Homenaje a Laura Cabedo Cabo. (1966-2021)

 

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Homenaje a Laura Cabedo Cabo. (1966-2021)

 

    Laura Cabedo Cabo falleció tras una larga enfermedad el día 23 de diciembre del pasado 2021 con la misma dulzura y discreción con la que vivió. Unidos al dolor de la familia hoy queremos hacer un pequeño homenaje a su calidad humana y literaria.

    Conocí a Laura primero a través de sus relatos y poemas que quedaron finalistas en varios certámenes de Canal Literatura y hasta sus crónicas como finalista eran verdaderos alardes de imaginación y encanto. En el IX Certamen «Poemas sin Rostro» su crónica basada en el desarrollo de este finalizaba así: «Te giras. Diez extraños en la noche del andén. Unas luces diminutas titilando a lo lejos. Y el corazón se te hace un cometa, un borbotón de pájaros veloces cuando lo avanzas al narrar estas líneas, como una mano ciega. Y sientes crepitar ese viejo vértigo, esa certeza de que se puede amar con las palabras. La verdadera razón por la que escribiste vida abajo, y por la que, desde niña, compones tus poemas y relatos con el alma.» 

En 2013 tuvimos ocasión de conocernos personalmente en la entrega de premios donde vino acompañada también de su marido y sus hijas que participaron activamente. Y desde entonces mantuvimos una comunicación telefónica constante, fraguando una amistad que nos mantuvo unidas a pesar de la distancia.

Laura cabedo y Luisa Núñez en SAX

La última vez que la vi fue en la Villa de Sax en febrero del año 2020 donde fue a recoger uno de los innumerables premios que ha recibido en los últimos cinco años. Me acerqué a verla porque después de muchas charlas telefónicas era ya el momento de un sentido abrazo. Me contó que estaba pendiente de un trasplante de médula, que seguía luchando y escribiendo, su pasión más intensa. Muchas palabras no hicieron falta porque con una mirada ambas sabíamos todo lo que esa lucha significaba y a pesar de eso estábamos allí para celebrar la vida y la amistad sincera.

      Me traje dedicado su libro «Vidas mojadas» que acababa de publicar en diciembre de 2019, ilustrado por su hermano Sergio Cabedo Cabo, como un trofeo pleno de cariño.

    Ella, siempre esperanzada, no dejó nunca de escribir y plasmar su inmensa sensibilidad en una sucesión de palabras siempre elegidas con esmero para contarnos historias de deseos, sueños, realidades incomodas o inventadas por su imaginación creativa plena de recursos literarios. Con un perfil de compromiso social y humano defendió muchas causas sociales relativas a la mujer y a graves enfermedades que no son debidamente atendidas.

    Su dulce sonrisa era su seña de identidad, siempre afable y comprensiva, dispuesta a escuchar, pero reticente a comprender, con mucha pena, algunos desaires de otros escritores que no quisieron compartir sus alegrías en ese camino de aprendizaje que tanto valoraba y celebraba.

    Por eso en Canal Literatura queremos recordarla hablándonos en la plenitud de sus logros y su pasión por la literatura. Desde el más hondo dolor por su perdida, queremos dejaros este pequeño vídeo en su memoria. Porque lo que hay que celebrar es haber compartido muchos momentos hermosos de su personalidad, de su escritura y de su vida.

    También os dejamos el epílogo del libro, escrito por un Gervasio Alegría Mellado que como buen amigo de Laura y también concursante de Canal literatura, compartió inolvidables momentos y participó en esta edición del libro.

Laura, siempre tendrás un hueco en nuestro corazón y en nuestro recuerdo.

 Luisa Núñez

CEO del Portal Canal Literatura
Especialista Universitario en Sistemas Interactivos de  comunicación

 

«Vidas mojadas»

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Epílogo

Gotas en el cristal

    Te conocí emergida de un mar entre más de dos mil historias. Eras joven y te llamabas María. Llegaste a mi puerta, apenas entornada, sin llave desde la eternidad. Solo tuviste que empujarla un poco. Venías mojada, chorreando imágenes de belleza, empapada de ilusiones. Y me sentí el Ulises de tu primavera, con mi perro canelo mirándote a los ojos. Pareciera que te hubiera esperado desde antes de que Dios creara la luz en el jardín del Génesis, desde mucho antes del primer destello. Y nos quedamos prendidos de la literatura para siempre en un parabrisas con gotitas de lluvia, una mañana de otoño.

    A partir de entonces, cuánta complicidad y cuánto gozo reventando por los márgenes cada texto, retocado con la meticulosidad de un cirujano, adornado con las últimas pinceladas de belleza compartida. Y qué alegría cuando lo veías, por fin, terminado, elegante, impecable y lo mandabas a un concurso con la misma ilusión adolescente de esa joven que de pronto se perfuma, se maquilla, se pone su vestido escotado y se calza sus tacones de aguja para ir  a la fiesta de graduación.

  No querías que tus obras se quedaran dormidas en un cajón, devoradas por el ‘insecto de plata’ del olvido, ni que se pudriesen en cuadernos descoloridos o en carpetas anudadas con cintas que se rompen al tocarlas. Así que las fuiste sacando y las lanzaste a volar, ‘como quien suelta un pájaro’,  para que encontrasen su lugar en el mundo. ¡Cuántas historias –decías- se quedaron en la oscuridad de un estante sin nombre y sin rótulos o desaparecieron en el remolino fugaz de los concursos literarios, que devoran ilusiones, año tras año, como Saturno a sus hijos.

    Ahora, en esta tarde de lluvia, los reúnes aquí a todos, remozados, ilustrados por el trazo poderoso y genial de tu hermano Sergio. Los acomodas ordenadamente en este nido de papel, cada uno con su escarapela de reconocimiento, ahítos de recuerdos, de paisajes lentos por nuestra vasta geografía, de jurados atónitos de belleza, de gentes sencillas con los oídos abiertos y el corazón en vilo, que vibraron con ellos en actos preñados de emociones y de músicas.

    La historia de María y Ulises en Primavera en Atlántida, que abre el libro -y transcrita osadamente en el arranque de este epílogo- y la de Giulia y Verini, la modelo y el artista enamorado, que cierra el volumen y le da título,  son el mejor ejemplo de esa fusión del sentimiento amoroso con la capacidad del genio para crear belleza y poesía.

Laura Cabedo Cabo-ganadora

 Entre una y otra historias nos regalas una veintena larga de placeres asombrosos. Estas Vidas mojadas tiemblan, húmedas aún, como recién salidas del útero a la luz. Son epopeyas de amor, impregnadas de un romanticismo brutal, ‘trasnochado’, añadirías tú con tono de humildad, sin importarte que algún divino exquisito, al oírte, sonriera displicente.

 Tus personajes son seres desvalidos, aquejados de soledad, de falta de cariño, encerrados en su mundo de sueños e ilusiones, son víctimas de una sociedad injusta que los maltrata, los explota o los margina.

  En “Almanegra”  transpiras realismo mágico y poesía en cada línea y nos paseas por el submundo sórdido de los arrabales de La Habana; a ellas les pones flores en la pechera y a ellos el salitre de un pasado inconfesable en los pliegues más recónditos de su alma. Nos recorre un temblor de escalofrío con la tierna locura del señor Platón, que anuda soledades y sueños tintineantes en su Caverna. Nos haces perseguir, como niños curiosos, al mendigo  que arrastra en su maleta la muñeca de su pasado, de fantasía y látex. Nos llevas de la mano a contemplar El tiempo de los cerezos desde el banco de madera, donde el mendigo deja pasar las horas y  los enamorados en pareja, y espera que su latita se llene de recuerdos antes de que llegue la escarcha. ¿Cómo no adorar a los protagonistas sin nombre de El bar Dallas que, cansados de vivir sin ternura, mueren abrazados, cuando ya el destino había grabado un epitafio de soledad y de amargura en sus frentes? Tu pasión por el cine neorrealista italiano en blanco y negro la derramas en el relato coral Las puertas del infierno, con unos personajes fellinianos como el ‘tripero’ Padre Felice, o Luigino, el tonto del pueblo que se orina filosofando en las farolas, o el histriónico alcalde  Gaetano Carulli que no quiere o no puede renunciar a sus pasiones diminutas e imprescindibles. ¿Cómo dominar la indignación ante la peripecia de Aisha, la niña que escapa de la barbarie islamista en busca de la libertad en Cierra los ojos, o ante el martirio brutal, en la guerra civil española, de las dos amantes de La vigilia?  ¿Cómo no creer que los sueños dan sentido a la vida al leer la historia de Nicasio –el vencedor-  en Duele vivir?

    Estos son algunos tus santos inocentes, que nos contemplan desde el escaparate de su historia, como los de Delibes, con la boina en la mano y la mirada bobalicona, buscando su redención a través de la belleza, del amor, de la compasión hacia sus semejantes, de la entrega sin límites para apurar cada minuto de su existencia.

    Y todo lo envuelves en un estilo de prosa poética, de realismo mágico. Desatas tormentas de imágenes que nos deslumbran y nos sobrecogen. Asocias significados nuevos a tus vocablos, agazapados en su sonoridad o en el tintineo de su significante. Nos dejamos diluir  en tu atmósfera de luz ‘confitada’ o ‘melindrosa’, a veces de tonos grises, de brumosos paisajes. Anudas nuestra capacidad de asombro con el rayo de luz ‘que enhebra el ojo del campanario al amanecer’. El mar o la ciudad en la llanura respiran ‘como animales dormidos’. En los escenarios de interior nos impregnas de humo y de presentimientos, de voces inconexas, de imágenes ‘augurales’. O nos pintas retratos de planos primerísimos, con ‘miradas de flores’, o con el temblor apenas insinuado de unos labios. Hasta que todo eclosiona en un final inesperado, como un castillo de colores en una noche de verano.

    Y siempre el sonido manso de la lluvia, como el de un lejano y triste bandoneón.

    Algunas mañanas esa misma lluvia te despierta con sus dedos transparentes tamborileando  en el cristal de tu ventana. Estiras el brazo para inventar caricias matutinas y apenas distingues la frontera de la ficción y la realidad. Y terminas  murmurando para tus adentros en tu duermevela ‘es la lluvia de siempre, la lluvia que no cesa’. Sientes tu sangre herida recorrer tus arterias y te agarras al cuerno de la belleza, a la ilusión irreductible de la literatura. Quieres volver a los versos de Salinas, en los que el goce y la ausencia estallan a la par. Quieres volver a la algarabía de gorriones brillantes en un roble gigantesco de rosas e iniciales. A  la melancolía acuosa que empaña las miradas y dibuja siluetas de paseantes con paraguas grises, junto al mar.

    Y enseguida regresas a la realidad en ese tren silencioso que dibuja sueños y barreras en los mapas. Ese tren que siempre lleva en los cristales  gotitas  alocadas que se deslizan y se funden y vuelan en el aire y caen en busca de ríos lejanos. Guardas en la retina de tu imaginación las aspas ciegas de unos brazos diciéndote adiós desde el andén. Y sientes esa emoción, ya familiar, que sube pecho arriba y no cesa hasta arrasar tus ojos.

    Cuántas veces te he visto escapar de tu cárcel de papel y sentarte en el banquito del parque. A escribir en el aire. Te recuestas a esperar que la escarcha ponga sus flores de carámbano en tus párpados. Y buscas en el fondo de tus bolsillos las hojas secas del cerezo y las canicas de nuestros juegos infantiles. Y tus dedos repasan, como cuentas de un rosario, cada uno de los recuerdos de tus días más felices.

    Pero ese es otra historia, cuyo final está aún por escribir. Es otro relato, que aletea ya como un pájaro enjaulado, y que busca incansable la portezuela para echar a volar. No tienes más que empujarla un poco, porque lleva así, solo entornada, desde mucho antes del primer destello de la luz.

Gervasio Alegría Mellado

4 comentarios:

  1. Merecido homenaje a una escritora que, además de escribir bien, tenía el don de infundir belleza a las palabras. Siempre es triste la pérdida de una vida, pero a este sentimiento común a todos los mortales se une la tristeza de perder todo un mundo imaginario que ella hubiera creado a la manera de Laura Cabedo, una manera única e irrepetible. Qué lástima. D.E.P.

    P.D. Un abrazo a toda su familia, en especial a su marido e hijas.

  2. La literatura queda huérfana de una escritora de altísimo nivel y a la que admiro y aprecio.
    La conocí al azar, como el azar ha querido que desapareciese de forma brusca de nuestras vidas.
    Tu recuerdo siempre estará a mi lado, en la estanteria de la biblioteca de mi casa donde reposa el libro que me dedicaste y me hizo temblar mientras lo leía.
    La dulzura de tu prosa es el reflejo de tu alma.
    Gracias Laura por haber podido compartir momentos tan bonitos a tu lado.

  3. Llevo unos días intentando escribir, siquiera, una frase que pudiera transmitir el pesar por esta pérdida. Sencillamente no la hay.
    Laura, no encontré símil o metáfora para exponer la gélida impresión que me ha causado en el alma tu pérdida.
    Bella por fuera y arrebatadora por dentro.. Dulce inteligente y perfecta, en una prosa irrepetible que no es sino la proyección de tu alma Luminosa.
    Ojalá existieran palabras para ofrecer consuelo a tus seres queridos. Sé que es imposible.
    Solo puedo mostrar a todos ellos mi admiración y mi recuerdo.
    Hasta siempre y no dejes de escribir. Ahora puedes embellecer incluso a las estrellas.
    No dejes de Inspirarnos.

  4. Daniel Senen Parrell Ferrer

    Soy Daniel Parrell Ferrer. Conviví MUCHAS HORAS con ella durante cinco años. Todos los días. De 8 a 3. Estábamos en el mismo departamento. Adjunto a Dirección General. Nos separaban apenas siquiera dos metros. Mesas contiguas. Frente a frente Nunca he conocido alma tan bella. Nunca una compañera de viaje tan atenta. Nunca una mujer tan sensible a todo lo que con sus sentidos percibía y encontrará un sentido tan cálido y tierno a todo lo que sucediera. No se ha ido. Sigue en todos los que la hemos tenido tan de cerca. Ella es y sigue siendo un angel en esta tierra. La llevamos todos dentro, al menos todos los que hemos tenido la inmensa fortuna de formar parte de su vida. De ser compañeros. Se que hubiera crecido más y más con los años en todas sus facetas. Pero su legado es inmenso por el ejemplo que nos ha dejado a todos.
    Nos hacen falta muchas más Laura Cabedo. Pero solo ha habido una. Y sigue su manera de ser su voz fina y aterciopelada sigue ahí la escucho ahora mismo.
    No nos deja. Y seguirá en todos nosotros, y de nosotros a los que vengan.

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