¿Cree usted que…? Por Ángel Medina

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¿Cree usted que…?

 

“100 españoles y Dios” es el título de un libro de Gironella, en el que encuesta a diversas personalidades del mundo cultural, artístico, político y científico – excluye el religioso, por cuestiones obvias. – ofreciendo un abanico que va desde las afirmaciones a las negaciones.

Las preguntas son básicamente tres. ¿Cree usted en Dios? ¿Cree usted que hay algo en nosotros que sobrevive a la muerte? ¿Cree usted que Cristo es Dios? Tres interrogantes que pueden afectar al hombre de cualquier lugar y tiempo, pues, a pesar de la “modernidad”, piense el lector por sí mismo si no se las ha hecho en alguna ocasión.

Existen tres ramas en el conocer, que son la ciencia, la filosofía y la teología. La primera afirma aquello que puede experimentar. La segunda lo contempla la inteligencia humana, hasta donde da de sí. La tercera interpreta las verdades reveladas, más allá del alcance de ciencia y filosofía.

¿Es posible “razonar” estas preguntas, utilizando un lenguaje lo más asequible al entendimiento?

“Nadie lo vio jamás” (Jn 1,18). Sin embargo, cuando se ve humo, habrá de preguntarse por la existencia del fuego.

Puntualicemos. La evolución no es creadora, pero la creación sí es evolutiva. Respondámonos: ¿es el Universo producto del azar?

Todo tuvo su origen en una esfera del tamaño aproximado de una manzana, que todavía hoy continúa expandiéndose tras la gran explosión. Esto fue lo que en la segunda década del pasado siglo demostró Lemâitre, denominándolo “hipótesis del átomo primigenio”. Todo lo que existía y existe es materia, cuyas propiedades son cuatro fuerzas: gravitatoria, electromagnética, nuclear fuerte y débil. De ellas proceden todas las reacciones químicas que dan lugar a la vida, desde el pequeño átomo a los 100.000 millones de galaxias, cada una de las cuales alberga a su vez 100.000 millones de estrellas o soles, estando todo ordenado en función a la aparición del hombre. De tal manera, que, la más mínima alteración en los cambios que se van dando en la evolución, habría hecho inviable la existencia humana.

Dicho esto, es fácil preguntar, ¿qué había antes?  ¿Antes de qué?  Pues, si no hay materia, tampoco puede haber tiempo. Y también, ¿dónde ocurrió el Big Bang, que dio lugar a todo lo que hoy existe? En ninguna parte y en todas partes a la vez, pues no había espacio ni tiempo. Esto es lo que dice la Ciencia.

Por su parte, la Filosofía nos dirá, que lo que no existe no puede darse la existencia a sí mismo. Entonces, ¿queda algo que no sea apelar a la Creación?

En cuanto a la Teología, viene a decir algo rotundo: toda la creación está hecha para el hombre.  El ordenamiento de la evolución ha sido diseñado en función de la aparición del ser humano. Y esto la Ciencia lo confirma en lo que se llama “Principio Antrópico”, indicando que, si se estudian las características del Universo, sus fuerzas y la evolución, se llega a la conclusión de que no puede cambiarse prácticamente nada sin que las leyes físicas inmediatamente nos digan que no podríamos existir.

Somos el resultado de una evolución procedente de un programa original. Por analogía, pensemos en un ordenador. ¿Podemos decir- ni siquiera pensar- que el ordenador está en la mesa “porque sí”, que “se ha hecho a sí mismo”, y “que ha diseñado su propio programa para arrancar a funcionar? ¿Resultaría esto creíble? Alguien tendrá que escribir un programa y diseñar un código para que ese programa obligue a las corrientes eléctricas a hacer algo, de lo cual el ordenador ignora todo. ¿O no?

De acuerdo, la materia está en todo lo creado. Pero, si todo es materia ¿de dónde surge la inteligencia humana, que es inmaterial? Porque, ninguna, ni todas las fuerzas de la materia son capaces de escribir una poesía, sensibilizarse, alegrarse ni entristecerse, conmoverse con el arte, tener una ética o poseer sentido de la libertad. Esto es inmaterial. Luego, si no es materia, solo el espíritu podrá explicar la actividad del hombre más allá de la animalidad. ¿Hablamos aquí también de casualidad o de causalidad?

Preguntémonos con decisión: Lo que existe y somos, ¿responde, si o no, a un plan proyectado en las leyes azarosas por una inteligencia superior, haciendo posible que las constantes vayan entrelazándose hasta alcanzar el objetivo diseñado?

Pensemos para poder situarnos en el para qué de las cosas. Tomemos la astrofísica como referencia. Una de las muchas razones del por qué son así. ¿Cuál es la función de la luna?

Parece ser, que hace unos 4.000 millones de años, cuando todavía la Tierra era incandescente, un planeta algo menor que Marte colisionó con ella; no de manera frontal, sino lateral, como si se rozasen, lo cual ocasionó que los núcleos de hierro se uniesen, constituyendo una masa que atrae los cuerpos hacia el centro del planeta, esto es, la gravedad, y al mismo tiempo, los fragmentos de la colisión se agruparon en el espacio formándose el satélite. Si no existiese la Luna, la Tierra cabecearía como hace un trompo conforme se le va agotando la fuerza giratoria. ¿Qué pasaría entonces?  Sencillamente, eso bastaría para que cambiase de manera catastrófica el clima, que hace posible las estaciones, y en tal caso la evolución no habría llegado hasta el ser humano.

De nuevo la misma pregunta: ¿Casualidad o causalidad? Si admitimos la casualidad, habremos de admitir igualmente que todo lo que existe, Universo y hombre proceden de la “nada”. Quien esté dispuesto a admitirlo, que lo explique. La nada, nada responde. Queda, pues, una segunda opción, que es el creacionismo. El Misterio. Lo que se reconoce como Principio y Fin de todo. ¿Con qué nos quedamos?

 

Si se acepta su existencia, entonces es posible formular la segunda pregunta: ¿Se sobrevive a la muerte?

¿No es realidad lo que la inscripción de una tumba de un cementerio olvidado recuerda al hombre?: “Yo era como tú y tú serás como yo” O aquellos versos de Jorge Manrique, que comienzan diciendo:” Recuerde el alma dormida/ avive el seso y despierte/contemplando cómo se pasa la vida/cómo se viene la muerte”.

En tanto vivimos inmersos en el ruido de la vida y sus afanes no suele pensarse en ella, pero, al final, sintiendo su presencia, ¿podrá ignorársela?

Decía nuestro Unamuno “Me dan raciocinios en prueba de lo absurda que es la creencia en la inmortalidad del alma; pero esos raciocinios no me hacen mella, pues son razones y nada más que razones, y no es de ellas de lo que se apacienta el corazón. No quiero morirme, no, no quiero ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí. Yo soy el centro de mi universo, el centro del universo, y en mis angustias supremas grito con Michelet: “¡Mi yo, que me arrebatan mi yo!” ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo todo si pierde su alma? (Mat XVI,26)

La muerte es la extinción del “yo”. Perder la consciencia de ser es contrario al sentido de vivirnos. Y la muerte representa la “nada”. Dejar de ser. ¿No sería una chapuza divina si el hombre, a pesar de no haberlo pedido, ha de nacer, sufrir (y si no, que se lo pregunten al pobre Job), y finalmente morir…para nada?

Sin embargo, convive en él otra posibilidad. De igual manera que el gusano renace transformado en crisálida, dejando de arrastrar su existencia para poder volar por el cielo infinito, así el hombre. Por sí mismo no puede, pero si el lector ha admitido de alguna manera como más lógica la existencia de un ser supremo que la no existencia (entre otras cosas, porque no hallaría justificación de él mismo), entonces puede razonadamente confiarse a Él. Abandonarse. La elección es simple: la nada o el absoluto. La admisión del sinsentido de todo, esto es, el más puro nihilismo, o apostar por una vida guiada por la última razón del vivir: la confianza en la resurrección.

Llegado aquí hemos de plantarnos ante la tercera pregunta.

La fe, aun siendo un don, contiene un elevado componente de credulidad, pues todo conocimiento nos viene dado de fuera. Y de la misma manera que aceptamos lo que nos transmite la historia acerca de hechos y personajes, habrá de aceptarse la figura histórica de Jesús. Incluso los signos (milagros) que realizaba eran reconocidos por sus enemigos, si bien los atribuían al poder de Belcebú. Y lo que es decisivo, el hecho de su resurrección. Cuando menos será lícito preguntarse qué tuvo que suceder, para que, tras la muerte, sus seguidores, que temerosos de correr su misma suerte habían huido, volvieran para anunciarlo al mundo y entregaran su vida, dando lugar a la aparición del cristianismo.

Pero, todavía nos queda por responder la pregunta, si bien para hacerlo habría primero de conocerse la realidad de quién es Dios. Por eso, modifiquémosla por esta otra: ¿Cómo puede este hombre serlo? O mejor aún: ¿Por qué se hace Dios hombre?

Lutero nos ofrece una pista en su obra “El Deus absconditus”, diciendo que se hace accesible como contrario a lo que podemos captar de él. El hombre lo entiende desde su Omnipotencia, que incluye ser el autor de todo lo existente, y, no obstante, viene al mundo asumiendo la condición humana. Podemos decir, siguiendo esta línea, que entra en el mundo porque el hombre no puede por sí mismo escalar el cielo.

La obra que culmina su creación, el hombre, se ha apartado de él.  Con su caída, ha roto el cordón umbilical que mantenía unido criatura y creador, haciéndose la distancia insalvable. Este es el relato del Paraíso, que el existencialista Sartre recrea en la fábula “Las moscas”, poniendo en boca de Oreste el desafío, cuando se encara con Júpiter: “Apenas me has creado, he dejado de pertenecerte”. Aquí reside la raíz del mal. El hombre quiere ser hombre prescindiendo del Creador, lo cual implica perderse en la muerte.

La Encarnación experimenta su amor como salvación a su juicio. El hombre merece ser abandonado a su suerte, pero la compasión supera aquí la justicia. Se humaniza para que el hombre pueda ser divinizado. Y se acerca tanto al hombre, que se confunde como uno de los suyos. El juicio de la Providencia es el amor, y el desamor humano lo condena a muerte: “¡Crucifícale!”, gritará la plebe ante Pilatos.

El que es Todopoderoso se encarna en lo humano. De esta manera podemos entender a Cristo. No se trata tanto de concebir un hombre divinizado, sino más bien al Dios humanizado.

Dios es “Uno” como esencia (el que es), pero “Trinus” (misterio la Trinidad) como “manifestación” al mundo. Inmutable y mudable a la vez.

 

 

 

 

 

 

Ángel Medina
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