135- Aquella noche. Por Cala
- 25 octubre, 2012 -
- Relatos -
- Tags : 9 Certamen de Narrativa Breve 2012, anhelo, relatos
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En aquella noche clara del 29 de enero del año corriente, bajo las luces de la Plaza de Bad Alhad de Rabat, un chico fue asesinado. Solimán, era su nombre. Para él esta plaza siempre fue en sus sueños, la plaza que debería visitar alguna vez durante su vida. Su mítica plaza de Rabat.
Este muchacho, beduino y pobre de cuna, solo fue poseedor del tiempo vivido en Sinaí. Un recio desierto, superpoblado de campesinos tan incultos y pobres como él. En sus suelos no fértiles de molisoles, o alfisoles, y en su forma de vida, la pobreza.
De aquel erial desértico, que abarca la cuarta parte de África, de casas circulares con techo de paja y suelo de lodo seco, tenía poca información, buenos amigos, beduinos como él, cinco hermanos y hermanas beduinos también, padres beduinos, que procedían de abuelos beduinos, a los que un día en su temprana infancia, vieron partir, y despidieron con lágrimas en el corazón.
No son muy precisos sus recuerdos tras tanto tiempo. En su memoria, aparecen sus padres dentro de un destello irreal; el de su imaginación de niño, despidiéndole. Siempre los recuerda, encaminados hacia el autobús que les conduciría a Marruecos. Dispuestos a buscar, en las fértiles tierras, una oportunidad de empleo y con el tiempo, un hueco en esa ciudad para ellos y su abultada familia.
Solimán como hermano mayor, desde pequeño, se concentraba igual que lo hicieron sus padres, en cambiar el destino de su familia y el suyo propio. Su situación, muy difícil de llevar, en tan árido desierto ya le era insostenible.
Nada de lo que puede ocurrir en el resto del país, ni de lo que sucedía en las otras partes del mundo llega a sus oídos. Ahí casi recluidos, viven anclados en la ignorancia y el analfabetismo más absoluto, centenares de personas.
Su gran deseo ha sido siempre beneficiarse de la vida civilizada de la ciudad. La ciudad que sus padres, torpemente, pero admirados, la describen en sus cartas. Aquí no conoce bibliotecas ni cines. Mientras que en la capital de Marruecos existen oportunidades. Se puede aprender, y vivir con otros sistemas de comunicación que no sean la miseria. Y sobre todo, y muy importante para él, ahora es joven y fuerte. Debe trabajar y conocer cuanto antes las pirámides de Egipto, el gran tesoro a descubrir, y el orgullo de su pueblo.
Entre tanto, contempla con anhelo, el deseo de cambiar su vida actual sin futuro ni ritmo por doce o catorce horas de trabajo diario. Le proporcionaran, como a sus primos, un buen sueldo al final del mes. Sus padres, por mayores, obtienen unos ingresos miserables.
A pesar de sus dieciocho años no es gran cosa su formación. A medida que va creciendo en edad, lo hace en olfato e intuición. Y esto, poco a poco, le aporta mayor sensibilidad e interés en la toma de decisiones.
Su carácter de talante paciente y disciplinado le presta solidez en este ambiente tan difícil y de pobreza extrema. En su momento conoció la escuela, le otorgaron enseñanzas básicas, y escasos conocimientos de la vida. Esta asistencia no ha subido demasiado su nivel, con lo que casi no logra exceder, el de de un niño de doce años, poco más. Su idioma, el Nilo-Sahariano, no le costó demasiado, pero no es bilingüe, las lenguas vecinas le resultan muy difíciles, y poco necesarias para su trabajo de agricultor y pastor que, tiene poco contacto con los pueblos de al lado.
Como espabilado es, por naturaleza, pronto se dio cuenta que debía añadir más instrumentos formativos a su edad. Le aventajaban demasiados conocimientos, cuando se comparaba a sus primos de la ciudad. Sus referentes culturales. Lo cierto que solo en una ocasión pudo verlos. Escasamente hablan por teléfono cada años. Aunque desde pequeño frecuentó las conversaciones de los ancianos, de los religiosos, y de cualquiera que en su comunidad fuera sociable y comunicativo; estos colectivos coinciden en dibujarle modelos, en los que se forjan todas las utopías. Y exaltan a los emigrantes llegados a Marruecos, esperanzados por sus oportunidades.
Como lo que mucho se desea se puede llegar a conseguir, poco a poco su paciencia cambia. Una mañana, tras recibir un telegrama de sus padres Naser y Fatima, Solimán cierra su cazadora, su maleta, su cama portátil, sus ojos detrás de la espalda de sus hermanos más pequeños, y su boca, delante del viejo vecino que, le despide con una sonrisa desdentada y sincera. Y se marchó.
Ilusionado tras leer una y otra vez el telegrama que recibió de sus padres, su energía se multiplicaba al imaginarse, después de tanto tiempo, a su madre esperándolo. A un lado de la plaza mítica de Bad Alhad en Rabat, junto al ayuntamiento, a las ocho de la tarde del 29 de enero.
No se encontraba bien antes de abandonar Sinaí. Las vísperas del viaje sin llegar a pegar ojo. Y varias noches desvelado, sumaban pesadez al viaje. Su cabeza parecía estallar. En el autobús encontró una revista aquí, un papel de periódico allá; todos le daban ideas de la nueva situación que atravesaba la capital de su país. No conseguía dormir, y se mantuvo despierto, y sorprendido todo el tiempo, por la megafonía del techo, que no cesaba de trasmitir las mismas y únicas noticias. Comentaba los últimos doce días del presidente de su país. Se preocupó. Él lo conocía como el dictador, y ahora era el centro de atención del mundo entero.
La radio del autobús repetía y repetía, una y otra vez que el dictador los tenía sometidos desde hacía más de treinta años. Administraba el tiempo, en su favor y en el de su hijo, destinado a sucederle. La información, con su monotonía, le ofrecía cifras nuevas. Por un lado hablaba de más de ochenta millones de habitantes, y por otro, de los más del sesenta por ciento de analfabetos campesinos, que vivían en su país en el umbral de la pobreza. – Como yo. – Se dijo. La voz no callaba, hablaba una y otra vez sobre lo mismo. Insistía mucho en algo nuevo para él; en un apagón informático de más de cinco días.
-¡Qué es eso del apagón informático! Excitado, Solimán comprobó que volvía y volvía a escucharlo una vez tras otra.
-¡Cinco días de apagón, no puede ser, no puede ser! Cómo iba a ir su madre, en un par de horas, que faltaban para su llegada a buscarlo…
-Cómo va a salir de casa, para recibirme en la plaza con ese apagón. Si a esas horas, ya la noche habrá caído. Y cómo podré yo dar con la esquina del ayuntamiento y verla a ella.
Imposible dejar de escuchar ese altavoz, y a la vez insoportable. En su cabeza solo caben ya miedos y recuerdos. La misma tenaza en la garganta que la mañana en que sus padres partieron. De nuevo, idéntico sufrimiento con la visualización del rostro de su madre. Le atenazaba, de nuevo, el recuerdo de su cara desfigurada por el dolor mientras se alejaban del brazo su padre y ella. Aún entonces, no dejaba de sonreírles entre sollozos y carcajadas fingidas, y prometerles un futuro mejor. Eso sería algo más adelante, en la ciudad.
¡Y ahora él, iba a obligar a su madre a salir a la calle en medio de un apagón así, y en una ciudad en discordia!
-¡Cómo es que ninguno de los tres lo hemos podido prever! De repente perdió el deseo de llegar a Rabat, si no había luz, no había trabajo, ni futuro para él.
Preocupado por el “apagón informático” y casi sin aire en el pecho, la agitación dominaba, no estaba preparado para una ciudad así; oscura y revuelta.
-Para qué poner los pies en un suelo lleno de oscuridad.
De pronto, la idea de acabarse el tiempo tomó forma. Aunque demasiado tarde. Había llegado. Ya estaba allí. Aquel era su destino. Cansado, y asombrado, por toda la luz desprendida por la plaza, no comprendía… – ¿Cómo?, a pesar del “apagón informático, ese”. Con todas esas dudas no disimulaba su alegría.
Solo unos momentos antes, las intentaba acallar vencido por el miedo y la incertidumbre de la oscuridad. Ahora su felicidad se desbordaba.
-Es la plaza que tantas veces me han descrito mis padres en sus cartas, la que he soñado desde niño; es aquí donde estoy. Allí está la esquina rojiza, si allí es donde mi madre me espera. La estoy viendo. ¡Hay luz y me mira! Ella me ve, no ha llegado el apagón todavía. Mejor, después de tanto tiempo, y voy a estar de nuevo a su lado. Ahí está, me mira; como yo con el rostro impaciente y los brazos abiertos. Y todo está iluminado.-
¡Podía contemplar la luz en la mirada de su madre. Era incomprensible, había luz.
– La luz y ella lo iluminan todo. Es lo mejor, hay luz, y mi madre está aquí muy cerca, y me mira. -No deja de mirarme.- Lo miraba… Lo miraba, como…como si le quisiera…decir algo…quizá advertir…advertirle de algo, si de algo… ¿de qué?
-¡Parece advertirme, si, ¡parece advertirme de algo ¡Si, ,de algo, si, …Pero, de qué; de qué, si hay luz en toda la plaza!
Asombrado, por toda la luz que desprendía la plaza, a pesar del “apagón informático”, no dejaba de mirar, extrañado, a su madre.
En unos segundos, la velocidad de un coche oficial no se redujo cuando llegó a su altura. Demasiada ignorancia e incultura, demasiada rapidez, y demasiada felicidad lo atropellaron. Solimán cayó arrollado bajo las ruedas. Daba tumbos por el asfalto, pero no dejó de mirar la luz, en el rostro de su madre.






Fue víctima ya desde el momento de su nacimiento, desde que pensó en buscar un futuro mejor lejos de, desde que su propia incultura le llevó al lugar inadecuado en el momento menos apropiado. Suerte.
Suerte.
Hay una cosa que no me cuadra: inicias el relato diciendo que Solimán fue asesinado, y sin embargo su final parece más bien un desafortunado accidente de tráfico. Por muchas vueltas que le doy, no encuentro ningún motivo en el conductor de ese coche oficial que justifique ese supuesto asesinato.
Creo que debes dejar un poco más de espacio a la imaginación de lector. Eres demasiado explícito (y repetitivo) en el desarrollo de algunas escenas (véase el encuentro con la madre en la plaza, por ejemplo).
Ánimo. A seguir escribiendo y suerte para el certamen