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119- El justiciero de la carretera. Por Marty

Había llegado al punto de no retorno. Este instante en el que es imposible regresar atrás y la única opción posible es seguir hacia delante. Como en el despegue de un avión cuando se alcanza la máxima velocidad y se hace imposible frenar. En esa situación me encontraba yo. Acababa de cometer un crimen.

            Ocurrió una fría noche de invierno, recuerdo que las gotas de la lluvia caían heladas. Me encontraba dando una vuelta a la ciudad con mi coche para paliar el insomnio cuando, de repente, un coche rojo se saltó un stop ante mí. Un segundo más que hubiera tardado en accionar el freno y me hubiera estampado. El hombre que conducía el coche no paró ni a disculparse. ¿Tan difícil es respetar las normas de circulación? El hecho me enfureció. Seguí a ese coche tranquilamente, se dirigía por la carretera del río hacia las afueras de la ciudad. Al llegar allí vi mi oportunidad. En una curva, a la salida de una rotonda, le adelanté por el interior y me puse a su altura, cerrándole el espacio y provocando que chocara contra mí. Al impactar, perdió el control, saltando el guardarraíl y precipitándose al río. Nadie lo vio. Eran las cuatro de la mañana y allí sólo estábamos él y yo. Me aparté de la carretera, apagué las luces y encendí un cigarrillo esperando a que el conductor saliera a flote, pero no, nadie asomó por la superficie del agua. Regresé a casa y fue extraño, no sentí ningún remordimiento. Estaba satisfecho con lo que había ocurrido, pensando que había aportado algo a la sociedad, a la seguridad vial, eliminando de la carretera a ese infractor. Tomé una copa de güisqui y me eché a dormir, parece que había recuperado el sueño.

            La noche siguiente a lo ocurrido fui a cenar con Claudia, mi cuñada. Era la primera vez que nos veíamos en siete meses, al parecer, nuestra relación se había enfriado un poco. Llegué al restaurante y me senté a esperarla, mientras venía me entretuve apagando las velas que adornaban la mesa, pues no se trataba de una velada romántica. A los pocos minutos la vi entrar, por un segundo me recordó a mi mujer, tienen un parecido innegable.

—Hola Carlos —me dijo—. ¿Qué le ha ocurrido a tu coche? Lo he visto al entrar y tiene el faro derecho roto.

—Algún gamberro me lo ha roto mientras estaba en el trabajo —respondí.

—¿Qué tal va el trabajo en el banco? —preguntó.

—Bien, de momento no ha habido ningún atraco —bromeé.

—Y tú, qué tal estás?

—Podría estar mejor —le dije.

—¿Las querías mucho, verdad? —preguntó, refiriéndose a mi mujer y mi hija.

—Las quiero tanto que hasta decirlo con palabras suena mal —le repliqué.

            Terminamos relativamente pronto de cenar, pero la sobremesa se alargó hasta la una de la madrugada entre chupitos de orujo de hierbas. Yo solo me acabé la botella que el restaurante regala al finalizar la cena, ella no bebía alcohol.

—He de marcharme a casa, Carlos —me dijo Claudia.

—Quédate un poco más —le dije yo.

—No puedo, mañana tengo que madrugar para llevar a los niños al colegio —explicó—. Coge el coche y ve a casa, ya has bebido suficiente por hoy.

—¿Borracho quieres que coja el coche? —le grité—. Está prohibido conducir así. Cogeré un maldito taxi.

—Está bien, llámame cuando llegues. Quiero saber que llegas bien.

            Salí del restaurante un cuarto de hora después de que lo hiciera Claudia. Antes de que la barra cerrara me bebí una última copa y llamé a un taxi. A los dos minutos me recogió.

            —¿Hacia dónde le llevo, señor? —preguntó.

            —Siga recto por esta avenida, más adelante le guiaré yo —respondí.

            Durante el viaje el taxista no paraba de hablar de fútbol, como si yo pareciera fanático de algún equipo:

            —Pues yo creo que ese nuevo fichaje va a…

            —Oye, ¿estás loco? —le chillé, interrumpiendo su debate futbolístico.

            —¿Qué ocurre? —me preguntó.

            —¡El semáforo! ¡Te lo has saltado en rojo!

            —Tranquilo —me dijo riéndose—. Nadie pasa por esta avenida a estas horas y no vamos a estar aquí parados tontamente.

            Lo miré fijamente durante tres segundos desde el asiento de atrás por el espejo interior del coche y me recosté sobre el asiento. Ya no hablamos más durante el trayecto. Yo iba pensando que le haría a ese infractor.

            Como no le dije el destino exacto de mi casa lo desvié hacia unos edificios pegados al bosque cuyos propietarios, la mayoría son bancos, por lo que allí no había nadie. Cuando llegamos allí, le ordené que parara y mientras estaba tocando el taxímetro le pillé desprevenido. Durante el viaje me había quitado el cinturón del pantalón y sin pensármelo dos veces le rodeé el cuello con él y estiré con todas mis fuerzas. Estuve así hasta que me aseguré que había muerto. Entonces, arrastré su cuerpo hacia el interior del bosque, cavé un hoyo con mis propias manos y lo enterré. Volví al coche y descanse hasta que amaneció. Cuando la luz del alba me despertó me puse al volante del taxi y conduje hasta mi casa, guardé el coche en el garaje y me aseé para ir a trabajar.

            Pasados unos diez días me dirigía al pueblo de al lado con mi todoterreno. El taxi seguía en el garaje, todavía no había pensado un modo seguro para deshacerme de él. Iba por la autopista cuando el coche de delante de mí no paraba de moverse de un lado a otro de la carretera. Me puse a su altura por el carril de la izquierda y mis sospechas eran ciertas: el conductor iba hablando por teléfono. Seguro que estaría diciéndole a su mujer lo mucho que la quería o qué sé yo, pero ese hombre estaba poniendo en peligro a los demás conductores. Me puse detrás de él y esperé unos quince minutos a que no hubiera otros coches cerca. Durante la espera, siguió hablando por teléfono. Una vez nos quedamos a solas en la carretera, dejé que se distanciara un poco, cogí velocidad y le embestí fuertemente por detrás. El golpe fue con tanta brutalidad que el coche saltó la mediana y, lamentablemente, impactó contra otro vehículo que venía de cara por el carril contrario. Mi corazón se aceleró y me quedé parado en la autopista presenciando el accidente. El coche inocente al impactar cayó por un barranco. Era imposible que sus ocupantes sobrevivieran, al igual que el infractor que hablaba por teléfono, pues el choque fue demasiado fuerte. Reaccioné y reanudé mi marcha en seguida para no suponer un peligro a los demás conductores y regresé en dirección a mi casa.

            Por el camino no podía quitarme la imagen de aquellos pasajeros inocentes despeándose por el barranco. Y todo por mi culpa. Al hombre del teléfono móvil le había dado su merecido, pero esas personas no merecían morir. Como tampoco merecían morir mi mujer y mi hija por culpa de aquel malnacido que adelantó en raya continua y chocó de frente contra ellas. Yo estaba haciendo una buena labor, estaba eliminando a todos esos parásitos que por su forma de conducir ponen en peligro a personas inocentes sin que la Policía o la Guardia Civil se den cuenta. Pero esta vez, con esta última víctima, había traspasado la raya. Sin darme cuenta me había convertido en aquello que más odiaba, en un infractor, en un peligro para la seguridad vial. Por eso decidí que acabar con todo esto sería lo mejor. Había llegado demasiado lejos tomándome la justicia por mi mano. Así que, cuando cruzaba por el puente para entrar a mi ciudad, aceleré a fondo, salté el quitamiedos y caí a la profundidad del río. Allí estaba yo, en el mismo sitio donde empezó todo, con mi todoterreno lleno de golpes y arañazos, mientras mis pulmones se llenaban de agua, esperando que, algún día, los conductores respeten la ley de la carretera.

6 Comentarios a “119- El justiciero de la carretera. Por Marty”

  1. Hóskar-wild is back dice:

    Menudo fichaje para la Guardia Civil. Lo cierto es que si ese tipo existiera tendría mucho trabajo porque lo que se ve por ahí… Suerte.

  2. Lotte Goodwin dice:

    Creo que deberías haber guardado la razón de su «justicierismo» para más adelante. Quiero decir que se intuye desde que la cuñada le pregunta si las echa de menos. Pero está bastante bien, la verdad. Y creo que hoy no me atreveré ni a saltarme un semáforo en ámbar. Nunca se sabe quién me vigila desde su todoterreno.
    Mucha suerte.

  3. sacha dice:

    Suerte.

  4. Dies Irae dice:

    Glubs. Un forofo de Ellroy decidido a seguir sus pasos, incluso a aceptar como seudónimo el nombre de uno de sus más famosos personajes.

    Dan usted, su relato y su protagonista bastante miedito. Usted también, sí, porque es un buen buen relato, así que se quitará de en medio a parte de la competencia. Me van a dar yuyu las luces en el retrovisor a partir de ahora.

    Enhorabuena y suerte.

  5. Yaguareté dice:

    Guauuuu. Esta historia del Far West motorizado tiene su miga. Una anécdota de tres lineas convertida en relato gracias a la sucesión de escenas vengativas. Cómo dice el autor del Napoleón cibernético, suerte.

  6. Lovecraft dice:

    Esperemos que la DGT no se haga eco de las andanzas de este sujeto. Sería peor el remedio que la enfermedad.

    Suerte

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