118- La línea. Por G.M Mago
- 23 octubre, 2012 -
- Relatos -
- Tags : 9 Certamen de Narrativa Breve 2012, aguacero, relatos
- 7 Comentarios
Un aguacero que habían esperado toda la tarde por fin se precipitó pasadas las 6:30. Fue un lapo, un derrumbamiento planetario acompañado por truenos que parecían estallar sobre los techos como una papa bomba, sacudiendo la plenitud de las luces eléctricas que se resbalaban con cada estallido, pero lograban con grande esfuerzo mantenerse vivas e iluminando. Margot Ávila hizo una ronda por toda la casa desconectando acelerada todos los aparatos eléctricos, no fuera a ser que un estallido de aquellos causara una sobrecarga energética y los tostara sin misericordia. Sin embargo, no acostumbraba desconectar el teléfono por temor a que alguna tragedia ocurriera y ella fuera la última en enterarse. Esa noche de aguacero, no obstante, estiró la mano para zafar el cable blanco porque una vecina suya le había advertido que por allí los rayos bajaban fácil y volvían todo mierda. Cuando tanteaba el alambre para buscar su cabeza plástica y halarlo suave, el timbre telefónico sonó con ímpetu inusitado y por razones que no pudo jamás explicarse tuvo en ese instante una mala sensación en el vientre.
– Aló – una voz alterada le respondió:
– Buenas noches, la señora Margot Ávila Romero.
– Sí señora… soy yo.
– Doña Margot – la voz se fue… un ruido del que no podía sacarse ningún sonido limpio se escuchaba de fondo – Doña Margot: espéreme le paso a su hijo.
La mala sensación no se le diluyó pero el hecho de descartar a su hijo de entre la lista de fatalidades le refrescó el espíritu justo cuando reventó otro trueno y las luces volvieron a sacudirse y casi sucumben ante la majestad de la naturaleza. Su hijo era Mauricio, un muchacho más bien moreno y de pelo grueso heredado de su finado padre, manos grandes y un natural gesto de bondad que ni siquiera se le disipaba en los momentos de furia. Trabajaba de 6:00 de la mañana a 5:00 de la tarde en un almacén de ropa fina del sur de la Ciudad y en la tarde se le veía tirarse afanado del bus, sobre la calle de Barranquilla, para tomar retrasado la clase de las 6:00 de la tarde de la que debía retirase apenado 10 minutos antes para tomarse un tinto negro con esencia de vainilla y pan de bono recalentado para agarrar las energías, el ímpetu espiritual, que le permitiera soportar el golpe de la clase de 8:00, al final de la cual estaba tan exhausto que a duras penas le alcanzan los escombros del ánimo para salir de la Universidad oscura y fría, pasar la calle de Barranquilla y tomar el último bus que subía lerdo, conducido por el mismo conductor que nunca respondía a su saludo, hacia el barrio de la Sagrada Familia.
Cuando llegaba a su casa, Margot le esperaba en ropa de dormir, le calentaba la sopa, le preparaba la cama y le ponía unos paños de agua sal para unos dolores de espalda que persistían en agobiarlo sin piedad desde un golpe fuerte que sufrió en un partido de fútbol en plena calle hace años ya. Era esta última hora del día en la que ambos se dedicaban a contarse las rarezas de sus días. Él a contarle de los clientes excéntricos, los vaivenes académicos y las historias que sólo se podían ver a través de la venta de un bus. Ella, dedicada en la mañana a las labores domésticas de su casa y en la tarde a las de la casa de una vecina suya de toda la vida, le contaba sin encanto las nuevas del barrio y terminaba quejándose de las viejas chismosas y del olor a marihuana.
– Cuando yo vine acá, niñita todavía, con papá y mamá, eso no se veía mijo.
En una de tantas, una semana antes de la noche del aguacero y la llamada de mal augurio, Margot le contó a Mauricio, con extraña expresión de miedo, que había guerra: que los de acá se habían peleado con los del barrio aledaño de Manrique por causas que algunos atribuían al fútbol, otros a las faldas y, otros, al negocio de drogas ilícitas.
Se trazó, le decía más asustada después de cada frase, una línea mortal que marcaba inexorable la frontera de los dos barrios, cuyas gentes, más allá de las imponencias de los mapas oficiales, siempre se habían sentido tanto de aquí como de allá y por lo tanto nadie era de un barrio o del otro y todos eran parte esencial de ese espacio máximo, montado en la ladera amplia de la cordillera, calles despejadas y silenciosas, olores a marihuana, mal de tierra, gasolina quemada y culo de caballo.
Algunos muchachos de la Sagrada Familia tenían sus novias tiernas y sonrientes allá arriba, en el barrio de Manrique. Muchos niños de allí bajaban saltarines por las faldas, con sus loncheritas en las manos y sus morrales a la espalda, hacia alguna de las escuelas de la Sagrada Familia. Todos tenían algún querido conocido en el otro barrio, razón por la cual la certeza de la división impuesta por esos muchachos que eran la propia ley natural les marcó, no sólo las rutinas y los caminos, sino el alma que se desoló cuando supo que la línea cruenta no podía cruzarse, que nadie: hombre, mujer, animal o niño podría cruzarla sin pagar con su vida semejante afrenta a las autoridades máximas de cada barrio.
A los dos días, con una leve humedad en los ojos y una rabia metida en el pecho, bien honda, Margot le contó que los del lado de acá habían matado a un pelao, tendría unos 14 años, algunos incluso se arriesgaban a decir que no pasaba de los 12, lo habían matado porque un balón de fútbol se le había rodado y estaba él tan excitado por los ardores del partido que se jugaba con eternos rivales de una calle vecina por un litro de gaseosa que sería el trofeo del ganador, estaba tan excitado que salió corriendo tras la pelota, sudoroso y maltrecho pero absolutamente feliz, y cruzó la línea. Lo único que quedó fue la pelota con sus cueros triangulares, algunos levantados de tanto trajín.
El fin de esa semana, le dijeron que mataron a otro: una muchacha lánguida que los de Manrique confundieron y acribillaron por error. A la familia de la muchacha le mandaron un mercado de medio millón de pesos, nevera y estufa para compensar el daño de su yerro.
La noche anterior a la de las lluvias esperadas, Mauricio llegó tan aporreado por una jornada infinita y apenas 2 horas de sueño porque estaba en plena semana de exámenes parciales, que cuando se sentó en la cama para quitarse las medias sintió como un golpe en la cara y se quedó profundo. Margot tuvo que despertarlo casi a gritos y sentarlo en mala postura en el borde de la cama para darle cucharada por cucharada el caldo de hueso de res que levantaba hasta muertos viejos. Luego, pudo comerse por su propia mano el huevo revuelto con tomate rojo, cebolla larga y arroz blanco.
Entonces vio una mariposa con un ojo de búho, de esas que o anuncian los muertos o en sus alas traen los tres números de la lotería del día siguiente. La escrutó. Alcanzó a ver como un 8 que a Margot le pareció un 3, y un 2 que a Margot le pareció imaginado por el cansancio de su hijo. Le aplicó los paños de aguasal tibia y volvió a dormirse antes de que su mamá le pusiera en su espalda el segundo.
Margot seguía escuchando en el fondo el mismo bullicio, aguardando con el mal augurio en las entrañas a que Mauricio le contara que algo grave había ocurrido sabía Dios a cuál ser querido o, por lo menos, cercano a sus querencias, pero fue la misma voz alterada la que escuchó entre el desorden de los sonidos:
– Ya Fredy va a pasar… estése tranquilita.
– Mi hijo no se llama Fredy, se llama Mauricio…
Una voz de recién llorado le dijo a Margot que hablaba Fredy, el amigo de Mauricio, que era Fredy, y que a Mauricio, sí, a Mauro, lo habían matado en pleno parque de Manrique, bajo dos laureles y en frente de la estatua de Gaitán. Que lo mataron, que ya no había nada qué hacer.
Entonces, entre lluvias y truenos, Margot vio en la ventana de la calle a la mariposa del ojo de búho. Una tremenda y sigilosa mano le apretó el corazón con una fuerza tal que por dos segundos tuvo la absoluta certeza de que se iba a morir de pura tristeza.
Había sido un día de malos augurios. El reloj despertador, tan preciso y bullicioso, había sonado sin razones con una hora de retraso. Cuando Mauricio llegó al almacén, alterado y con la cara lavada, alguien le dijo en broma que dónde había conseguido esa cara de muerto. A la hora del almuerzo, por torpeza, había volteado un tarro de sal cuyo contenido había quedado en el suelo rosa del restaurante como una magnífica constelación de estrellas. El bus que bajaba por la calle de Barranquilla y lo dejaba justo en la puerta de la Universidad sufrió una avería en el motor y, en plena Avenida, no soportó más y de puro resabio se quedó allí y formó un taco vehicular de proporciones casi cósmicas.
Estaba tan agotado y de un humor tan áspero, con su cara bondadosa imperturbable pero sus entrañas removidas del mal genio, que a las 9:00 de la noche agarró su bolso negro y salió de clase, sigiloso para que no fuera a ser notada su retirada y ahorrarse así explicaciones para las que el ánimo no le alcanzaría.
Se montó en el bus que para su suerte subía lento justo cuando cruzaba la calle en medio del aguacero y se cubría torpemente con una bolsa plática color negro que había acabado de comprar.
En el último asiento, ese asiento largo que se sacude como si el vehículo rodara siempre sobre piedras, había un señor dormido sobre un morral blanco y curtido, y una muchacha de aspecto somnoliento y fachas satánicas. El resto de los asientos estaba desocupado y los que quedaban más cerca de las ventanillas abiertas estaban salpicados por unas goterillas finas.
Mauricio se demoró más en sentarse que en dormirse. Fue un sueño tan denso que no sintió siquiera el alegato entre el chofer del bus y un motociclista que se pasó de largo una señal de pare en un cruce de calles, alegato adornado con palabras de grueso calibre, tan vulgares como ingeniosas.
A Mauricio lo despertó una luz del alumbrado público, cerca del parque del barrio Manrique, que le iluminó el rostro de frente. Estaba tan confundido que ni siquiera tuvo la conciencia necesaria para comprender que había cruzado la línea. Cuando el bus dobló a la derecha y entró al parque, sintió como un golpe de tambor en la cabeza y comprendió por fin el riesgo al que se exponía. Fue entonces cuando se cruzó con una mirada gruesa y negra que lo mató antes que la misma bala. El hombre de la mirada obligó al chofer con un gesto cotidiano a detener el vehículo en el acto. Se montó al bus por la puerta trasera, agarró a Mauricio por los hombros y lo descargó en plena calle.
– Vos sos del barrio de abajo… sapo hijueputa.
Mauricio no tenía miedo. Las ruinas de su espíritu, ya muerto al fin de cuentas, sólo le dieron espacio para pensar en su mamá y rezar un Padrenuestro antes de confundir una luz amarillosa del alumbrado público con la luz benéfica que ha estado desde siempre y para siempre del otro lado de esta existencia.






Así somos los humanos. Cuando no levantamos un muro físico o una alambrada de espino para separarnos, creamos líneas imaginarias para mantener nuestros miedos a salvo. No tiene solución. Suerte.
excelente narracion juan d villa me gusta mucho es imagnario pero muy realista, lo felicito…..
Hola, Mago (estoy seguro que algo tienes que ver con la Lucía de Cortázar).
La verdad, no sé por qué tienes tan pocos comentarios. Igual es la envidia (a mí también me la has provocado, no creas).
Me ha encantado la historia y esa forma de hablar, como azarosa, donde las imágenes fluyen y son tan gráficas que no hay que pensar si deberían haber sido otras. Una de las mejores, la de los escombros del ánimo, que hace juego con la última de las ruinas del espíritu. Ese halo de la fatalidad flotando también me ha encantado. Como en las grandes tragedias clásicas, aunque esta sea la historia de un desgraciadito de a pie (o de trole).
Apuesto por ti como ganador, Mago, con tu perfilada y perfecta línea de rayuela.
Me gustó.
Suerte.
Mil gracias Lovecraft y Dies Irae por sus comentarios. Sobre todo, gracias por sus críticas constructivas.
Cordial saludo.
Saludos, G.M Mago.
Me ha gustado tu relato, tu escritura, las detalladas pero ágiles descripciones para situar al lector en el lugar, el momento y el ambiente exactos. También tu habilidad para mantener la tensión en la tragedia que se palpa.
Sin embargo, me rechina el recurso de interrumpir la conversación con las razones en flash-back que justifican el temido desenlace: hacen que éste se vuelva previsible e innecesario, pese a que se suponía que el interlocutor era el hijo. Supongo que has jugado con esa estructura, probado distintas variantes… y, finalmente, esa ha sido tu elección. Pero es lo único que no me convence en tu relato.
En cualquier caso, felicidades y suerte en el concurso.
Líneas imaginarias que separan artificialmente lo que por su naturaleza siempre debería permanecer unido. Nunca han traído nada bueno. Hay unos cuantos ejemplos en nuestra historia reciente que lo demuestran. Relato desolador en el que se olfatea la tragedia desde bien comenzada la historia.
Sugerencia: hay una frase que se hace eterna en el 6º párrafo (la que empieza «Trabajaba de 6:00 de la mañana a 5:00 de la tarde…» y se prolonga hasta el final del párrafo). No le vendría mál acortar un poco las oraciones.
Suerte