, el joven poeta pensaba que en poco tiempo su mirada tendría una dirección inversa, y que ésta sería definitiva y para siempre. Esta hipótesis la refleja muy bien Julio Cortázar en su libro Imagen de John Keats: «… desde la ventana de su aposento que daba directamente a la escalinata de Trinitá dei Monti, él vería los peldaños como quien, desde el pretil del puente, ve resbalar la cinta del río. Hombre de ríos, de aguas, amigo de acuarios y algas, John pudo pensar de su pequeño panorama de encierro lo que un siglo después diría tan bien Jean Cocteau: “la casa de Keats presa en las escaleras de la Plaza de España como un molino en una cascada”».

John Keats, el hombre que siempre andaba con un libro en el bolsillo (como lo describía Cortázar), no sólo tuvo el auxilio espiritual de la poesía en sus últimos días, porque en Roma también contó con la ayuda y los cuidados del doctor James Clark, que lo trató con mimo y devoción, pues, además de conocer su historia, era un devoto de la poesía, y él fue quien cumplió con una de las últimas voluntades del poeta e hizo que su sepultura fuera cubierta de margaritas, como una muestra más de su amor por la naturaleza y del esteticismo que siempre tiene un valor moral. Ese yo lírico que en Oda a un ruiseñor se eleva entre los árboles y compara la eternidad de la naturaleza y la trascendencia de los ideales con la fugacidad del mundo físico. Una fugacidad de la que Keats intenta alejarse contraponiéndole su ansia de eternidad; un deseo que sin duda a día de hoy podemos expresar que consiguió a través de sus poesías y sus cartas (de gran valor literario), descargando de esta forma parte de ese anhelo y esa maldición que le persiguieron a lo largo de su corta existencia: «estrella brillante, si fuera constante como tú,/ no en solitario esplendor colgada de lo alto de la noche/ y mirando, con eternos párpados abiertos,/ como de naturaleza paciente, un insomne Eremita,/ las móviles aguas en su religiosa tarea/ de pura ablución alrededor de tierra de humanas riberas,/ o de contemplación de la recién suavemente caída máscara de nieve de las montañas y páramos./ No, aún todavía constante, todavía inamovible/ recostada sobre el maduro corazón de mi bello amor,/ para sentir para siempre su suave henchirse y caer,/ despierto por siempre en una dulce inquietud, / silencioso, silencioso para escuchar su tierno respirar,/ ya sí vivir por siempre o si no, desvanecerme en la muerte». (Poema Estrella brillante, si fuera como tú, del que Jane Campion cogió el nombre para su película sobre Keats titulada Bright Star (2009), y que escenifica sus tres últimos años de vida).


La Casina Rossa es desde 1906 el Keats-Shelley Museum, y si algo le caracteriza, es la paz y tranquilidad que se respira en sus habitaciones, en contraposición con el bullicio de la Piazza di Spagna y la transitada escalinata que se puede ver desde su biblioteca. La estrecha verticalidad de esta construcción se antepone a la horizontalidad de las habitaciones de cada planta. En la primera de ellas, están las estancias que fueron testigo de los últimos pasos de John Keats en la ciudad de Roma. En ese remanso de paz, el poeta inglés se refugió entre los numerosos libros de la biblioteca que poco a poco fue abandonando hasta apenas salir de su habitación, donde encontró el auxilio de los dibujos florales del techo, y hasta tal punto lo hicieron, que en su agonía le llevaron a exclamar: «¡ya noto cómo crecen las flores sobre mí». Keats murió el 23 de febrero de 1821, al lado de Joseph Severn y alejado de su amada Fanny Brawne, a la que escribió esta última carta fechada en 1820:
Mi querida niña.
He estado dando un paseo esta mañana con un libro entre las manos, pero como de costumbre no he hecho otra cosa que pensar en ti. Estoy atormentado día y noche. Mi familia habla de mandarme a Italia. Lo único que es seguro es que nunca me recuperaré si estoy (separado) lejos de ti: sin embargo, con toda la devoción que te proceso, no puedo tener la seguridad de que tú para mí eres lo más deseado. El aire que respiro en cada habitación en la que tú no estás a mi lado es insano. Tú tienes un montón de cosas que hacer, puedes ser feliz sin mí. Una fiesta o cualquier otra cosa que llene tus días es suficiente. ¿Cómo has pasado este mes? ¿A quién has sonreído? No sientes lo mismo que yo, tú no sabes lo que es amar, algún día lo sabrás, aún no ha llegado tu momento. No puedo vivir sin ti, y no solo sin ti, sino también sin tu castidad, sin tus virtuosas acciones. Amanece y anochece, el día pasa y, de algún modo, sigues la inclinación de tus deseos. No tienes ni la menor idea de la tristeza que sufro cada día. ¡Seamos serios! El amor no es algo con lo que se juega, y no volveré a escribirte al menos que tú lo hagas con la conciencia cristalina. Moriría antes si tú no me quisieras.
Eternamente tuyo.
J. Keats
(Traducción cortesía de África Silvelo).

Los restos de John Keats (junto a las cartas de su amada y un mechón de pelo de su hermana menor), descansan en el cementerio protestante Campo Cestio de Roma; un lugar silencioso y agradable, entre pinos y cipreses, palmeras y naranjos, bordeado de plantas y flores, y bajo la atenta mirada de los gatos que allí habitan y de los curiosos y turistas que van a visitarle. Su sepultura no tiene nombre, pero sí la inscripción del famoso epitafio que inventó días antes de morir: «aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua», y sobre él, sólo hay una imagen de una lira a la que le faltan la mitad de las cuerdas (idea de Joseph Severn). A unos metros a la izquierda, justo en la tapia del cementerio, hay un medallón con una efigie y unos versos en los que se puede leer su apellido. Se dice que Shelley llevaba un libro de Keats en el bolsillo cuando murió ahogado en un naufragio un año después en la Toscana. Antes, le dio tiempo a escribir el poema Adonaïs en honor de su amigo, que describe muy bien el cementerio donde descansan sus restos, y donde el poeta romántico dio sus últimos pasos en la ciudad de Roma: «el cementerio es un espacio abierto entre ruinas,/ y en invierno lo cubren violetas y margaritas./ Podría hacer que uno se enamorara de la muerte/ al pensar en ser enterrado en un lugar tan grato».

Artículo de Ángel Silvelo Gabriel

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