Diario de un náufrago (XXXV) #JohnKeats200aniversario Por Ángel Silvelo

Diario de un náufrago (XXXV)

 

Diario de un náufrago (XXXV)

KEATS sobrevuela Roma convertido en un ruiseñor.

  El tiempo pasa lentamente, y acaricia cada hora, cada minuto, cada instante de mi vida, como solo lo saben hacer las manos de los amantes… pero ya nada importa. Ni el tiempo ni sus horas ni la más bella de las damas. Todo desaparece tras el tamiz continuo y perenne del tiempo, del mismo modo que la luz se fuga en las tardes lluviosas de invierno detrás de la poderosa cortina de agua que la ampara; y todo, otra vez todo se convierte en un lienzo en blanco que nada alberga, salvo la esperanza de aquello que puede llegar a ser. Eterna esperanza que cae como un torrente salvaje desde la montaña. Anhelos reconvertidos en desgracias que nos marcan las últimas jornadas. Hombre sin sueños, ni deseo. Estatua inerte de sal, pero de carne y hueso. Aún me queda una posibilidad, la última, para vencer al paso del tiempo: acabar siendo un recuerdo o un pequeño episodio en las vidas ajenas. También me puedo reconvertir en una anécdota revestida de poemas o en un libro que puede ser abierto en la encrucijada del tiempo. Mi cuerpo descansará en un agujero y mis libros lo harán confundidos en grandes o pequeños montones, en estanterías anónimas o en desvencijados baúles cargados de nostálgicos y efímeros recuerdos. ¿Existirá la posibilidad del encuentro? El enigma de la vida se burla de nosotros, porque nadie sabe qué será de uno mismo después de su propio incendio. En un lugar alejado de nuestras llamas, crecerá un solitario árbol testigo de nuestro empeño y, en él, su fruto simbolizará cada uno de nuestros deseos. Yo quiero ser urna o pájaro, otoño o primavera…, ojos de un mundo que ya no será el mío, testigo de unas vidas que ya no me pertenecen. ¡Oh Dios, quién pudiera volver a ser un lienzo en blanco!

  Mientras esto deseo, la lluvia llama a mi ventana. Lo hace con suavidad, pero de una forma tentadora, detrás de una gota golpea otra, pero yo… yo prefiero refugiarme en las dobleces de mi cama que, aunque húmedas, no son el símbolo de ninguna esperanza. La lluvia llama a mi puerta cual ángel anunciador de buenas nuevas. «Aquí estoy», le digo, pero todavía no quiero ir en pos de tu música celestial. Deja de tocar tu trompeta, que tus melodías, para mí, todavía no son las de la vida eterna. Quiero quedarme aquí y soñar un nuevo sueño. ¡Por favor, concédeme este último deseo! Y algo sucede en mi cuerpo porque tu música celestial se convierte en el trino de un pájaro sediento de canto y de vuelo. Atravesar el límite del alféizar de la ventana quiero, mas solo oigo el constante picoteo del pájaro contra la cristalina bóveda de mi lúgubre féretro. Me advierte de su intención y de su presencia. ¿Me llama o es una nueva señal de la agonía que estoy padeciendo? ¡Ojalá pudiera volar cual ruiseñor por el cielo de Roma, y detener por un momento esta sensación de calor infernal que me consume! Nada ni nadie me impide luchar por salir de mi perenne letargo y, azaroso por la falta de tiempo, reto a las insalubres cadenas que me retienen postrado en el lecho de mi próximo deceso. ¿Qué importa ya salvo esto?, y, cual pájaro que está a punto de iniciar su primer vuelo, muevo mi alas arriba y abajo. «Perderme lejos de aquí, disiparme, olvidar…» No abro los ojos porque mi deseo es más intenso si lo imagino que si lo veo. Es cálido y dulce, como los sueños placenteros, «…lo que jamás entre las ramas has conocido: la fiebre, el hastío, la angustia que se siente…». Nada queda más allá de los sueños, encrucijadas de los deseos transportados en el tiempo. ¡Cuánto me hubiese gustado disfrutar de Roma! Apoderarme de sus calles y sus ecos, «…aquí donde los hombres se escuchan sus gemidos…». Arrodillarme ante el poder milenario de sus obras de arte y contemplar hipnotizado la juventud y belleza de sus esculturas, antes de que la inocencia de mi mirada cambie para siempre «…donde el temblor sacude las tristes canas que quedan…». Inocencia que solo busca la belleza, poderosa atracción que transforma la nada en arte«…donde la juventud escuálida y marchita muere…»¡Qué puede haber más lúgubre que el tedioso proceso que le lleva a un hombre joven a la muerte! La muerte en sí misma es bella; bella como solo lo puede ser una nueva vida. Fuerzas contrarias que todo lo pueden, inicio y final de una historia que acaba en liberación: la del alma prisionera del cuerpo que la retiene, «…donde solo pensar significa tristeza / y desesperación de ojos plomizos…». Gozar sin límites para vaciar las penas de la tristeza que las atrapa. Gozar para marchar lejos de la desesperación de nuestras miradas, y de nuestro corazón, «…y la Belleza pierde el esplendor de sus ojos / que el nuevo amor no ama más allá de mañana…». No quiero un amor terrenal y pasajero, sino la felicidad eterna que solo se encuentra impregnada en la mirada del artista que busca a la musa anhelada. Inocencia exenta de pudor como la voluptuosidad ociosa y desnuda de las ninfas que juegan despreocupadas alrededor de los dioses. Espacios alegóricos, territorios solitarios y perdidos, en los que se resguardan la melancolía más bella, la soledad más salvaje y la desgracia más inhóspita. Todas ellas cualidades impropias del hombre. Zeus, Apolo, Atenea bautizad mis sueños con la más impronta cualidad de vuestras deidades. Transformad mis deseos por volar en ágiles plumas que me ayuden a surcar los cielos de Roma, para después recogerme en vuestro seno. Y dejadme reposar a vuestro lado, en frondosos aposentos de níveos cúmulos almohadillados; lugares donde el símbolo de la gloria es eterno. ¡Quiero atravesar el cielo de Roma y vencer a la quietud que el destino me ha impuesto! Llegar hasta el otro extremo, donde no existen ni ataduras ni cadenas. ¡Llévame contigo dulce pájaro, cual sueño de juventud que quiere ser por fin libre! ¡Libérame de temores y reproches, y déjame volar a tu lado…! Este es mi último deseo antes de descansar para siempre en mi abovedado hipogeo. Me siento ligero y dispuesto, libre por fin; tan dispuesto me encuentro, que me transformo en un alado e inmaculado corcel blanco y, como tal, abandono la quietud de mi cama e inicio un lento vuelo que me lleva fuera de mi amarga estancia. Adiós espacio de muerte… adiós habitación triste y oscura, lugar de silencios y tormentos. Adiós para siempre morada de nulos recuerdos. Nada de ti quedará tras mi óbito, porque arderás como una frágil pira que no podrá defenderse de sus propios secretos. ¡Qué hermosa se ve Roma desde el cielo! Escondida tras tonos rosas y violetas, y difuminada bajo la señal de un crepúsculo donde la luz se vuelve tenue y misteriosa, y donde las siluetas, asustadas, se escapan y se pierden tras un infinito telón de sombras. Teatro impune al paso del tiempo. Escenario de eterna belleza. Al menos déjame descansar aquí, en uno de los nichos de tus múltiples fosas; en un lugar donde solo los que de verdad me quieran vengan a buscarme. No necesito luz, porque mis ojos no verán…, tampoco necesito calor, porque mi corazón no latirá. Solo deja que me mezcle con el viento de la tarde y, junto a él, mecer las hojas de los árboles… Nada era, nada soy y nada seré más allá de mis poemas. Amargo epitafio que se revela como la mejor de las metáforas de mi vida entre las tinieblas. ¡Oh Dios, concédeme la virtud de la sabia espera! Y no me dejes regodearme en la simple tristeza. Tiempos vendrán donde la dicha se convierta en pura fiesta, para equilibrar aquellos otros plagados de olvido y desavenencias. Aquí quiero reposar para siempre, entre tilos, cipreses y naranjos, lejos de los brezos y los bosques de mi querida Inglaterra; tierra de sublimes recuerdos, de deseos imposibles y entorchados momentos.

  El tiempo pasa lentamente, pero ya nada importa, ni siquiera mi corazón se muestra compungido cuando desde el cielo veo a enamorados que desaparecen tras las puertas, o a jóvenes que buscan a sus amadas a la salida de los templos. La vida, ese gran teatro de sombras, de espectros que van y vienen, como góndolas que surcan canales de ida y vuelta, sin apellidos ni gloria. ¡Qué es la vida sino la más anónima de las desgracias!, la pérdida de la inocencia que nunca más podrá ser rescatada. Mi alma marcha ya suspendida del aire y no siente la humedad del agua que inunda a las calles de Roma. «El agua persigue a mis etéreos empeños», pienso, tanto como el gorgoteo de la hundida Barcaccia lo ha hecho a mis romanos suplicios. Agua, símbolo del paso del tiempo, poderosa como solo su transparente eco puede serlo. Veni, vidi, vinci, parece decirme en su lenguaje de fugaz recuerdo. En la repetición de su sonido está su más afamado secreto… A ella también debo el poema misterioso de mi sepulcral epitafio, pero ahora, quiero marchar más lejos. Ver para no tener que imaginar y darles a los ojos de mi alma algo de dicha terrenal. Inicio mi vuelo desafiando a la lluvia que se quiebra ante mí como un ligero tapiz compuesto de transparentes velos. Atravieso esa frontera imaginada que divide a la realidad de mis deseos, pero algo ocurre porque no remonto el vuelo. El destino parece decirme que el tiempo de mis aladas hazañas ha llegado a su fin. ¡Caprichoso destino que huyes lejos de mí, déjame disfrutar el final de mi dicha! Ya nada importa, salvo seguir alimentando el poder de los sueños. Acudo a la parte más onírica de mis sentidos y los recluto a todos en pos de este último deseo: volar por la ciudad de Roma. «Volar no puedo», me dicen. «Hagamos posible lo imposible», les ordeno, y, cual poeta que arma su pluma con la más sublime de las metáforas, surco el firmamento de Roma acompañado de los múltiples ecos de mis recuerdos… El Foro romano se alza radiante en la pupila de mis sueños, arrastrando victorias y temores en todo su apogeo. ¿Cuántos otros antes que yo vagaron bajo sus arcos y cúpulas, amaron y oraron tras la sombra de sus columnas y templos? Atrás todos quedaron sin dejar apenas huella de su paso por la tierra, salvo aquellos que diseñaron y esculpieron los límites de este espacio que se posa ante nuestros ojos como el mejor de sueños. En este instante, en el que apenas le quedan datos a mis recuerdos, acudo a Severn y su sabia palabra, a esos días en los que me relataba todo aquello que sus extasiados ojos aún retenían dentro de su cerebro. La Capilla Sixtina con sus majestuosos frescos, las figuras y estatuas del Campidoglio, las pinturas de Rafael o las esculturas de Miguel Ángel desterradas de su níveo mármol. Figuras a las que el artista les ha dado alma, pétrea o pictórica, pero alma al fin y al cabo, pues solo ellas tienen en sí mismas el poder del recogimiento más sincero, ese que hace temblar al espíritu más sensible de los hombres; un lugar donde solo se esconden las virtudes de los héroes. Poder milenario e infinito que traspasa la barrera del sueño y me hace sentir un escalofrío que recorre todo mi cuerpo, lo que quiere decir que todavía no estoy muerto. Antes de marcharme para siempre no quiero dejar de imaginar un último revoloteo y, con el mayor de mis anhelos, me poso sobre la cúpula del Panteón de Agripa que, poseída por un arcoíris que traspasa los límites de su bóveda, me hace atravesar su óculo y llegar a su marmóreo pavimento. Y allí me hallo, en una superficie todavía impregnada de la lluvia que procede de las nubes del cielo. Mágico lugar que, ante mis ojos, parece representar el símbolo perfecto para el final de mi sueño. Tumba milenaria, cuna perpetua del descanso silencioso de emperadores y artistas, símbolo imperial de la ciudad eterna. Estoy tan a gusto aquí adentro, que no me siento con ganas de volver a retomar el vuelo.

«El pueblo, el cementerio, el ocaso,

las nubes, los árboles, las colinas… todo parece,

aunque hermoso, frío, extraño, como en un sueño

que hace tiempo tuve y ahora vuelve de nuevo;

y el pálido y efímero verano un breve destello

parece ganado al temblor del invierno;

al calor del zafiro, sus astros nunca brillan:

todo es fría belleza; el dolor nunca cesa

para quien, como Minos, puede gozar

de la auténtica belleza, libre del mortal tinte

que en ella impregnan el orgullo enfermizo

y la imaginación falaz.»

 

Extracto de la novela, Los últimos pasos de John Keats, de Ángel Silvelo Gabriel.

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