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197- Reserva en el Paraíso. Por Cierzo en Madrid

            ¿Alguien sabe con absoluta certeza qué pasa cuando uno se va de este mundo?

            Florinda estaba más que segura. Desde siempre, y ahora de mayor, de bastante mayor, no le cabía la menor duda: ella tenía un sitio reservado en el Paraíso. No podía ser de otra manera, lo había oído tantas veces y a tantas personas distintas…

            Fue un bebé bueno, apenas lloraba, comía bien y a sus horas, dormía y dejaba dormir. Un angelito, decían asomados a la cuna.

            Fue una buena niña. Soportaba callada las perrerías de su hermano, era aplicada en los estudios, ayudaba a mamá en casa. La etiqueta de los adultos se adhería cada vez más a su piel: desde luego es un ángel. Respondiendo a las preguntas de la pequeña, el Padre Darío explicó un día en la catequesis que los ángeles eran los mensajeros buenos de Dios y vivían con Él en el Paraíso. En ese momento la asociación lógica Florinda-ángel, ángel-Paraíso, luego Florinda-Paraíso, se instaló en su cabecita.

            Fue una buena adolescente. No pasó por el cigarrillo en la ventana del baño, ni por el alcohol en la penumbra de los guateques, ni por las noches de juerga con regreso de puntillas; por no pasar, ni si quiera pasó por la edad del pavo. Y siempre los mayores: esta jovencita es un ángel.

            Fue una buena adulta, siempre su bondad poniéndose a prueba, coleccionando desgracias: boda de negro y a la fuerza, marido de insultos y mano larga, poco dinero, muchos hijos –enfermos algunos, los sanos igualitos que su padre-, lutos frecuentes…Todo el que la conocía pensaba que si realmente había premio y castigo en el más allá, a Florinda le correspondía el euromillón celestial, para el que, sin ella buscarlo, había ido ganando boleto tras boleto; uno por cada revés que le regalaba la vida. Salía como podía de los desastres y, mientras esperaba resignada la siguiente calamidad, seguía acumulando comentarios: esta mujer se tiene ganado el cielo.

            Con este convencimiento en la cabeza, le llegó, como a todos ha de llegarnos, el momento de partir. Estaba tranquila, sin miedo, segura de que marchaba al lugar donde el tiempo no tiene manecillas, ni el espacio paredes, ni el amor heridas ni la alegría consecuencias. Llevaba en el corazón su billete a la felicidad eterna. Dispuesta para el viaje de su vida, su único viaje en realidad.

            Llegó al túnel, con su luz al final. Lo recorrió ligera, anhelando el premio tantas veces prometido por las voces amigas.

            Por fin encontró al anciano de largas barbas blancas y túnica deslumbrante. No le salía la voz, tan emocionada estaba. Sin embargo, algo no encajaba en el esquema imaginado durante años. En lugar de paz, orden y armonía, lo que percibía era ruido, muchas voces gritando algo que no llegaba a descifrar, mezcladas con un estruendo que se parecía al que provocaba su marido cuando, borracho, lanzaba todas las cacerolas al suelo de la cocina o a su -cabeza de chorlito-.

            Su mirada perpleja se encontró entonces con la del viejo que, haciendo un esfuerzo operístico, le preguntó qué deseaba. Tímidamente pero alzando la voz a su vez para hacerse entender: soy Florinda, tengo reserva en el Paraíso, es aquí ¿verdad? Si, si, aquí es, pero verá…Lo siento mucho señora, pero no se puede pasar. Estamos en huelga en el Paraíso.

            Los ojos expandidos como galletas maría, la boca tan grande y cilíndrica como el túnel que acababa de atravesar, el cuerpo plomizo como la matriarca de una manada de elefantes, así pasmada, se quedó durante unos instantes. Luego, todavía inocente, quiso pensar que se trataba de una broma; al fin y al cabo el humor también debía tener cabida en el Cielo. Cuando todo a su alrededor acabó definitivamente con su incrédulo optimismo, preguntó aún con esperanza de solución: y ahora ¿qué hago? Puede cursar una reclamación. Y ¿podré entonces entrar en el Paraíso? Bueno, no inmediatamente, dependerá de lo que duren las protestas…no le puedo asegurar…ya sabe, aquí el tiempo no se mide como abajo…

            Quiso echar mano de sus reservas de calma y fortaleza pero no le quedaba ni una gota, y de un plumazo la invadió el desamparo, la desilusión, el desengaño. Se derrumbó y sintió cómo se hacía pequeña, se quedó encogida, replegada como una cochinilla amenazada. Pero la vida la había entrenado para levantarse después de cada golpe. Y sí; se levantó, pero distinta. Basta, ya no más. Esta vez no iba a esperar sumisa la siguiente bofetada.

            De repente, escupiendo toda la ira acumulada durante los ochenta y tres años sufridos, rugió que la devolvieran inmediatamente a sus orígenes, a sus primeros años, a sus primeras bondades.

            El Cielo calló. No hubo réplica.

            Ya está otra vez llorando. ¿Por qué no se duerme? Otra noche en blanco. No hay manera de hacerla comer.

            Florinda, no pegues a tu hermano. Siéntate y termina los deberes. Es la tercera vez que te digo que pongas la mesa.

            ¿Dónde se habrá metido esta chica? La una de la madrugada y sin venir. Pero ¿qué has bebido? Me vas a matar a disgustos. Demonio de chica.

            Tumbada más que sentada en la silla del despacho parroquial, explotando sin disimulo los globos de su chicle y tamborileando machaconamente el suelo con los pies, Florinda mira con descaro al Padre Darío. Todo paciencia y bondad el sacerdote, una vez más, intenta que la muchacha le escuche. Hija, le dice, no está bien tu conducta, debes intentar mejorar, ser buena persona. ¿Para qué?, le espeta ella. Por muchas razones: en primer lugar, no harías sufrir a los que te quieren, además tú también serías más feliz porque hacer el bien es muy gratificante. Ya tío, genial, contesta la chica sin mirar. Y no hay que olvidar, continúa él, la mayor de las recompensas. A ver, sorpréndeme maestro, le dice cruzándose de brazos y desparramándose un poco más en la silla. La dicha eterna; el Paraíso, jovencita. De pronto Florinda se incorpora, apoya sus manos sobre la mesa, acerca su cara amenazante a la del cura y susurra: seguro que sí, solo que hay un problemilla. A ver, listillo ¿y qué hago si cuando la palmo hay huelga en el Paraíso?

3 Comentarios a “197- Reserva en el Paraíso. Por Cierzo en Madrid”

  1. Hóskar-wild is back dice:

    Aviso a navegantes de lo que les espera al otro lado del túnel. Puede ser una huelga o pasarse la eternidad escuchando cánticos celestiales. Espero que haya otra alternativa. Suerte.

  2. Lovecraft dice:

    Una particular versión de “El cielo puede esperar” pero con bastante peor mala baba. Después de lo que pasó la pobre de Florinda es difícil no solidarizarse con ella y aplaudir su reacción post-postrera.

    Suerte a la primera, Cierzo en Madrid

  3. Sussan dice:

    Un tema original, bien escrito y que se lee de un tirón.
    Las chicas malas van a todas partes ¿no? Siempre que los del infierno o el purgatorio trabajen sin huelgas, que ya ni se sabe. XDD

    Enhorabuena y suerte

orden

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