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220- A pleno vuelo sin alas. Por Mario Montes

Al izar la bandera señalan el inicio.

Todo parece comenzar aquí. Es como ese día en el que te examinas. Donde hay que demostrar los conocimientos en un tiempo determinado; habiéndote preparado con anterioridad para afrontarlo con las máximas fuerzas y, entonces, concentrado sin que te perturbe la ansiedad, dar del Do al Si de pecho más alto. En busca de esa nota más allá de tu pentagrama.

Para mí, es mucho más que un reto; el sueño que me motiva a esforzarme todo los días, a superarme a mí mismo. Sé que sacrifico tanto. Sin embargo, hay algo que me empuja a hacerlo: lo necesito, lo disfruto, lo sufro, hasta convertir mi estilo de vida en una filosofía difícil de explicar.

En el momento de la salida me siento transformado en un ave que surca un natural sendero sobre el camino marcado. Percibo cómo dibujo mis propias piruetas en el aire y a los pocos minutos, en un vuelo rasante, voy dejando atrás a la bandada.

Enseguida llega el momento de elevarme. Cuando diviso ante mi pico el primer promontorio. Ahora comienza mi calvario. Y no tengo más remedio que apretarme el pecho e iniciar un vuelo batido sin perder el ritmo ni la potencia de mis alas. Me encuentro estupendo de fuerzas y entrego mi cartilla a uno de los examinadores para que certifique mi primera prueba.

Despejada la primera incógnita, cambio a un vuelo contrapicado y desciendo dibujando curvas. Me cruzo con otras gaviotas que encaraman su particular martirio.

Nada más llegar al nivel del mar, se vuelve a empinar otra vez el camino. Sé que el agua la encontraré arriba en el castillo, no cabe más remedio que luchar para alcanzar la cima, el segundo examen.

Algunas veces, cuando vuelo así, presiento que escribo versos en el espacio. Esta vez es el paisaje quien me muestra a leer su poema. Cuánta belleza delante de mis plumas. Al frente se suceden una serie de cerros y colinas que descienden hasta perderse en el mar sin tan siquiera formar una playa. Desde este monte, que declino, hasta el siguiente en línea recta,                              el mar abre una boca en la tierra con su lengua azul. Al fondo, el Mar de Mandarache. Tras unos muelles repletos de barcos se extiende una histórica Ciudad que hace tiempo me acogió. Cuántas metáforas encerrará en su antaño (más de tres mil años levantada), cuántos sentimientos enterrados con sus vestigios.

Frente a mí una ventana de tierra se abre al Mediterráneo; salpicada por las olas, permite las caricias del agua.

Hasta el puerto llegaron unos judíos escoltados por los soldados de los Reyes Católicos, los últimos en abandonar la Península Ibérica. Esa misma noche embarcarían en un bajel que los llevaría a Turquía. Cuando el grupo se disponía a subir a bordo, Isaac Laluff aprovechó la obscuridad y corrió como una ardilla hacia el monte. La única salida era hacia el oeste, todo lo demás estaba rodeado de mar. Precisamente esta fuga estaba cubierta por los soldados que lo perseguían. Cuando llegó al acantilado se arrojó al vacío en el mismo instante que los soldados abrieron fuego con sus arcabuces. Una cueva, ¿cómo la llaman? Ah, sí, la de los Aviones, fue su hogar durante años. Un día su mujer, cortesana de los Reyes en Ávila, convencida de que Isaac lograse escapar, lo buscó por todos sitios hasta hallarlo en la cueva, greñudo y haraposo, junto a una rudimentaria embarcación que estaba construyendo con restos que encontraba en el mar. Tuvieron una hija, y ella, un bisnieto de nombre Isaac que destacó en la ingeniería naval española.

Desearía, en este momento, planear dulcemente hasta la otra parte de la lengua, hacia el punto donde se arrojó al mar Isaac, desoyendo las indicaciones del camino diseñado. La bandada, muy estirada, me persigue y yo pongo todo mi empeño para que no me alcancen. Nos volvemos a adentrar en la metrópoli, por la que tanto lucharon otras civilizaciones ya desaparecidas en el tiempo y aún sin olvidar.

En una de sus colinas urbanas, donde se yergue un castillo que fue alcazaba árabe y antes templo romano, repongo fuerzas mientras puntúan esta tercera reválida.

Ustedes lo desconocen, pero la torre Linterna esconde un ingente tesoro. Por las calles de la ciudad malvivía Herón, un huérfano muchacho del que todos se burlaban por su necedad. Enflaquecido, sólo recibía de vez en cuando caridad de unos pocos. Una noche observó cómo, mientras todos dormían después de que el ejército de Suitila celebrara la batalla, atracaba un corsario.

La tripulación descargó de su bodega decenas de cofres con oro y joyas. Sigilosamente los siguió por la senda del cerro hasta la torre, de donde tardaron en salir sin los cofres. El muchacho pensó que debajo de la torre debía  existir un enorme almacén para que cupieran todos los piratas con el tesoro. De regreso al puerto lo descubrieron. Los piratas se burlaron de Herón. Nada nuevo para él. «Pobre muchacho, anda, para que comas un poco». Le lanzaron unas talegas con monedas de oro. El último pirata le estranguló el mentón fuertemente, hasta que Herón sacó la lengua y el corsario se la rebanó.

Aquí, y en todas las calles y ramblas por las que paso, la gente agita sus manos y de sus labios brotan ánimos que me impulsan a volar más deprisa con el brío de mis alas.

Alcanzo con un vuelo rasante la montaña por donde escapó Isaac, dejando ahora a mi izquierda naves en su mayoría de recreo y de la armada, hasta alcanzar mar abierto. Poco antes de la cueva donde se refugió el judío, tomo rumbo, tierra a dentro, hacia otro castillo que se erige en lo alto del cerro,  donde supervisores esperan el paso de todas las gaviotas para marcar sus acreditaciones, que normalmente cuelgan del cuello, como si fuésemos palomas mensajeras.

Y otra vez recorro calles repletas de gritos de aliento que tonifican mis músculos, para encarar las dos preguntas finales. Las más difíciles y valiosas. Son los montes más elevados, y a ello, hay que sumarle las fuerzas consumidas.

Alcanzo el penúltimo escollo. El castillo donde está emparedada en vivo la esposa de Publio Cornelio, sorprendida con un amante cartaginés. Éste, huyó a los frondosos montes de Calblanque; a ella, la encerraron entre estos muros.

Un día, el amante Magón Barca, disfrazado de soldado romano penetró en el castillo con una falsa orden de trasladar a Claudia a los aposentos de Publio en el cerro Esculapio. Descubierto por los soldados del general,  murió en brazos de Claudia con una daga clavada en su pecho.

A pesar de tanto aliento recibido mis alas están cansadas; mis patas palmípedas, doloridas; el pico abierto delata que las fuerzas escasean, y siento el graznido del perseguidor cerca de mi cola. Paralelos volamos las millas llanas que restan hasta el último “hueso” de la prueba. En este momento creo que mi sueño se va desvanecer. Mi gran sueño.

Hace dos años conseguí terminar entre las cinco primeras, el pasado me aupé a uno de los cajones bajos del pódium. Llevo años preparándome intensamente para afrontar con garantías esta situación. Sin embargo, es difícil comprobar que tanto esfuerzo puede ser en vano porque la ventaja desde el primer minuto de carrera se esfuma, y otra gaviota que comparte el mismo sueño, que se ha preparado tanto o más, vuela a tu par.

Me olvido de su compañía y alzo la vista a la última cumbre. Dura, muy dura. Pienso en mis hijos, en las noches que se han acostado sin mi beso ni mi cuento; en mi esposa, que a diario tenía un hato sudado en la cesta; en mis amigos, que se burlan cuando cambio un entrecot por unos fideos y brindo con agua. Urdo una estrategia. Cómo deshacerme del férreo marcaje de mi contrincante. Estas primeras rampas no son de gran desnivel, aprovecho y cambio de ritmo varias veces. Ahora la senda se estrecha y la pendiente aumenta, impongo mi ritmo más rápido. Noto las pulsaciones en la cabeza, en el cuello, crecen por encima de mis posibilidades pero es mi oportunidad. Presiento que se va quedando atrás. Cierto. Al alcanzar la cima pierdo un tiempo en reponer fuerzas, y sujeto la cartilla sellada con la mano para afrontar los tres mil metros que me distan hasta la gloria. Tengo que descender unos cuatrocientos metros de desnivel por una senda pedregosa y seca, propicia para las caídas, pero que conozco perfectamente. Oteo desde aquí, con orgullo, todo el paisaje; me recreo unas milésimas de segundo en todo lo recorrido, más de medio centenar de kilómetros. Una postal repleta de montañas, campo y la histórica Cartagena acicalándose la cara en el espejo del mar.

Me lanzo a toda velocidad, esta vez atraparé mi sueño. Este tramo de la senda está surcado y necesito abrir los pies para no pisar la hendidura. En un recodo tropiezo en una piedra y me desequilibro tanto que tengo que  apoyar las manos en el suelo. Por suerte, me incorporo de inmediato, superaré la montaña y correré por la urbanización. La última recta, giro el cuello para comprobar que nadie amenaza mi triunfo. Doblo una curva a la derecha e inmediatamente la siguiente a la izquierda. Mucho público se agolpa, aplaude y grita palabras que no llego escuchar con nitidez. Mis ojos están nublados de emoción. Orgulloso alzo las manos y la cabeza al cielo para consentir que la cinta abrace mi cintura. El inapelable reloj marca cuatro horas y cinco minutos. El sueño, ahora, vive y sueña en mi vigilia.

«Por  favor, ¿me entrega la cartilla que comprobemos que ha sellado en todos los controles?». Me echo mano al pecho y no la encuentro. Palpo por dentro de la camiseta y del pantalón, debería de colgar de mi cuello. Me sentí mareado. Un capitán de la Armada intenta consolarme y me suplica que me relaje. «Si aparece su cartilla, y está validada correctamente, daremos por buena su clasificación y será el ganador de la prueba; tranquilo hay muchos participantes que la pueden encontrar».

Agachado detrás de la mesa de los jueces, con las manos en la cabeza y los codos sobre las rodillas, lloro desconsolado mi infortunio. En ese instante, por megafonía, anuncian la inminente llegada a meta del otro participante: «…el dorsal 1024». «Vaya, el pájaro que durante un rato voló junto a mí, amenazando mi sueño, maldita sea, ahora la gloria será suya».

El clamor del público era ensordecedor. No quise ver su entrada. Extrañamente no tuve el menor gesto de deportividad. En el último segundo miro al frente. El reloj suma doce minutos desde mi entrada. Y observo como el dorsal 1024 cruza la meta al sprint con los brazos al cielo y en cada mano una cartilla. «Toma, campeón. Eres invencible».

Al fin mi sueño de gaviota veloz se ha hecho realidad.

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8 Comentarios a “220- A pleno vuelo sin alas. Por Mario Montes”

  1. Dies Irae dice:

    Otra sorprendidísima te felicita y te desea suerte. Porque de todo tiene que haber y, afortunadamente, cada uno tenemos nuestros gustos. Si todos fuéramos iguales, esto sería muy muy aburrido.

    Enhorabuena, Mario.

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  2. Bonsái dice:

    Te felicito estás entre los finalistas!!!
    Un abrazo!

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  3. leforeverdelamari dice:

    Felicidades.

    Creo que a más de uno la elección de su relato le ha cogido por sorpresa.A mí no tanto.Reconozco que tuve que meterme en un buscador y hacer ciertas preguntas a un capitán del ejército para comprender que describía algo que se escapaba de mis límites.Espero no equivocarme, pero esa carrera en la que participó por tierra, mar y aire llegará a su meta, no a ésta a la otra que está más allá , subiendo Marzo.

    Suerte

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  4. Hóskar-wild is back dice:

    Enhorabuena por estar entre los finalistas. Pocos apostaban por este relato. Yo, lo confieso, tampoco, pero la realidad es terca. Suerte.

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  5. Lovecraft dice:

    Suerte, ¿paisano/a?

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  6. Lovecraft dice:

    Tu perfecta descripción del litoral que rodea a Cartagena (la de España, no la de Colombia) demuestra que eres un buen conocedor de la zona (y de su historia) que además sabe describirla con corrección y todo lujo de detalles. Un magnífico relato sobre la superación y la camaradería, con un final felizmente atípico.

    Me sumo a la suerte que te han deseado, Mario Montes

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  7. Hóskar-wild is back dice:

    Esa gaviota, además de volar rápido, es toda una joya dando lecciones de geografía y de historia. No sé si será la misma que aparece, en silueta, como logotipo de un conjunto de maleantes mal ilustrados que han volado hacia los edificios oficiales y no están dispuestos a abandonarlos. No olvidemos que las gaviotas son aves carroñeras. Suerte.

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  8. lamari dice:

    Ozú, me has echo sudá Mario…

    Ahí he ido, a tu lado viendo el paísaje.Impregnando mis alitas de historia, de cultura y haciendo deporte!!Vaya ese peñasco si estaba alto,llevaba la lengua por debajo de mis tobillos y qué bonito ese Mar de Cartagena coxxooo.Venga, no lo iba a decir, pero te tuve que dar un empujoncito cuando se te quedó el deportivo pillao.Sí era yo, lamari, la que le dió la cartilla al que se llevó por delante al de la cámara del diario de La Verdad.jejejeje

    Yo me lo paso pipa leyendo!!!

    Que bonito “La ruta de las Fortalezas…”

    Usted además de plumilla es “Quinto”? o Comandante?

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