Las últimas tardes. Por Eva Maria Rios Asuncion

Las últimas tardes

 

Las últimas tardes

El domingo me reuní con Otto después de recoger la tarta. De fresas con nata, su preferida y ambos nos dirigimos hacia el coche cabizbajos, sin mediar palabra y con un pellizco retorciéndonos el pecho; llevábamos tantos años juntos que nos habíamos acabado pareciendo hasta en lo más íntimo compartiendo pensamientos y emociones. Frida tal vez nos estaría esperando y tal vez sabía que hoy era su cumpleaños, pero a estas alturas también era posible que no sucediera nada de lo que esperábamos. Durante todo el trayecto me mantuve en silencio, fingía dormitar apoyándome en mi propio regazo a la vez que sujetaba con fuerza el paquete que contenía la tarta, un paquete cuadrado ni demasiado grande ni demasiado pequeño que la dependienta había rematado hábilmente con un cordón azul cielo con el que había hecho un lazo perfecto que yo no podía dejar de observar, siempre había admirado ese tipo de habilidades en las demás personas, tal vez porque yo carecía de ellas. Y así, con este tipo de pensamientos banales que era incapaz de verbalizar llegamos Otto y yo hasta el aparcamiento donde dejó de oírse el soniquete relajante del motor. Bajamos y cerramos con suavidad, los dos a la vez y entramos cogidos de la mano como una pareja de novios que alarga la vuelta porque la sola idea de separarse unas horas les produce una tristeza tan absurda como infinita y así llegamos a la Sala principal donde una docena de viejos con arrugas e hilillos de baba esperaban la noche sin saber por qué. Les mire a ellos y mire a Frida que permanecía inmóvil atada a la silla con la mirada perdida, atrapada en el reloj enorme que ocupaba toda una pared, ni siquiera nos miró, ni se movió cuando Otto se agachó a darle un beso en la mejilla rosada que un día perteneció a su madre de la que ya solo quedaba el viejo armazón y a veces una sonrisa triste que traía de vuelta historias que dolían tanto como aquel esperpéntico espectáculo que nos rodeaba; cuerpos blandos que se deshacían por minutos condenados a desaparecer en el olvido, hombres y mujeres sin voz que esperaban pacientes a la muerte como única esperanza de volver a ser, entes que en el mejor de los casos solo tenían recuerdos y alguna fotografía que miraban cada noche tratando de aferrarse a un mundo que les había apartado para siempre.

Me sentí ridícula, allí de pie, invisible a todos y con una tarta que pretendía celebrar lo imposible, una felicidad impostada que familiares como nosotros representaban cada domingo tratando de ocultar un dolor visceral que lo llenaba todo. Me sentí ruin y también egoísta, la mirada de Otto, apoyado en la ventana y apretando la mandíbula solo me confirmaba que él sentía lo mismo. Frida ya no reconocía a su hijo y tampoco a mí. Tire el paquete a la papelera y me senté junto a ella, le apreté la mano y apoye mi cabeza en su hombro huesudo y hundido, sentí la misma sensación que al abrazar a una muñeca de trapo sin vida, sin alma y a punto de desvanecerse, sentí la tristeza propia de los últimos días, cuando todo está a punto de acabar y aun sabiéndolo eres incapaz de hacer absolutamente nada. Frida me miro y entreabrió los labios; supe que no volvería a verla…

 

Eva Maria Rios Asuncion

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