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134- La Muerte Disfrazada. Por Otos

         Infiltrada en los recovecos de un cerebro, confundiéndose con decisiones intensamente vitales, le pasó desapercibida. No era como en  una enfermedad, en cuyos declives podía olerla, ni como en una depresión en la que la tristeza la delataba. Tampoco reveló su presencia  la actitud del cadáver, había muerto sin que, aparentemente, la muerte hubiese tenido nada que ver. Los ojos cerrados,  la sonrisa plácida, las manos abiertas. El pelo engominado, la pajarita recta, el frac impoluto y los zapatos brillantes. Parecía un Fred  Astair a punto de marcarse un magnífico baile con Ginger Rogers. Las cortinas echadas,  unas sillas y un sofá  de espectadores alrededor de una improvisada pista de baile, él sentado en su sillón de cuero  formando parte de ese círculo. Una copa de coñac caída en el suelo tapizado, la aguja del viejo tocadiscos atrapada al final, donde Frank Sinatra repetía las palabras que daban título a Night and day constatando la eternidad del estado de su marido en  ese  dantesco rompecabezas.

        No pudo evitar que su hijo contemplara la escena, y ahora no sabía como quitarle esa mirada perdida. Buscaba un refugio que ella no podía darle hasta que no tuviera una respuesta a la pregunta que, sin pronunciar, le reclamaba: ¿Por qué? Desde el primer momento supo lo importante que era poder contestarla, por eso cuando comprobó que Mario no estaba precisamente descansando, actuó  como si su hijo no estuviera. Encontrar razones de esa muerte perfectamente disfrazada era primordial porque el no tenerlas podía conducir a la locura. Amanda lo sabía, un familiar suyo se volvió loco cuando su mujer se suicidó sin ningún motivo aparente.

         La comisaría estaba a dos calles de allí. Tardarían cinco minutos en llegar. Suficiente para inspeccionar  los bolsillos de los pantalones, los del chaleco, los de la chaqueta, los rincones del  asiento y el suelo enmoquetado que el mobiliario ocultaba. Sólo encontró el silencio y  terminó implorando varios porqués  entre gritos y lágrimas, apoyada en las rodillas del cuerpo inerte hasta que el insistente timbre la sacó de esa enajenación. Fue entonces cuando vio, por primera vez, los ojos alucinados de su hijo que, en el umbral de la puerta,  miraban a ninguna parte.

         Daniel no entendía nada. Por la mañana había estado jugando con su padre al baloncesto en el jardín; por la tarde su madre  le llevó al colegio de donde salía la excursión de fin de semana a la que se había apuntado, pero el mal tiempo la canceló. Al volver a casa su padre estaba sentado en una butaca vestido de pingüino. Había cambiado algunos muebles de lugar dibujando una circunferencia que él recorría por fuera mientras su madre, en el interior, gritaba que estaba muerto, olía una copa vacía, ponía fin a un disco rayado y llamaba por teléfono. Resultaba todo tan absurdo que sólo podía ser una pesadilla. Se fue a su habitación, tenía que despertarse en el mismo lugar donde se había dormido. Lo intentó varias veces, hasta que oyó una alarma  que confundió con la de su despertador. Saltó de la cama, y  se dirigió al salón, bajando las escaleras  a toda prisa. Se detuvo antes de entrar porque se dio cuenta que el mal sueño continuaba. Y volvió a donde, según él, todo había comenzado.

        La policía, detrás de la puerta principal, seguía sonorizando su acceso y Amanda tuvo que posponer la necesidad  de abrazar a su hijo. A punto de abandonar el salón tropezó con una silla que  estaba desplazada. No se llegó a caer pero cuando la arrimó, vio encima de la mesa la agenda de Mario. No era  su lugar habitual, debería estar en su despacho pero estaba ahí,  sellada con sus gafas y su bolígrafo como si terminara de hacer una anotación. La cogió y miró en torno suyo buscándole un tiempo muerto. El timbre ya no tenía intermitencias, la autoridad se desesperaba.  Salió al recibidor y lo cruzó imaginando los uniformes  al otro lado. Entró en la cocina, una mirada rápida que se detuvo en la nevera. Entre bolsas de patatas fritas y verduras congeladas le encontró un paréntesis. Ya no podían llevársela, al menos hasta que ella leyera lo que había escrito en el espacio reservado al día de hoy.

         Por fin la policía pudo entrar. Amanda se disculpó arguyendo que su angustia  había decidido manifestarse en forma de náuseas.

         Al poco de estar todos reunidos en el salón, se desató la tormenta. A los truenos les siguió un  apagón. La luz de los relámpagos, ahora intensificada, se colaba por los huecos que no cubría la gruesa cortina de los grandes ventanales, incluida una puerta acristalada, que daban al jardín. Enfrente, el cadáver  parecía adquirir diferentes expresiones cada vez que era iluminado con un destello. El improvisado espectáculo captó la atención de los presentes que, como si se hubiese levantado el telón,  permanecieron enmudecidos y absortos, atrapados en la visualización  hasta que se restauró la electricidad. Eso no impidió que  el forense retuviera su acercamiento al muerto que, después de ser maquillado por un fenómeno natural con sucesivas muecas, parecía haber recobrado la vida.

        A quién no molestó en absoluto lo que acababa de suceder fue al detective Piñeiro, que hasta se emocionó al verse inmerso en un ambiente que evocaba el asesinato, aburrido  de que  le asignaran casos que no podía investigar porque terminaban siendo, demasiado pronto, claros suicidios o accidentes sin ninguna premeditación. Su fantasía criminal  aumentó cuando se dio cuenta que la dueña de la casa había desaparecido durante la  siniestra sesión fotográfica. Eran todo ensoñaciones, las mismas que desde niño albergaba y que le llevaron con los años a convertirse en inspector de policía. No comentó que quizás la señora había aprovechado la confusión para huir, porque hasta a él mismo le pareció incoherente y temía causar alguna risita disimulada, esas eran las peores, entre los otros miembros del departamento, el forense y sobre todo ante  el juez. No podía evitar que se le ocurrieran estas excentricidades y, a veces, pensaba que alguna de ellas daría con la clave para resolver un caso difícil.

        El repentino arranque de una lluvia torrencial expulsó su preocupación por esa ausencia  y la rítmica caída de una cortina de agua propició que se dedicara a la inspección, algo minuciosa, del lugar del probable crimen, en busca de pistas o detalles que pudieran ser significativos para el caso.

        En lo que no se equivocó Piñeiro fue en que Amanda había  huido. No abandonó la casa, sólo se refugió en la habitación de Daniel. Fue allí para consolarle y protegerle del miedo que todavía, a sus trece años, le provocaban las tormentas. Pero no podía negar que acostada al lado de su hijo en la penumbra y el silencio se sentía aliviada, sobre todo de las  preguntas que no paró de hacerle el inspector, dirigidas intencionadamente a poner el suicidio en interrogantes. Ya le había dado suficiente información. No había visto ninguna nota en la que Mario confesara su propia muerte. No sabía por qué llevaba el frac puesto, la única vez que se lo puso fue en los últimos carnavales en el club. Él iba de Fred y ella de Ginger, le gustaban mucho esas películas de los años cincuenta. No tenían problemas económicos y, aunque para ser un arquitecto de éxito tuvo que relacionarse con la clase política, evitó siempre crearse enemigos. No estaba enfermo ni tampoco deprimido, conservaba las mismas ganas de vivir que cuando le conoció. No  había indicios de que tuviera una amante. Eran razonablemente felices, lo normal después de veinte años de matrimonio. Ella tampoco encontraba una razón suficiente para el fatal desenlace. ¿Qué importancia tenía el disfraz en que la muerte estaba envuelta?, tanto si había sido un pensamiento, un fallo del corazón o una venganza, el caso es que ya no tenía remedio.  Sólo le preocupaba esa mirada perdida de su hijo, necesitaba una explicación que Daniel pudiese entender, alejar de su mente motivos sórdidos y absurdos con los que calificar el fallecimiento de su padre, y eso comenzaba por impedir que el detective preguntón  le sometiera  a un interrogatorio. Mañana estaría a unos cuantos kilómetros de aquí, en casa de sus abuelos.

        Unos golpes intermitentes en la puerta bastaron para darse cuenta de que a ella no le iba a ser tan fácil escabullirse. Así que salió de la habitación sigilosamente y le hizo al inspector un gesto para que no comenzara inmediatamente a hablar. A mitad de la escalera, el detective abandonó su actitud silenciosa:

         -Venía a decirle que ya se llevan el cuerpo. Habrá que hacerle la autopsia, el forense no ha encontrado la causa de la muerte. En la copa sólo había restos de coñac. Aunque eso no descarta que haya sido envenenado.

         Ella seguía sin decir nada. En cuanto quisieron entrar en el salón, la camilla con el cadáver casi choca con ellos. Amanda miró por última vez su pasado. Le acompaño hasta la puerta. La cortina de agua se había convertido en una lluvia lenta, pesada, casi escurrida. El que había sido su marido era sepultado en el furgón policial.

         -¿Cuándo podré despedirle con la normalidad de un funeral?-preguntó Amanda con los ojos húmedos, intentando contener las lágrimas pero sin poder impedir que alguna resbalara por sus mejillas-.

         -¡Piñeiro, tenemos que irnos!-gritó el conductor del coche de la policía donde, en el asiento de atrás el forense y su ayudante hacían gestos de desesperación-.

         – Señora, supongo que cuando su cuerpo ya no tenga nada más que decirnos.- dijo el detective sin hacer caso a quienes le reclamaban aunque, como no obtuvo ninguna réplica de ella, se fue-.

         Resonando en su mente esa última oración: “cuando su cuerpo ya no tenga nada más que decirnos” Amanda cerró la puerta, entró en la cocina, abrió el congelador, arrastró uno de los cajones y desenterró aquello que todavía podía decirle algo. Envolvió la agenda en un paño y la frotó, su frialdad la incomodaba. Cuando ya le había insuflado algo de calor se fue con ella al despacho de Mario. Allí, bajo la luz cálida del flexo de su mesa de caoba, la abrió justo un día antes del que buscaba. Se retuvo, sabía que una vez que pasara esa hoja se encontraría con unas palabras que no iba a olvidar nunca. Con el pulgar y el índice,  lentamente, le dio la vuelta. Ahora ya no le quedaba nada más que leer lo último que él quiso decirle:

         “Espero que lo aceptes con esa serenidad que tanto he admirado en ti. Ya he amado todo lo que podía amar, las ilusiones más que perderse han sido satisfechas, los retos conseguidos y los deberes realizados; pero un hombre no está completo hasta que no sabe cómo va a morir”.

          Amanda no dejaba de leer, una y otra vez, la confesión. Era absurda, demasiado absurda para un hombre como Mario. Los ojos se le fueron llenando de lágrimas, todavía pudo leerla una vez más antes que se desbordaran. Entonces le pareció que esa caligrafía, ligeramente inclinada hacia la izquierda, no era la del que había sido su marido.

9 Comentarios a “134- La Muerte Disfrazada. Por Otos”

  1. otos dice:

    Hóskar-wild is back gracias por tu comentario. Me siento muy satisfecha de que mi relato sea capaz de introducir al lector en la historia y vivirla como un personaje más. Esa es la magia de la literatura y no siempre ocurre, pero cuando lo hace es tremendamente gratificante para todos.
    Un saludo y suerte.

  2. Hóskar-Wild is back dice:

    Extraordinaria la sucesión de imágenes que nos brinda esta historia. Es como sí asistiéramos en directo a la escena. Una sola toma, sin cortes. Lo único que queda oculto es lo que pasa por la cabeza de Amanda. Como en las buenas películas. Mucha suerte

  3. otos dice:

    Asesino de morfeo, gracias por tu comentario. Demuestras como, a veces, un relato puede tener múltiples lecturas.Es el lector quien le da vida y sentido cada vez que lo lee.
    Un saludo y suerte.

  4. El asesino de Morfeo. dice:

    No se por qué no había leído hasta hoy tu relato. A mi no me ha parecido frío,creo que refleja muy bien el desconcierto que genera, en el entorno más íntimo, un suicidio no esperado. Incluído el final me parece muy bueno (el detalle de la caligrafía inclinada a la izquierda, en busca del origen del suicidio en el pasado.)
    Has conseguido plasmar la sensación de irrealidad sin concesiones y sin grandielocuencias. Bravo por ti. Te dejo mis estrellas y mis deseos de suerte.

  5. otos dice:

    Dies israe, no contesté a tu comentario porque lo estaba anilazando. Ahora, quiero darte las gracias por el análisis de mi relato. He aprendido mucho. Sólo por eso, por algunos comentarios como el tuyo vale la pena este concurso. Gracias otra vez y suerte.
    Otos.

  6. Dies Irae dice:

    Salud, Otos.
    Supongo que, como dice Lovecraft, me desilusionó el no final, o el final que no supe entender, y por eso no quise comentarlo.
    Sin embargo, creo que tu relato se merece una enhorabuena, porque para mí, salvo eso, es excelente. La recreación del escenario y el ambiente, la tensión y el sufrimiento y, sobre todo, cómo pones el énfasis en la pregunta de la mujer: «¿Por qué?» No sé si me emociona tanto la relación con el hijo, su preocupación por él: quizá no hayas querido caer en la sensiblería y, por eso, quede, para mí, un poco fría su reacción. Es lo de menos.
    Un buen relato, excelentemente escrito. Te dejo un saludo y un voto. Suerte.

  7. sacha dice:

    Suerte.

  8. otos dice:

    Gracias por tu sugerencia, lo pensaré.
    Suerte a ti también.

  9. Lovecraft dice:

    Otos:

    Ese final pide a gritos una continuación. Nos debes una.

    Suerte

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