La tizne y otras travesuras inconfesables. Por Gregorio Piñero. Cuentos estivales.

Cuentos estivales (XXXI)

Seat1400

La tizne y otras travesuras inconfesables.

 

      Aquella mañana del último día de julio, el taxi de Pepe Barrancos hijo, con él al volante, llegó al cortijo de Burete con nuestros padres y, Cholo, de la alegría de verlos, besarles y abrazarlos, pasamos a la tristeza de despedirnos del abuelo Gregorio y de la mama Lola. -Me ha dicho mi pupilo.

      Tras tomar un café y disponer nuestro equipaje en el coche, partimos dejando atrás aquellos parajes de ensueño a los que pudimos regresar con cierta regularidad, hasta una e inevitable última vez.

      Ya en casa, contamos a nuestro padre y nuestra madre nuestras impresiones y recuerdos del mes convivido con los abuelos (aunque, con cierta frecuencia, ellos iban a vernos a Burete durante la estancia), si bien ocultamos algunos acasos.

      Por ejemplo, cuando un burro de un cortijo cercano se escapó por estar en celo y, desbocado, corría sin freno alguno y, mi hermano, el Basilín, en vez de refugiarse como hicimos los demás en la casa del tío Sebastián que era la más cercana a nuestro alcance, fue preso del pánico y salió corriendo delante del burro. El burro, no paraba de correr, buscando a una pollina en que calmar sus instintos; y, la pulguilla de mi hermano, que no levantaba más de tres palmos, parecía un basilisco corriendo delante de él hasta que, al llegar al edificio de la escuela, se resguardó en su atrio. Entre tanto, el abuelo Gregorio, corría tras de ambos (niño y burro), a punto de infarto y soltando venablos por su boca.

      Porque, si bien yo hice alguna trastada -ha continuado- el campeón era Basilín. En otra ocasión, se subió de modo inverosímil a la piedra de picar almendra y esparto. Un pesado cubo de caliza calcárea, semejante y dura como el mármol y de color grisáceo azulado con vetas blancas, que estaba estratégicamente situada para cumplir su función y no estorbar al resto de las tareas. La piedra tenía más de un metro de lado y era casi un cubo perfectamente tallado. Cuando se vio arriba de ella, comprendió que el verdadero problema era el bajar y comenzó a pedir auxilio a gritos. Ya sabes Cholo: cuando se sube hay que prevenir que es necesario el bajar, como bien explica don Mendo en su Venganza.

      En la misma piedra, puso su mira y con fijación exacta, se estrelló con su bicicleta que, como era de piñón fijo y la enorme piedra estaba situada al fin de una cuesta pronunciada, llego hasta ella a pies sueltos y sin control. Saltó por encima de la mole tras el impacto y quedó tumbado en el bancal, mientras el Tián y yo corrimos a socorrerle.

      Y la medalla de oro –me dijo sonriendo- de las travesuras, la alcanzó en casa del tío Sebastián y de la tía Ana. Ésta solía tener junto al hogar de la lumbre, su gran sartén para cocinar desde las clásicas migas ruleras hasta las patatas en ajo cabañil, que le salían de pecado mortal. Aquellas sartenes iban ganando hollín, que era el polvo que se adhería del carbón de la lumbre. Era la tizne.

      Y el Basilín, en sus correntillas, tropezó y vino a caer sobre la sartén, entiznándose hasta en el paladar. La Marujica que -al ser unos pocos años mayor- era nuestra verdadera cuidadora, trató de limpiarle, pero cuanto más lo lavaba, más se ennegrecía el zagalico. Ni a cubazos de agua… Yo creo, que nunca más se ha acercado a una chimenea. Y la Marujica, aún recuerda aquella situación tan sobresaltada y cómica a la vez.

      Travesuras inconfesables, que había que ocultar, si es que queríamos disfrutar otro verano más de Burete.

      A la mañana siguiente comenzaríamos nuevas aventuras, que también te contaré. -Terminó de decirme.

      (Continuará…)

 

 Gregorio L. Piñero 

(Foto: Seat 1400 B. El rey de los coches de punto de la época).

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