128- ¡Por fin! . Por Miscelánea
- 24 octubre, 2012 -
- Relatos -
- Tags : 9 Certamen de Narrativa Breve 2012, celebración, relatos
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Sentada en el suelo de la habitación de la costura voy despegando los cromos uno a uno con sumo cuidado. La habitación de la costura es, por la noche, la habitación de mi hermano. Mi madre tras hacer la cama por la mañana, la levanta y la camufla dentro del armario. Así consigue tener más espacio para que nosotros juguemos mientras ella cose hora tras hora. A mí me fascina como esa cama desparece y se convierte en parte del armario, me parece algo casi mágico.
Desde la puerta de la habitación, el armario de color pino ocupa toda la pared de la izquierda. La pared opuesta a la del armario, está decorada con papel pintado con figuras geométricas romboides de diferentes tonalidades marrones. Dos estanterías, del mismo material que el armario, son la única decoración de dicha pared. En las estanterías se apilan los coches de juguete de mi hermano y algún que otro muñeco y canica suelta. También hay un par de cuentos, aunque a mi hermano no le gusta demasiado leer. Junto a la ventana, que se encuentra al final de la pared y está decorada con un visillo que deja entrar la luz porque es transparente, se sienta mi madre delante de su máquina de coser metálica, que pedalea rítmicamente. La máquina está empotrada en una mesa de madera, del mismo color que el armario. A mi madre le gusta decorar de una forma homogénea cada habitación, tener todo a juego, como dice ella. Se sienta a trabajar de cara a la pared que queda en el lado opuesto de la puerta. A su derecha hay una mesita camilla, cubierta con un tapetito de ganchillo blanco, en la que está el teléfono rojo y normalmente la radio, que ella escucha mientras cose. Aunque hoy, de forma extraordinaria, ha traído la televisión pequeña de la cocina y la ha puesto en lugar de la radio.
Mi madre me había comprado una nueva hoja de cromos de picar esa misma mañana en el quiosco de la esquina. Me va comprando esporádicamente hojas de dichos cromos ya que yo se los pido insistentemente. Cada hoja es diferente, ésta es de parejas de animalitos de granja coloreados. Los miro embelesada, me encantan. Con una sonrisa en la cara voy rompiendo las pestañitas de papel y uno a uno los voy guardando en la cajita metálica de nivea que mi madre me ha preparado.
Mi hermano a mi lado está entretenido en una tarea similar desenganchando uno a uno los soldaditos de plástico verde y haciendo hileras en el suelo prepara la batalla.
Estamos tan ensimismados que lo único que se escucha es la máquina de coser y el murmullo de la tele y la voz de mi madre que periódicamente repite “Clara acábate el desayuno”. Le doy un sorbito al vaso de leche y un pequeño mordisco a la tostada que están a mi lado.
Tras poner todos los cromos boca abajo, una vez los tengo separados, empiezo a dar palmadas contra el suelo para darles la vuelta, que es de lo que se trata el juego. Pero no hay manera, no me sale. Pruebo a golpear poniendo la mano en diferentes curvaturas, pruebo a golpear más flojo, más fuerte… Nada. Tengo la palma de la mano enrojecida y un tanto dolorida. Noto como los nervios empiezan a apoderarse de mí, es siempre el mismo ritual, palmeo hasta que me canso y no consigo dar la vuelta a ninguno de los malditos cromos. Me enfado, resoplo y pataleo. “¡Por qué no me sale!”, grito cuando estoy a punto de llorar enrabiada. Mi hermano se vuelve y pacientemente me explica que no hace falta golpear tan fuerte. En ese momento mi madre de un grito nos manda callar y sube el volumen del televisor. Un hombre mayor con aspecto apenado y unos papeles en la mano está explicando algo que parece transcendental. Pero mi hermano y yo no le prestamos mucha atención ya que tenemos otra tarea más importante entre manos. Él, con señas, me dice que le mire y me muestra como se pican los cromos. Parece tan sencillo cuando él lo hace…
Mi madre, que lleva alterada toda la mañana, se levanta de la silla con cara de felicidad, viene hacia nosotros mientras va repitiendo “por fin, por fin” y nos da un beso en la frente. Suena el teléfono rojo y ella contesta que sí, que lo acaba de ver en el televisor. “Vuelve pronto” sigue diciéndole al que es mi padre al otro lado porque lo despide con un cariño y un beso.
Tocan el timbre y ella sale a abrir. Hay jaleo en el rellano, un jaleo contenido porque no hay gritos, lo que llega es un murmullo pero no sé, se respira un ambiente de felicidad general. Mi hermano sale a curiosear porque todos los niños de los vecinos también están fuera. Yo, como estoy empeñada en picar los dichosos cromos, sigo manoteando el suelo sin parar.
Al rato entra mi padre en la habitación y lleva una botella de cava descorchada en la mano. Me mira, se agacha, me achucha y me besa. “¡Hoy es un gran día, cariño!” exclama, y mientras dice esto yo consigo, en esa palmada, girar uno de los cromos, el de la ovejita. “¡Al fin!” grito. Se ríe y achuchándome porque no puede contenerse me dice al oído “¡Franco ha muerto! ¡Por fin! ¡Hay que celebrarlo!”. A mí, que me importa un carajo quien es ese tal Franco, pero lo miro y le digo orgullosa “¡sí, hay que celebrarlo!”, por fin he conseguido picar mi primer cromo.






Las camas camufladas, aquel juego de los cromos, el cava que tantos días aguardó en la nevera…
Tu relato me ha dejado sumergida en una dulce añoranza. Ha sido muy grato leerlo. Me ha gustado. Suerte
sorto
Gracias, muchas gracias, por pintarnos ese cuadro tan nuestro, de una infancia que ya se ha marchado para siempre, para nosotros y para las generaciones venideras que no sabrán voltear un cromo con la palma de la mano, bailar una peonza ni jugar a las canicas. Ellos se lo pierden. Mucha suerte.
Había pasado por tu relato sin entrar porque las dos primeras frases no me gustaron. Ya ves, esto es así, se lee con prisa y…, a veces. Quizá es demasiado corto. Y no quiero decir que corto sea sinónimo de malo, sino que, si no se hace muy bien, el final se echa encima del propio relato. Está bien escrito y el tema es interesante. Se tiende a olvidar enseguida. En cuanto nos ponen un poco de miel delante, descuidamos el pasado y así nos luce el pelo ahora. En fin no quiero profundizar demasiado en esto, pero tal vez sería conveniente recordar cómo ocurrieron ciertas cosas, disputas entre vecinos o amigos, rencillas sindicales cercanas…, todavía no tan lejanas. En fin Miscelánea, que me ha gustado, sobre todo el tema. ¡Ah! Respecto al comentario que hago de las primeras frases. Me sonaron mal por la repetición de “el suelo de la habitación de la costura…. La habitación de la costura, es, por la noche, la habitación de mi hermano.” Me suena mal por la repetición de palabras, que luego ya no se observa. Al menos tan seguido, que es cuando canta.
Suerte
Miscelánea:
Qué diferente puede ser la mirada de un niño… Sí, mucho.
Describes un ambiente casi cinematográfico sobre la casa, la madre…
Reflejas una época de la historia que ha quedado atrás, pero que no debe ser olvidada. Perdonar es bueno, olvidar no. Si se olvida, se pueden cometer los mismos errores una y otra vez.
Bien logrado.
Un abrazo.
Suerte.
Lapsus: el padre de la patria, quise decir. La patricia (con mayúsculas) es mi hija.
Admirable relato que me retrotrae a los tiempos de mi infancia. Todo me resulta tan familiar: mi madre en la máquina de coser, la cama plegable que por las mañanas se escondía en el armario, el juego de los cromos (nunca llegué a dominar la técnica de voltearlos con un golpe de mano). De la muerte de Franco solo recuerdo que al día siguiente no fuimos a clase. Y respecto a la inocencia de la infancia, recuerdo como, recién fallecido el dictador, uno de nuestros maestros (más tarde me enteraría que era de izquierdas) nos pidió una redacción contando lo que opinábamos de Franco. Entonces tenía 11 años recién cumplidos y que iba a opinar: el padre de la patricia, una excelente persona… La bronca que me echó el profesor todavía la recuerdo. Y yo, a punto de echarme a llorar, no entendía absolutamente nada.
Suerte en el certamen
Bendita ignorancia la de los niños, ajenos a la dura realidad, tanto si vivieron durante la dictadura como si viven en la actual cleptocracia disfrazada. Simpático relato. suerte