Introito. Por Gregorio L. Piñero. Cuentos Estivales.

Cuentos estivales

F Cholo INTROITO

INTROITO

 

      En estas calurosas noches de verano, en las que permanecer en la terraza de casa permite recoger un poco del frescor del ambiente y disfrutar de un descanso placentero, me tumbo a los pies de mi pupilo y decido pasar un buen rato con la mente casi en blanco.

Muchos de ustedes ya me conocerán, pero para los que me leen por primera vez, les diré que me llamo “Cholo” y que soy un perro ratonero. Un chucho mixto entre bodeguero andaluz, murciano bancalero y valenciano, de elegante porte, aunque pequeño de tamaño, pues no alcanzo los 30 centímetros a la cruz. Soy tozudo, especialmente en lo de cumplir con mis obligaciones se refiere, que no son otras que las de extremar los cuidados a mi pupilo.

      Como ya tuve ocasión de explicar, la vida de un “canis lupus familiaris“, sólo está destinada a cuidar de nuestros pupilos, que no son otros que los humanos con las que convivimos.

      Ayer, estaba junto al mío en la terraza, ya avanzada un poco la noche, cuando le pedí con la mirada que me dijese en qué pensaba.

      Estaba cómodo, pero sus ojos denotaban añoranza, nostalgia y melancolía. Y puse mis patas delanteras en su muslo, acercando mi cabeza para que me acariciase. Cuando lo hago, él sabe que quiero que me hable y me diga lo que le sucede.

      Entonces, me dijo que estaba recordando los cuentos estivales que sus abuelos le contaban cuando era un niño, durante las primeras horas de las noches de un tiempo pasado, en las casas de labranza de hace casi sesenta años, ausentes de iluminación eléctrica y que a la luz de quinqués o lámparas de carburo, junto a una mesa velador, los mayores se sentaban y les contaban a aquellos mocosos historias legendarias y cuentos tradicionales, trasmitidas oralmente de sus abuelos y de los abuelos de sus abuelos, cuando también fueron niños, y que los pequeños escuchaban con los ojos muy abiertos mientras les iba dominando el sueño y quedaban dormidos sobre las faldas de sus abuelas o abrazados a las piernas de sus abuelos.

Yo le pedí que me explicara algo más, pero me dijo:

      -Cholo: hoy se ha hecho algo tarde, a partir de mañana te contaré todos aquellos cuentos que recuerde.

Y, seguidamente, nos fuimos a nuestras camas.

      Espero que cumpla con su promesa. Yo, a su vez, me comprometo a escribir y publicar sus narraciones, para que las conozcan todos ustedes.

(Continuará).

 

Gregorio L. Piñero

 

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