Obituario. La orfandad de una hija de Babel. Por Amelia Pérez de Villar

Recuerde el alma dormida, 
avive el seso e despierte 
  contemplando 
cómo se passa la vida, 
cómo se viene la muerte 
  tan callando;                                 (Coplas de Jorge Manrique por la muerte de su padre)

 

Hace apenas una semana veía la luz mi último ensayo publicado en un tomo junto a los de otros trece colegas de distintos ámbitos de la traducción. Lo titulamos Hijos de Babel(Fórcola Ediciones, 2013). Cuando lo presentamos en La Central de Callao, en Madrid, Patricio Pron —que ejercía de maestro de ceremonias— me preguntó cómo se aprende a traducir. Mi ensayo es seguramente el más práctico y el menos académico del libro: me sonroja el nivel de preparación que exhiben la mayor parte de mis compañeros, casi todos ellos además más jóvenes “y sobradamente preparados” que yo.

 Hijos de Babel

La respuesta no requería reflexión. A traducir se aprende traduciendo, así aprendí yo, cuando las Facultades de Traducción eran escasas en España e inexistentes en Madrid, cuando había menos medios, menos oferta, menos demanda y menos nivel de especialización. Estudié Filología Inglesa y empecé a trabajar en Longman Penguin España (que ya no es Longman Penguin España, hace años) cuando estaba en tercer curso. Allí conocí a Antonio Carrillo Robles, que murió ayer noche, dejándome huérfana. Me mandaron de Penguin a llevar un sobre a su despacho de la calle Mayor donde aún está lal agencia de traducciones que fundó, Tradux. Haciendo gala de una caradura que ni yo misma sabía que tenía, le dije que quería ser traductora, que qué tenía que hacer.

—Pues tiene usted que traducir, porque a traducir se aprende traduciendo. Yo, que no tengo duda de que usted sepa mucho inglés… pues le daría algún texto fácil, algo corto… pregúnteme otro día.

Pobre Antonio. Le pregunté mil días. Me apuntaba a llevarle al despacho lo que fuera, con tal de preguntarle. Y si no había nada que llevarle, daba igual, iba a preguntarle de cosa hecha.

—Pues no tengo nada. A ver, esto… es muy complicado. Muy técnico. Esto es una cosa de bolsa… No puede ser. Y esto es de automoción. No, tampoco. Lo que hace falta es que yo tenga un rato y entonces me pongo con usted, y revisamos el texto.

Pero no tenía tiempo, y no era un pretexto. Sus jornadas eran maratonianas, su rendimiento sobrehumano. No he conocido nada igual. Un viernes pasé por su oficina de la calle Mayor antes de marcharme a casa, al salir de Penguin.

—¡Ay, señorita! Voy a ver si tengo algo que darle, porque si prefiere usted pasar el fin de semana traduciendo en vez de irse de juerga, es que le interesa mucho esto.

Claro que me interesaba. No sabía él cuánto. Pero no tardó en darse cuenta. He contado ya que me dio unas recetas de cocina, que tardé un montón en traducirlas porque quería que quedaran perfectas, que cuando las entregué al lunes siguiente me pagó en metálico apenas cuatro mil pesetas de entonces y me mandó a comprarme un diccionario con aquel dinero, un diccionario Larousse que todavía está conmigo.

Aquel fue mi bautismo de fuego. Pasó muchas tardes revisando traducciones conmigo. Nunca me tuvo en cuenta que devolviera un trabajo cuando mi madre estuvo a punto de morirse: al contrario, fue él quien me dio ánimos. Me echó un rapapolvo de padre la primera vez que tiré la toalla y dejé de traducir porque no podía más. Y me dio el más grande y mejor consejo que puede darse a un traductor que empieza: “Duda siempre”. Lo tengo presente a cada tecla que pulso. “Si te parece muy fácil, sospecha y consulta; puede que no, pero seguramente será lo que parece. Si te parece muy raro, sospecha y consulta, puede que sí, pero lo mismo no es lo que parece. Duda siempre, y consulta, porque lo más sencillo puede esconder una trampa”. Y tras lo más difícil, añado yo, se puede esconder un tramposo: un pretencioso, un pedante, un amante del eufemismo. Antonio me enseñó a amar las palabras, a llamar a las cosas por su nombre, sin miedo. Cómo le recuerdo en estos tiempos en que las palabras se tuercen, se desgastan, se ultrajan y se utilizan como meretrices. Me enseñó el amor por mi lengua, no sólo por aquella desde la que traducía. Me enseñó a no decir con cinco palabras lo que puede decirse con tres. “El cliente paga las palabras que tú pones: si lo puedes decir con tres y empleas cinco, le estás engañando”. Yo protestaba. “Pero es que en inglés las cosas se pueden decir con menos palabras que en castellano”. “Pues ese es tu reto” —había empezado, por fin, a tutearme—. “Eres traductora.” El reto no terminaba ahí. Había que trabajar deprisa, porque esto era un negocio. Pero había que hacerlo bien, porque esto era un oficio. Mientras leías el original en inglés y tecleabas la traducción en castellano en tu cerebro operaba un cambio, como si aquello fuera un alambique: allí tenía lugar la verdadera transformación, la magia. Sucedía discretamente, en silencio, y a toda velocidad. ¿Recuerdan la película El truco final? Era algo así. Si no podía hacerlo bien y rápido, dándome cuenta sobre la marcha, mientras tecleaba, de que aquella palabra que estaba poniendo era un calco o un falso amigo y aquella sintaxis no era castellana, mejor que me dedicara a otra cosa.

Antonio era un maestro. Maestro en su oficio y maestro en enseñar al que no sabe. Nunca hubiera sido traductora sin él, sin su confianza, sin aquella primera oportunidad remota que me dio, sin sus enseñanzas y sus consejos. Pero tampoco sin su simpatía, sin su vitalidad, sin su capacidad para reírse de todo sin perder el respeto por nada. Tengo la conciencia tranquila de estar haciendo mi trabajo lo mejor que puedo, lo mejor que sé. Sigo aprendiendo. Sé que puedo cometer errores: también me enseñó que la infalibilidad no existe, y que sólo el trabajo duro y la curiosidad nos pueden acercar a ella. Me queda una deuda que no pude saldar antes de este desenlace: convertirme en traductora jurada. Había tirado la toalla, pero él también me enseñó a no rendirme, así que tal vez deba replanteármelo. Y quiero dedicarle, como homenaje póstumo y junto a esta entrada, mi ensayo en Hijos de Babel, un compendio de sus enseñanzas y de la experiencia que comencé a acumular con aquella receta de cocina.

Adiós, maestro: dudaré siempre. Descansa en paz.

 flores

 

(En abril de 2011 comencé a colaborar con Tradux “in-house”. Cuando llegué, estas flores adornaban mi mesa. Gracias, Antonio Carrillo Tundidor, Borja y María, por vuestra amistad)

 

Amelia Pérez de Villar

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