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98- La cremallera. Por Funez

Una madrugada cualquiera del mes de mayo, el de las flores, una mujer es internada en la séptima planta del hospital emocional Virgen de Cruces. Trae bastante mala cara, los ojos rojos e hinchados, su tensión arterial está por encima de veinte y de diez, y los análisis constatan una anemia acuciante y las defensas bajas. Los diagnósticos emitidos en primera instancia por el facultativo de urgencias y a posteriori por el encargado de ala, son rotundos y coincidentes: Mal de amores.

A la mañana siguiente la mujer es sometida a un arduo interrogatorio.

—    ¿Enamorada?

—    No

—    Por favor, amplíe la respuesta.

—    No. No estoy enamorada.

—    Un poco más.

— Me aterran las cremalleras. Prefiero abotonar media docena de botones en minúsculos ojales, antes que abrochar y tirar de una cremallera.

El facultativo es incapaz de contener la risa y suelta una carcajada estruendosa frente al rostro impertérrito de la mujer.

—    Todo empezó por ahí —sentencia ella.

El médico recoloca su trasero en su asiento y trata de recomponer el rictus templado y circunspecto de su rostro. Su gesto nimio y un tanto imbécil ha trastocado la solemnidad que precisa el cuestionario, lo que ahora le obliga a redecirse y a redoblar esfuerzos; duda que ella, su paciente, considere necesario asirse a la verdad, a la escueta y estricta verdad, habiendo sido ninguneada.

—    Por favor. Discúlpeme y continúe.

—    Se la pillé.

Ella aguarda el esbozo irremediable de una nueva sonrisa. Él trabaja por adelantado. Suponía algo así. Termina de anotar en el cuaderno, redirige nuevamente la atención de sus ojos a la cara de ella, y espera paciente a que prosiga.

— Acabábamos de copular en el camarote del capitán. La excitación resultaba doble, o triple, o cuádruple. Ambos habíamos alcanzado un orgasmo rápido e intenso; y, sin embargo, aún nos sentíamos suspendidos sobre un finísimo hilo de placer cómplice. El temor a ser descubiertos en semejante sitio dormita todo final; vence el riego, la novedad, y, sobre todo, que todavía el trabajo no está hecho, pues aún se tiene que salir de allí a escondidas. Entonces él me atrajo contra su pecho para besarme por última vez mientras yo guardaba su pájaro en su nido. Tiré hacia arriba de la cremallera del pantalón y se la pillé.

El médico, con un acto inconsciente y reflejo, volvió a recolocar su trasero en su asiento. Esta vez, con los hechos pormenorizados, no cabe sonrisa alguna. Manda el dolor ajeno, y a través de una breve transportación sensorial el hombre revive los primeros síntomas del protagonista de la historia de su paciente. Tiene sus piernas cruzadas y, en un nuevo acto reflejo, aprieta una contra otra lo indecible.

— Para nosotros el viaje terminó en ese instante. Las escalas en Niza, Nápoles y Livorno, para dos personas que apenas se están empezando a conocer, se erigen como el merecido descanso del guerrero. En nuestro caso nos salvaban de la soledad abrupta que se originaba dentro de nuestro propio camarote. Porque allí él, con su miembro cosido de arriba a abajo, se hacía un ovillo y me daba la espalda; e incapaz de reprimir sus quejidos, se pasaba las horas canturreando igual que un anciano postrado en la antesala de su muerte. Terrible. Créame.

El médico, absorto en el relato, asiente en repetidas ocasiones con la cabeza. Luego, consciente de su incorrección, se levanta de la silla briosamente y musita hasta la extenuación una sola palabra en tono reflexivo: “Bien”. La pronuncia cincuenta o cien veces, hasta que consigue desprenderse del dolor somatizado.

— Bien —vuelve a decir, dirigiéndose por fin a su paciente—. Pero usted no se encuentra aquí por las cremalleras en sí mismas. ¿Verdad?

—    Verdad.

—    Ni por un viaje en crucero frustrado o frustrante. ¿Verdad?

—    Verdad.

—    Prosiga pues.

— Atracamos en el puerto de Valencia la mañana de un cuatro de julio. Habrá notado por mi acento que soy norteamericana. Alquilamos un coche. Conduje hasta Madrid con él igual de quejoso sentado a mi derecha. Le acompañé a su casa y le realicé una última cura. Después salí a cenar. Tenía invitación del cónsul y unas ganas inmensas de despegarme de esa historia. Me sentía culpable. Y él, imagino que sin pretenderlo, resolviendo siempre el asunto de la misma manera: apesadumbrado, herido abajo y arriba, en la mirada, una mirada incapaz de asirse ni por un instante a ningún sitio concreto salvo a su entrepierna, me hacía sentir malvada. De modo que no lo dudé. Me largué a la embajada. Y a él no le sentó bien.

— ¿Me está hablando del cuatro de julio pasado? Estamos en mayo. ¿En esa fecha y en ese hombre sitúa realmente el origen de la respuesta a la pregunta que le efectué al principio?

— ¿Me está metiendo prisa?

—    No. Claro que no. Pero…

—    Es por lo de la cremallera.

—    No entiendo.

El médico asume por primera vez que su diagnóstico, corroborado por el examen efectuado por el facultativo de urgencias, puede ser erróneo. El mal de amores aprisiona en una tristeza muy profunda a quien lo atesora, causando un repentino e inagotable llanto que enrojece e hincha los ojos y las cavidades oculares; objeto éste, no obstante, abierto a disolverse ante la presencia del más mínimo atisbo de esperanza. La descompensación de la tensión arterial, la falta de apetito y su consabida anemia, pertenecen a la acción de una pena honda que no asume el pragmatismo de la tristeza inicial; muy al contrario, esta pena se pega a la piel como la cinta americana, pesa como una locomotora de carbón y actúa como un objeto punzante que focaliza toda su energía alrededor del ámbito cerebral que controla el raciocinio emocional, resolviendo al individuo que la sustenta como un trapo, como un puto trapo. Todo eso se encuentra en los libros. Bien. Y sin embargo, esta mujer no denota carestía. No habla de ausencia. Todavía no ha sobrevolado el fantasma de la nostalgia. No dice echar en falta. Sólo menta un temor absurdo y muy presente a las cremalleras.

El plan B del médico queda circuncidado en su mente en cuanto repara que es inasumible pasar seis años en una facultad para terminar en el despachito de una consulta privada haciendo el payaso. No puede levantarse de su asiento y ejecutar cien veces el simple ejercicio de subirse y bajarse la cremallera de la pernera, para que su paciente, sólo una extraña, sólo una loca, se convenza de la estupidez que presenta su cuadro. Por más que se lo exija el cuerpo, es incapaz. Él es médico y su paciente sólo una loca, sólo una extraña. Piensa de inmediato. Escapando de ese atolladero.

El plan A, proseguir con el estudio, le revienta las sienes. Es cierto que para eso también le pagan y que A es la inicial de su nombre y de su primer y segundo apellido y del mes en el que su madre le sacó a este mundo; niñerías en las que se acaba abstrayendo durante un buen rato.

Fuera por fin de ese trace, de nuevo como piedra sobre su asiento, regresa un tanto noqueado a su interrogatorio.

—    ¿Cuándo se conocieron?

—    Eso no es relevante.

El médico aprieta con todas sus fuerzas ambos codos contra los apoyabrazos del sillón. No disimula su incomodidad.

— No hay que trasladarse tan lejos. No es él. Al menos, no en esos términos. Son las cremalleras —dice en tono aclaratorio la paciente, que ya no quiere por nada del mundo abandonar ese hospital sin una solución para su problema—.

—    ¿Qué ocurrió después de la cena en la embajada?

La paciente esboza una leve sonrisa repleta de complacencia. Siente que el facultativo ha claudicado y que le concede una oportunidad real, llena de interés.

— No estaba. Se había esfumado. Sabía que yo volvería y no le importó largarse de su propio apartamento.

—    Bien. ¿Y después?

—    El después es este.

—    ¿No ha regresado desde entonces? ¿No han hablado? ¿Nunca?

—    No

—    Todo esto es por él —afirma el médico.

— Por él no, por las cremalleras. A consecuencia de ese asunto con él y con la cremallera —termina diciendo la paciente, para no soliviantar un ápice la novedosa serenidad reinante.

El médico se advierte como un torero frente a un morlaco de quinientos o seiscientos kilos junto a la barrera de sombra, justo antes de entrar a matar. No puede fallar. No debe fallar. No arriesga.

—    Explíquese.

— Estamos en mayo, el mes de las flores, y nadie me ha regalado una maceta o un triste ramo. Estoy sola y con la vaga sensación de que aquel hombre que se fue no hizo ademán alguno por situarse en mi lugar. Cuando montamos en ese estúpido barco yo le amaba. Y cuando le realicé la última cura en su estúpido pene, antes de mi cena en la embajada, también. Ahora ya no. Pero ese hombre, con su manera de afrontar los accidentes, ha conseguido que el ser humano me aterrorice.

—    Ya… La confianza en el otro.

—    Justo.

— Lo iba a hacer yo mismo. Pero estoy seguro de que va a resultar mucho más efectivo y provechoso si lo realiza usted. Venga. No tema. Baje y suba cuantas veces quiera la cremallera de mi pantalón.

6 Comentarios a “98- La cremallera. Por Funez”

  1. Dies Irae dice:

    Una lectura más atenta descubre más profundidad en este relato.
    «…Pero ese hombre, con su manera de afrontar los accidentes, ha conseguido que el ser humano me aterrorice.
    — Ya… La confianza en el otro.
    — Justo.»
    Es cierto, Funez. Hay quien ni siquiera necesita accidentes para justificarse y salir huyendo. Eso es lo que aterroriza. Y cuando perdemos la confianza, todo se derrumba.
    Un saludo y un voto.
    ¿Dónde dices que está ese hospital emocional?

  2. Lotte Goodwin dice:

    Divertido, bien escrito, bien acabado, original, buenas imágenes… En fin, no puedo negar que me ha gustado mucho.
    Enhorabuena y mucha suerte, que te la deseo de verdad.

  3. sacha dice:

    Es divertido.
    Suerte.

  4. Hóskar-wild is back dice:

    Es más que posible que algún lector y/o crítico avispado haya caído en la cuenta de mi afición a pasear al borde de la ironía, por lo que no puedo hacer otra cosa que decir que este relato me gusta por la carga de irreverencia que lleva en muchos de sus párrafos. Suerte.

  5. Lovecraft dice:

    Si señor, divertido a pesar del drama que subyace en el argumento. Lo mejor, la terapia que propone el doctor cuando finaliza el relato. ¡Estudiar un montón de años Medicina para esto!

    מזל

  6. Caos dice:

    La canción «El dolor de los dolores», hacía referencia a la tapa de un piano, pero no tengo duda alguna de lo inhumano de una cremallera mal subida. Divertido relato. Suerte

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©Joaquin Zamora. Fotógrafo oficial de Canal Literatura

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