
Evanescencia.
Siempre perdemos algo. Primero se pierden juguetes, después compañeros, llaves, ciudades, amores, recuerdos y una linterna que te compró tu abuelo en Alicante un día que fue a los toros. Perdemos libros en los trenes, fe en las universidades, la fuerza en las rodillas. Hay pérdidas pequeñas que apenas hacen ruido como una moneda de diez céntimos que cae del bolsillo y rula hasta el agujero de una alcantarilla, y pérdidas enormes como una campana o el Titanic entero bajo el agua. La vida quizá no sea más que la lenta educación de asumir una pérdida. Evanescencia. Desprenderse de todo poco a poco, despacio. Descubrir que ya no recuerdas la voz exacta de tu madre llamándote para que te despiertes porque ya salió el sol y tenías que subir el serrín de la cimbra o los amigos te buscaban para jugar en la calle. Encontrarte ahora con tu yo de niño al doblar una esquina y no saber si darle un beso y un abrazo o pedirle perdón y echarte a llorar.

«La vida quizá no sea más que la lenta educación de asumir una pérdida. Evanescencia. Desprenderse de todo poco a poco, despacio.(…)»
Desde el mismo día que nacemos ya empezamos a experimentar pérdidas: la propia de nuestro reloj biológico, la conexión materno uterina… o la esperanza de vivir otra vida, esa que inventa los mimbres de una imaginación también evanescente…
Si existiera más consciencia para educarnos en la asunción de las pérdidas, quizás también desarrollaríamos la humildad necesaria para agradecer y reconocer las (también) ganancias connaturales a la existencia.
Gracias por tu consciencia, Miguel 🙏🏻
Un abrazo inmenso a mi querido y preciado Café de Letras 💝
La vida conlleva experimentar pérdidas: perdemos seres queridos, experiencias agradables o amargas, nuestros primeros recuerdos de la infancia. Perdemos aquellos juguetes y amuletos que nos ayudaban en nuestro crecimiento y desarrollo personal.
Todo lo dejamos atrás mientras seguimos conectados a la rueda cíclica de la vida. Lo único que perdura es el eterno presente. Ese instante infinitesimal que vivimos y saboreamos despiertos, para más tarde, desvanecerse en la nada más fehaciente.
Muchísimas gracias por compartir, con la consciencia expandida, este maravilloso relato que invita a una reflexión existencial profunda.
Un saludo.