Quevedo y Cataluña. Por Santiago Trancón

Santiago Trancón

 

Quevedo y Cataluña.

«Francisco de Quevedo conoció los hechos de la llamada Guerra dels Segadors de 1640 y realizó una interpretación de los mismos»

 

   La historia, como ciencia de los hechos, es inseparable de su interpretación. Intenta describir lo más objetivamente posible los acontecimientos, pero como se trata de acciones humanas, es necesario incluir las causas, las intenciones y los motivos, individuales y colectivos, en la descripción y análisis de los hechos. La interpretación del pasado influye así, y condiciona, los acontecimientos del presente.

   Francisco de Quevedo conoció los hechos de la llamada Guerra dels Segadors de 1640 y realizó una interpretación de los mismos. Lo dejó escrito en una pequeña obra de carácter polemista, que fue publicada con el seudónimo de Antonio Martínez Montejano con el título de La rebelión de Barcelona ni es por el güevo ni es por el fuero.

   Recordemos que esta guerra duró hasta 1652 en que Barcelona se rindió al ejército de Felipe IV. Se originó al negarse los catalanes a contribuir a la Unión de Armas mediante la cual el Conde-Duque de Olivares trató de crear un ejército en el que todos los reinos y las regiones participaran.

   El Condado de Barcelona se negó a apoyar y contribuir al mantenimiento de los Tercios que luchaban contra Francia en la Guerra de los Treinta Años. Paradójicamente, esta rebelión les llevó a pedir la ayuda de Francia y a someterse a Luis XIII, al que proclamaron conde de Barcelona. No era la independencia y la libertad, por tanto, lo que se buscaba, como bien dijo Quevedo: “Debiera advertir Cataluña que el mudar señor no es ser libre, sino mudables”.

   El libelo de Quevedo tiene interés, más que por la descripción de los hechos, por las reflexiones políticas que hace a propósito de lo que califica acertadamente como rebelión, ya que supuso el intento de secesión de Cataluña mediante la violencia. Recordemos que se inició con el asesinato del virrey Dalmau de Queralt y otras veinte personas el día del Corpus; que dejó miles de muertos y, entre otras consecuencias, se perdieron para siempre los condados del Rosellón y la Cerdeña.

   Resumamos algunas de las consideraciones de Quevedo que nos hacen pensar sobre un tema inquietante: hasta qué punto lo que hoy estamos viviendo en Cataluña no es sino la continuidad de algo que, de modo adelantado, Quevedo ya vio y describió en su época.

   Empecemos por el título. Al afirmar que esta rebelión no se hizo ni por el fuero ni por el  huevo, Quevedo expresa su perplejidad, pues ni las leyes (los fueros, los privilegios, las instituciones) fueron quebrantadas por la monarquía, ni el huevo (intereses, riqueza, dominios) se puso en peligro por la acción de la corona. Al no encontrar una explicación racional, Quevedo habla de locura: “No querer dar lo justo y moderado que se les pidió, y perder más, no puede llamarse ahorro, locura sí“. Frente al tópico del seny y el pragmatismo de los catalanes, Quevedo acude a una explicación psicológica o subjetiva: el “no queremos porque no queremos, que “han introducido (convertido) en fuero“.

   Quevedo insiste en la falta de legitimidad de la rebelión, pues, una vez estudiados, “hallé no sólo sanos y no quebrados sus fueros (…), antes más guardados de su majestad que de su archivo y diputación y concelleres”. Los sublevados, sin embargo, esgrimen sus fueros para justificar el levantamiento: “Muchos fueron y privilegios leí tan diferentes de como los alegan, que los desconocí; y siendo los mismos, los tuve por otros. No los alegan como los tienen, sino como los quieren“. ¿Qué hacen hoy los separatistas sino alegar y retorcer la ley para que diga lo que ellos quieren que diga? Se llega así a lo que Quevedo define como laberinto de privilegios y “caos de fueros, una definición bastante acertada de lo que hoy sucede en Cataluña.

   Hay otro elemento especialmente llamativo y de gran interés, que Quevedo analizó en su obra: el de la propaganda. No hay guerra sin propaganda. Quien inicia una guerra necesita organizar, incluso antes que las armas, una eficaz propaganda que la justifique y con la que acusar al enemigo de ser el causante del enfrentamiento. Quevedo analizó este fenómeno, mostrando su asombro por la fuerza de la mentira y la creación de lo que hoy llamaríamos fake news, falsas noticias y noticias falseadas.

   El hecho que desencadenó la guerra fue el siguiente: en Riudarenas (un pueblecito de Gerona), se produjo el incendio de su iglesia, sin que sepamos si el fuego fue intencionado o resultado de un accidente, si provocado por los soldados del ejército real o por sus atacantes. En el incendio ardió el sagrario y se quemaron las sagradas formas. Un hecho que se convirtió en el detonante de la rebelión. No suelen ser grandes sucesos, ni graves, los que desencadenan las guerras, sino hechos insignificantes que de pronto adquieren un gran valor simbólico y emocional. La clave está en identificar un pequeño suceso con una gran causa.

   Se interpretó este suceso como una profanación sacrílega de las hostias consagradas, llevada a cabo por los soldados imperiales, a los aque se acusa de apóstatas, sacrílegos y herejes en un panfleto escrito por un fraile, Gaspar Sala i Berart, que se publicó firmado por Los Conselleres y Consejo de Ciento de la Ciudad de Barcelona, con el canónigo Pau Claris a la cabeza, y que se difundió por toda Cataluña y por Europa, traducido a varios idiomas.

   El cardenal Richelieu lo utilizó para justificar la anexión de Cataluña a la corona francesa. Se conoce por su título abreviado de Proclamación católica y es un ejemplo de cinismo puro, basado en el recurso eficacísimo de transformar unos hechos justo en lo contrario de lo que son. Le dicen, por ejemplo, a Felipe IV que “no tiene V.M. vasallos de fidelidad más entera, de legalidad más pura que los catalanes”. Entre otras perlas afirma este panfleto que “el primer gentil que recibió la fe en Cristo era un catalán“. La Iglesia como una estructura del Estado al servicio de los rebeldes separatistas, no parece algo nuevo a juzgar por estos hechos.

   Concluye Quevedo con amargas reflexiones como ésta: “Mucho desanima amparar al que se ofende de que le amparen: peleábamos contra los franceses por Cataluña, y los catalanes obligaban a los franceses contra nosotros”. Desánimo, pesimismo ante el fracaso de la razón y la política misma frente a la fuerza de la mentira, el odio y la traición.   Falta todavía una ciencia que aborde con rigor cómo surgen y se perpetúan ideas, creencias, mentiras, estereotipos, odios y enfrentamientos, que llevan a la reiteración de determinados hechos históricos.

 

Santiago Trancón Pérez

(foto: Cristina Casanova)

Publicado en El catalán

(Quien quiera ampliar la visión que Quevedo tiene de Cataluña y España puede acercarse a mi libro Sabiduría de los clásicos).

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