150- Dos opciones. Por Uve
- 27 octubre, 2012 -
- Relatos -
- Tags : 9 Certamen de Narrativa Breve 2012, elegir, relatos
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“no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo”
Mario Benedetti
“Hay dos opciones. Sólo dos… Hay dos opciones. Sólo dos…” Repetía firmemente una vez tras otra.
Salí del metro con paso firme, nunca pierdo la compostura ni en las peores situaciones. Hoy habían tratado de venderme chocolatinas, Kleenex, mecheros y creo que algún llavero en forma de tetera que se balanceaba suavemente con el traqueteo del vagón en el asiento de al lado. Ha pasado por delante de mí gente que decía morir de hambre, otros a los que eran los niños los que se les morían de hambre, muchos afectados por la crisis y otros tantos afectados desde bastante antes de la crisis. He llegado a casa y he tenido el acto reflejo de encender la televisión. Pronto me ha retumbado un eco insoportable de números, desgracias, mentiras, debates, habladurías y cotilleos.
Yo no voy a engañar a nadie.
Tengo una gran afición al bricolaje, creo que viene de cuando era pequeño (al final todo viene de eso según los psicólogos). Un día mi padre me pidió ayuda para lijar y pintar una pequeña mesa que debía ser de hacía unos mil años, o esa fue la sensación que a mí me dio, la medida temporal difiere mucho según tu propia edad. La cuestión es que la mesa estaba bastante tocada y el peso de los años había hecho mella en ella, como más tarde lo haría con los demás. Lijamos toda la superficie y observé como rejuvenecimos “mágicamente” a aquella pobre vieja. La capa de barniz, el olor, el esfuerzo, el trabajo y… El resultado. Pero no sólo obtuve una satisfacción física durante el proceso. Creo que fue de los únicos momentos en los que mi padre me dirigió más de cincuenta palabras seguidas. No sé si lo hizo por pasar el rato, por amenizar la velada o porque de verdad le interesaba algo de lo que preguntaba. “¿Qué tal te va el colegio?” “¿Y el fútbol?” “Tu madre me ha dicho que irás al cumpleaños de ese amigo tuyo, el morenito, ¿te apetece?” “El sábado irás con tus primos al zoo, ¿lo sabías?”. Lo importante no fue lo que preguntaba, que no era sino un intento torpe por llegar a algo a lo que hacía años que había renunciado. Lo importante fue que preguntó. Según la psicóloga (yo en petit comité prefiero llamarla tocapelotas) esto creó un vínculo en mi subconsciente entre la necesidad de aceptación de mi progenitor y una actividad cotidiana como es el bricolaje.
Sinceramente a mí me importa una mierda el porqué me gusta el bricolaje, la cuestión es que me gusta y me hace sentir bien. A día de hoy podría decir que es lo único que me gusta. Supongo que no soy una persona normal, pero creedme que actúo como tal. Todos los días me levanto con el insoportable sonido del despertador, me ducho, me visto, le doy un beso de buenos días a la mujer que todas las noches se acuesta a mi lado (algunas personas la considerarían “mi mujer”, yo siempre he pensado que las personas no pueden ser precedidas de un posesivo, pero ya he dicho que supongo que yo no soy normal), me preparo un café sin leche, me despido de Andrea y María, arranco el coche y conduzco hasta el trabajo. Todo normal, todo correcto, todo perfecto. Tengo amigos con los que de vez en cuando tomo una cerveza al salir del trabajo, y hablamos de las cifras del IBEX de ese día, o del tiempo, a veces hasta me cuentan sus planes de fin de semana, pero esto muy excepcionalmente. No me interesa en absoluto nada de lo que me cuentan, ninguno de ellos, ni siquiera lo que yo les cuento me interesa. Dije que no iba a mentir. Me comporto como una persona normal, pero no lo soy. La única opción de serlo que tengo sería descubrir que todos estos demás seres humanos con los que me cruzo a diario, los amigos, los jefes, las mujeres, los hombres, etc. La única opción es que todos estuvieran simplemente actuando, como hago yo, a pretender ser lo que se supone que es normal.
Pero no, no deseo que sea así. No es que quiera ser el único actor permanente de este mundo, es que no deseo una vida así para nadie más. Aunque al parecer todo el mundo desea tener la mía. Ilusos…
Andrea vino como de la nada. Un día de repente apareció así, sin más. Otra de las trampas del tiempo que, como he mencionado anteriormente, difiere bastante con la propia edad de manera proporcionalmente directa. Pues bien, a mis veintisiete años ese embarazo fue un abrir y cerrar de ojos. No me di apenas cuenta ni de lo que había dentro de esa mujer que dormía junto a mí hasta que un día sin más alguien lloraba constantemente a nuestro lado, en una pequeña cuna que no recuerdo quién había comprado. De nuevo, no voy a engañar a nadie. Yo no esperaba con ilusión, tampoco sin ella, que Andrea nos hiciera compañía durante un gran periodo de nuestra vida. Simplemente la esperé, como el que espera pacientemente al autobús una mañana de lunes. No es triste, tampoco es algo alegre, es algo que simplemente es. Nunca he sentido ilusión por nada, al menos desde que tengo uso de razón. Me monté en ese autobús de lo que sería mi vida a partir de entonces sin más motivación que esperar a que pasara el tiempo, al igual que hice anteriormente con Susana (así se llama la increíble persona que tengo la suerte, inmerecida, de tener al lado), con el trabajo y hasta con el perro. No negaré que las sonrisas y las ilusiones de Andrea alegraban un poquito mi amarga existencia, pero no podía hacer más. Después llegó María, y de nuevo el autobús de los lunes. Las quiero con locura, pero eso no cambia nada.
Ahora espero el siguiente movimiento de la vida para conmigo, su siguiente carta. No puedo contestar, no puedo replicar, no puedo elegir…
“Hay dos opciones. Sólo dos… Hay dos opciones. Sólo dos…” Repetía firmemente una vez tras otra.
Fernando recorría la calle con un falso aire de superioridad. Vestía su traje azul marino de los jueves, metódico con sus costumbres, y daba un paso tras otro con seguridad. La boca de metro quedaba cada vez más y más lejos a su espalda. El aire era cálido y Fernando se sentía ahogado dentro de aquella chaqueta. El bochorno hizo estallar una tormenta de agua en menos de un minuto. Fernando permaneció impasible ante los antojos de la naturaleza y siguió andando aflojándose de rato en rato la corbata. El pelo se le caló a los pocos minutos y comenzó a apelmazarse tristemente sobre su cabeza.
Fernando seguía caminando con seguridad por la cada vez más vacía calle, pero ya no era sino una pintura difuminada, un payaso con el maquillaje corrido, un disfraz arrancado a jirones. Fernando caminaba por primera vez en todo el día siendo él. Poco le importaba ya…
Los coches pasaban por su lado arrastrando todo el barro que iba formándose a los márgenes de la carretera, convirtiendo su precioso traje azul en una apestosa alcantarilla andante. Nadie le miraba, aunque él tampoco miraba a nadie. La lluvia no cesaba y la gente corría a refugiarse en los soportales o bajo los paraguas de su previsor acompañante. Fernando parecía ser el único imperturbable ante la lluvia, ni siquiera había acelerado el paso.
Un súbito estallido en la acera de enfrente invadió el aire. Los cristales más próximos reventaron al escucharlo, las alarmas de los coches compusieron enseguida una desagradable y desacompasada melodía, los gritos humanos no tardaron en hacerse escuchar por las esquinas, cada cual más desesperado. El maletín que Fernando sostenía segundos antes en la mano derecha se encontraba hecho añicos en la acera, todos los papeles impregnados de cuentas y de futuro volaban libremente entre las columnas de humo, intentando ascender sin éxito hacia el cielo, ahora más gris que nunca.
Fernando yacía a escasos metros del maletín. Una larga barra de metal atravesaba su pecho, que ya no acompasaba ningún ritmo. El agua seguía cayendo sobre su cuerpo sin pudor alguno, las gotas resbalaban por sus ojos, que ya no oponían resistencia, y se mezclaban con la sangre que brotaba sin descanso de la herida. El traje, que aún conservaba el color azul en la parte superior, empezó a tornarse aún más oscuro a medida que el denso líquido rojo se abría paso hasta la superficie, por donde resbalaba a ritmo constante, sin pausa, con el objetivo final de alcanzar el suelo. El charco de sangre alrededor de Fernando era cada vez más y más grande. Al principio el líquido era rojo, completamente puro, de este color y espesor tan llamativos, tan, irónicamente, vivos… Pero en su camino el agua, al igual que el tiempo, apagaba su color y su densidad, haciéndolo cada vez más líquido, más oscuro, más muerto.
El agua seguía su camino impasible, arrastrando sangre y barro, barro y sangre, haciéndolos indistinguibles.
─ ¿Hora de la muerte?
─ ¿Muerte?
─ Sí, pregunto cuál es la hora de la muerte.
─ Este señor no está muerto.
─ ¿Cómo que no está muerto?
─ No… Este señor nunca estuvo vivo.
Fernando nunca estuvo vivo.
“Hay dos opciones. Sólo dos… Hay dos opciones. Sólo dos…” Repetías firmemente una vez tras otra.
Y llegó entonces la decisión final de la vida para ti, su última carta, esa que esperabas también como quien espera el autobús de los lunes (bien podría ser martes, o cualquier otro día de la semana). De nuevo dejándote llevar en el camino más cuesta abajo que encontraste, sin oponer resistencia, tan solo caminando sin parar ni un segundo, ni siquiera para pensar. Viviste toda tu vida sin darte cuenta de que no vivías, contando únicamente dos opciones: seguir respirando o morir.
Tú nunca supiste lo que era vivir, ni querer. Vivir siempre ha sido algo que requiere esfuerzo, lucha, paciencia… Requiere querer, odiar y sufrir. Vivir fue y sigue siendo más que respirar. Vivir era tener esperanza, proyectos, ilusión. A ti nunca te enseñaron lo que era vivir.
Hay tres opciones, ¿te das cuenta?, hay tres opciones.
─ Fernando, Fernando cariño… ¿Me escuchas?
Reconocería su voz entre un millón. No abrí los ojos, me mataba el miedo de pensar que no era cierto, que ella no estaba, que no era sino yo imaginando, muerto. Jamás había sentido tanto miedo, me atrevería a decir que jamás había sentido miedo. Quizás es que jamás había sentido nada.
─ Fernando mi vida…
La escuche llorar, y se me removieron todos los tejidos del estómago de golpe, produciendo un dolor inimaginable, mucho mayor que el dolor que me abrasaba el pecho.
Entonces, haciendo caso omiso al miedo que me devoraba las entrañas, abrí los ojos. Y la vi. Era real, ella estaba ahí, a mi lado, con su larga melena despeinada cayendo sobre los hombros, y la cara empapada de lágrimas. Nos quedamos callados un instante mirándonos a los ojos. Había un poco de mí ahí escondido, en ella. Y cuánto la quiero, pensé. Cuánto…
Nunca imaginé que se pudiera ser feliz.






Suerte.
Yo no voy a engañar a nadie. O puede que sí. Al fin y al cabo siempre hay dos opciones. ¿O son tres? creo que la bomba estalló muy cerca de mi lóbulo parietal izquierdo. Suerte.
Me temo que lo que Fernando padece es una depresión congénita cuyo origen no aclara el relato (claro, que si es congénita, la padece desde el nacimiento, por lo que no hay más causa que la genética, tonto estoy). No termino de entender el episodio final de la explosión (¿la provocó el propio Fernando?). Suscribo todo lo que te ha comentado Dies Irae.
Te propongo también tres opciones: suerte, suerte y suerte
Hola, Uve.
Tu relato me ha parecido interesante en el planteamiento y muy correcto en la escritura, pero, quizá como a Fernando, me ha dado la sensación de que le faltaba «vida». Se apunta a una introspección en lo infantil que, en mi opinión, no aclara la desconcertada personalidad del protagonista; a una afición (el bricolage) que tampoco tranquiliza o resuelve su inquietud -ni la historia; Lo mejor me ha parecido ese caminar bajo la lluvia en el que, sin embargo, no escuchamos la conversación interior de Fernando. Y el final, a mí, no me aclara el porqué de un cambio en el protagonista, no me parece que cierre el relato todo lo bien que esperaba.
En la estructura, el intercambio de voces entre la primera, segunda y tercera persona, teniendo su sentido, no sé si ayuda a centrar el texto. Poniéndome en tu lugar, con tu permiso, creo que la propia comprensión que el autor tiene de su personaje oscurece la interpretación del lector.
Muy buenos mimbres para un cesto que se merece que retomes con mimo, en mi opinión.
Suerte en el concurso, Uve.