La isla del Barón. Por Gregorio L. Piñero. Cuentos estivales.

Cuentos estivales (XLII)

 

Isla del Barón- Mar Menor

 

La isla del Barón

 

      -Aquella cabañuela fue muy tormentosa. Muy cargada de electricidad y de lluvia abundante, perdurando casi toda la noche. Así que, por esta vez, la reunión vecinal del atrio quedó suspendida.

      Como consecuencia -me dice mi pupilo- la velada se hizo en el comedor y, luego, en el ancho y largo recibidor de la casa, con todos los miembros de la familia, a la amarilla luz de un quinqué.

      La conversación era rutinaria, hasta que, inopinadamente, salió el tema del barón. Y de su Isla. Y en este punto, mi pupilo centró la atención. Nada sabía de la existencia de un barón con isla. Así que preguntó:

      -¿Qué isla es esa? ¿Dónde está?

      -En el Mar Menor -contestó rápidamente la abuela Encarna- y también se llama la Mayor, porque es la más grande de las cuatro que hay. Y en ella estuvo prisionero el barón.

      Ante la expresión de interrogación que los ojos de mi pupilo desprendían, el abuelo Basilio explicó:

      -En el pasado siglo XIX, hubo un barón, de origen italiano, que se batió en duelo y atravesó con su florete a Don Diego de Castañeda, muriendo éste en el acto. Se retaron para la defensa de -nada más y nada menos- que el honor de una dama de altísima alcurnia, que luego sería reina de España, como esposa de Don Amadeo I: María Victoria.

      El barón, que se llamaba don Julio Falcó, fue condenado a privación de libertad en el presido que la Marina de Guerra española tenía en la Isla Mayor, dentro del Mar Menor. Se trata de una isla volcánica, sin actividad -precisó.

      Durante el tiempo de su condena, el Barón de Benifayó (que ese era su título), quedó encantado de la isla hasta el punto de que, al finalizar su confinamiento, la adquirió para sí.

      Y es que se enamoró de estas tierras tan profundamente que se hizo construir un palacio, que es réplica, en pequeño, del pabellón de España en la Exposición Universal de 1873, aquí en San Pedro.

      Es de estilo neomudéjar, y construyó otro semejante en la isla y la repobló con faisanes, conejos y hasta ciervos, para disfrutar de la caza. Tiene una torre menos. Y está provista de casa para los guardeses, ermita, aljibes y embarcadero particular.

      -La Casa de la Rusa -intervino la tía Rosario. ¡Y anda que no tiene misterio!

      -Eso es una historia-leyenda de asesinatos y fantasmas, que esta noche de tenebrosa tormenta, no es bueno contar al chiquillo. -Se impuso con energía la abuela Encarna, que se veía venir la continuación.

      Y el abuelo Basilio, así lo comprendió y ante lo avanzado de la hora, aconsejó a todos ir a dormir, entre abundantes rayos y centellas, que intimidaban al más pintado.

      -Y yo, Cholo, quedé perplejo de aquella historia, por dos razones: la primera, por cómo sería posible que una persona se encantase con su cárcel. La segunda: por la interrogante que planteaba la presencia de una rusa en San Pedro. Aunque ambas dudas quedaron resueltas días después. -Me ha comentado mi pupilo.

      -Pues la verdad, debe ser la isla una maravilla para que el encarcelado se convirtiese en su señor, pagando por ella. Le pediré a mi pupilo que me lleve y me la enseñe.

      (Continuará).

(Palacete neomudéjar de la Isla del Barón. Fotografía retocada del sitio web “Cartagena antigua”).

 

Gregorio L. Piñero

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