Autarquía. Por Miguel Sánchez Robles

AUTARQUÍA

José Sánchez López. Autarquía

Este hombre era mi padre. Mi padre nació el dos de mayo de 1931. Lo decía siempre en sus últimos meses de vida, cuando hacíamos cola y luego nos tocaba el turno en las oficinas administrativas de radioterapia o en la consulta del oncólogo o del cirujano plástico o simplemente para hacerle una mañana un TAC. Mi padre decía: “Yo soy José Sánchez López, nací el dos de mayo de 1931. Sí, ya sé que hay muchos josés sánchez lópez metidos en el ordenador, pero yo soy ése, el del dos de mayo de 1931 en Caravaca de la Cruz”. Me encantaba oírle hacer esa precisión, seriamente enfermo y apoyado en su bastón de puño de nácar que heredó de mis abuelos y yo he heredado de él. Mi padre decía eso con una dignidad de hombre cabal y de la huerta que siempre supo tener. Mi padre era discreto, humilde, alejado de las cosas fatuas y públicas y de mentira que hay en este mundo y en este momento del mundo en que vivimos. Mi padre era la persona que más decía la verdad de todas las personas que yo haya podido tratar en esta vida y digan también siempre la verdad. Tenía esa especie de insobornabilidad humana que hace a algunos seres ser auténticos e irrepetibles, tener su propia fe y su propio concepto de la vida. Mi padre era una de esas personas que nunca le hacen daño a nadie, que pasan por la existencia como heraldos de su propio destino, que son queridos, muy queridos, por sus pocos amigos de verdad, que dejan como la estela de un ángel triste tras de sí. Una de esas personas que no es fácil engañar por la hipocresía o la propaganda o los discursos. Pero sobre todo mi padre era autárquico. Se bastaba a sí mismo. No necesitaba las cosas superfluas, ni el fútbol, ni las afiliaciones políticas, ni los carnés de caza, ni las congregaciones religiosas, ni los programas del corazón. Pertenecía al subconjunto humano de los hombres solos que se bastan a sí mismos a la manera de esos protagonistas del teatro de Henri Ibsen que al final de sus vidas descubren con orgullo que el hombre más poderoso de la Tierra es el que está más solo, el que está más solo, el que está más solo. Mi padre sabía muchísimo de la psicología humana y de fruta. Entendía la fruta y entendía a los hombres mejor que nadie que pueda haber leído mucho sobre eso. Mi padre no leía, pero sabía de qué iba esto, de qué iba la vida, y sobre todo de qué iba su vida. Mi padre me hablaba de los esquilmos, del cáñamo, de las siegas y de las revistas que echaban todos los lunes en el Gran Teatro Cinema por los años setenta. Adoraba a Finita Rufé y a Pepe Blanco. Le gustaban los espectáculos musicales y odiaba la comedia. Me decía: “Miguel, la comedia es hablar. Yo no la aguanto. Dos bocazas diciendo tonterías encima de una tarima de madera”. Mi padre, cuando se refería a nosotros, a sus hijos, siempre decía: “Mi Miguel. Mi Manolo. Mi Mari”. Un día, cuando yo tenía diez años, mi padre vino de la huerta, entró al patio como todos los días, se quedó en camiseta, puso su cabeza debajo del grifo de la pila, se lavó muy despacio, luego salió al comedor secándose sus brazos y su rostro con una toalla muy blanca y me dijo: “Miguel, ¿Tú estás dispuesto a estudiar? ¿Tú te comprometes a sacar una carrera?”. Se dirigió a mí como si yo fuese adulto. Me hizo adulto con aquellas palabras. Me emocionó como para toda mi vida. Siempre estudié y siempre leí y siempre fui el que soy pensando en aquellas palabras de mi padre que me hicieron ser yo y ser así para siempre. Cómo lo recuerdo volver en bicicleta del trabajo. Cómo lo recuerdo silbar para que le abriésemos la puerta de atrás de nuestra casa en la calle Planchas segunda traviesa. Cómo lo recuerdo vestido con su abrigo negro y su sombrero gris cuando era mil novecientos sesenta y cinco y volvía de jugar al dominó en el Dulcinea y llevaba en su mano una bandeja de dulces atada cuidadosamente con un precioso hilo rojo que nos traía de la confitería de “Las Cecilias”. Y sobre todo, cómo recuerdo, ahora, que tan reciente está su muerte, el día en que ya no quería levantarse, y me senté a su lado en la cama, y le dije: “Papá, a lo mejor vivimos otra vez” y le conté mi mito del “eterno retorno”, y él me dijo mirando tristemente a la pared: “¿El eterno retorno? Sí, ¡El eterno retorno!”. Luego cerró los ojos como cierran sus alas los pájaros dormidos.

 

Miguel Sánchez Robles

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