Burete. Por Gregorio L. Piñero. Cuentos Estivales.

Cuentos estivales

Burete-1

AQUELLOS VERANOS REMOTOS

BURETE (1)

 

      Tras de cenar, mi pupilo me ha llamado a su lado. No es que estuviese yo muy lejos, pero se ve que quería llamarme la atención. Y me he acercado a él con diligencia.

      He puesto mis patas sobre su pierna y él me ha acariciado y ha empezado a comentarme cómo eran los veranos de su infancia.

      Me dice, que poco antes del primero de julio, una vez terminado el curso escolar, marchaba con sus abuelos paternos, Gregorio y Lola, al cortijo de Los Marianos, en la sierra ceheginera de Burete. Un lugar fresco, aunque muy seco, donde al mediodía el calor era insoportable pero que, a las noches, se alcanzaba un frescor envidiable.

      Los abuelos de mi pupilo pasaban allí el verano, trasladándose desde el bello pueblo murciano de Cehegín, al que esta pedanía rural pertenece, a fin de hacer más llevaderos los días de sofoco canicular. Especialmente porque aquellas casas estaban construidas con muros de cuarenta o cincuenta centímetros de ancho, de modo que hacían un verdadero microclima interior, manteniéndose frescas y secas las viviendas.

      Vivían en ella todo el año varios grupos familiares. Los más cercanos (algunos habitaban viviendas inmediatas contiguas), eran como parte de la familia. De los niños, mi pupilo recuerda bien al Bartolico, al Juanico, al Tián, a la Marujica, a la Teresica, la Marianica y la Carmencica.

      Eran personas sencillas y, sobre todo, verdaderamente buenas. Solidarias hasta el máximo extremo, en unos momentos históricos de escasez en los que no es que algo sobraba, sino que casi todo faltaba. Entre ellos se ayudaban mutuamente, de modo que nadie quedaba necesitado de lo imprescindible.

      Dice mi pupilo que había tanto amor y solidaridad, que las humildes vidas de aquellas admirables personas, debieran haber sido el ejemplo a seguir. Porque son el paradigma verdadero de que no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita.

      -Los niños hacíamos volar la imaginación. No teníamos juguetes, A lo sumo un balón pinchado de un plástico de primera generación, que regalaba una fábrica de chocolates caravaqueña: “El Supremo”. Pero siempre ideábamos juegos y diversiones, a más de tratar de emular las labores de los mayores, intentando cosechar, sembrar o de trillar… Nunca nos aburríamos, me ha dicho emocionado.

      Dice que durante la jornada acompañaban en las faenas agrícolas, haciendo de “aguaores”, rellenando y llevando botellas de cristal forradas con fundas de esparto trenzado, que ponían a la sombra en acequias o en el arroyo, para que se mantuvieran frescas y que facilitaban a los trabajadores que estaban en la recolección o en la siembra.

Y, aprovechaban para cazar alguna rana, para dar cuenta de sus suculentas ancas.

      También llevaban del ramal a un viejo borriquillo, desvencijado por tantas cargas de agua y de leña que había soportado sobre su columna a lo largo de su vida, hasta la fuente cercana para llenar sus cántaros de fresca agua de manantial. Lucero quiere recordar que se llamaba.

      -Fíjate querido Cholo: nosotros nos creíamos que guiábamos al pollino y que nuestra labor era fundamental. Pero lo cierto es que aquel borrico se sabía de memoria el camino y caminaba pausadamente por la senda sin dudar ni un momento de la ruta a seguir. Nos sentíamos importantes, porque colaborábamos con las personas adultas.

      A la caída de la tarde, íbamos a la era, donde se apilaban las mieses y en la que los gorriones y verderones tenían su despensa más completa y, o colocábamos cepos o poníamos visco que obteníamos de las ramas de los almendros cercanos, para intentar capturar a alguno de esos pajarillos, que aportaban proteínas a las dietas de aquellos trabajadores y trabajadoras que poco variaban de las migas de trigo diarias, para complemento culinario.

      Y a la noche, después de la cena y del “parte de noticias” radiofónico, los abuelos y abuelas, casi en penumbra, se juntaban en los porches de las puertas de las casas, y nos contaban historias de maravillas y leyendas que habían oído que sucedieron, mientras los niños quedábamos embobados escuchándolas y haciendo desarrollar, aún más, nuestras fantasías infantiles.

(Continuará…)

Gregorio L. Piñero

(Sierra de Burete. Foto Catarras).

 

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2 comentarios:

  1. Me recuerda los veranos en el pueblo con mis padres, abuelos y primos. No eran tiempos tan duros, pero todo lo que cuentas es muy parecido . Ayudar en las tareas, cazar lagartijas, las ranas …
    Pero sobre todo las historias mágicas que nos contaban mientras zampábamos los bocadillos sentados alrededor de ellos.
    Que tiempos…
    Gracias por este bonito cuento.
    Susana

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