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242- Las solteras. Por La Vieja Ifigenia

Cuando la vieja Eduviges cerr√≥ los ojos todas guardamos silencio. Nos miramos de reojo con una sonrisa que lentamente creci√≥ y se confundi√≥ con las l√°grimas. Ivana se retir√≥ y sus carcajadas se escucharon por toda la casa como si la hubiera arrobado una bruja. S√≥lo Tilde se qued√≥ junto a Eduviges rumorando una plegaria con una peque√Īa cam√°ndula en la mano. Las dem√°s salimos alegres de que todo fuera por fin cierto.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† En casa somos doce: Matilde, Asunci√≥n, Dolores, Rosa, Chila, Ivana, M√°rgara, Luisa, Mariza, Luc√≠a, Dora y yo. √Čramos trece con la vieja Eduviges; ya s√≥lo quedamos las solteras. Pero, una cosa es reconocer que una sea soltera, otra muy distinta es querer decir con ello que nunca se haya probado macho. Jam√°s escuch√© de ninguna que fuera negada para las caricias o imp√ļdica a la hora del t√© caliente, ¬°jam√°s! Nuestro problema no ha sido ese. A falta de ganas, lo que s√≠ hemos sido es de malas para el amor. ¬°Ah, cosa grave! Asunci√≥n, bien linda que se nota que fue; Chila, con esas piernotas que a√ļn conserva; Mariza, que no por nada llamaban Elcy de joven, como la vaca de la propaganda, y yo, que de boba no he tenido un pelo y que despert√© dulces hombres con esta sonrisa, todas hemos sido muy bellas. Pero es que ser de malas en el amor es cosa grave. Las cosas no funcionan, y no es cuesti√≥n de belleza. P√≥ngase usted a pensar la partida de feas, ¬°horribles!, muecas, jetitorcidas, rodillijuntas, cumbambaebailes, mirapalp√°ramo, tetisecas, culichupadas que andan por ah√≠ bien de la mano con mozos sacados como de las pel√≠culas. Y, lo digo por m√≠, una que no es ni fea, hasta culta soy, y dando con unos zambos que v√°lgame Dios. Bueno, que sean unos mequetrefes, vaya y venga, pero que despu√©s de enamorarlo a uno lo dejan por una de esas monstruosidades, ¬°eso no tiene consideraci√≥n! Fueron muchas las noches que conversamos todas los mismos asuntos. Eso del amor es pura suerte.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† Vea si no a Eduviges. No s√≥lo fea, sino coja la condenada. Claro que yo alguna vez s√≠ le escuch√© a un hombre eso de que comerse a una coja era del otro mundo. Qui√©n es una para probar de todo en esta vida. ¬°No, Dios no lo quiera! Pero eso hab√≠an dicho: Coma coja, eso m√°s se antoja. Y s√≠, la do√Īa Eduviges, bien arrancada que hab√≠a sido toda la vida, le dio en la calentura a un mozo rico que hered√≥ de sus padres esta mismita casa y que, ya despu√©s de muchos a√Īos de amor, se despidi√≥ de ella en la misma cama en la que ella cerr√≥ los ojos. Para qu√© voy a decir bobadas, ella amor s√≠ le tuvo. Despu√©s de √©l morir, no hizo m√°s que orar por su salvaci√≥n a las benditas almas del purgatorio.

¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬†¬† La casa era demasiado grande para ella sola. Sin esposo, sin hijos, hizo de este sitio un buen lugar para compartir soledades. Seg√ļn me contaron, un buen d√≠a, Eduviges caminaba por la plaza cuando se top√≥ con Tilde, vieja amiga de la infancia. Par de desoladas se comentaron sus vidas y quehaceres y en medio de un pandequeso con chocolate decidieron vivir juntas. Tilde pagaba una piecita y, con todo incluido, le cobraban hasta la risa. El negocio con Eduviges le sali√≥ a pedir de boca: s√≥lo ten√≠a que colaborar con lo que pudiera. Ya en esta casota se estaba hasta perdiendo comida, nada raro fue para la vieja querer compartirla.

            Estando Tilde instalada apareció de la misma manera Asunción. Un encuentro, una solitaria pagando pieza bien cara y Eduviges con ganas de llenar espacio con viejas conocidas. Bueno, todas no eran conocidas suyas, algunas de las demás fuimos llegando con las buenas referencias de las que ya estaban adentro.

Pero la casa se llen√≥. A m√≠ me toc√≥ una de las piezas m√°s peque√Īas. Nunca chist√©. La relaci√≥n entre todas hizo que vivir aqu√≠ fuera un lujo. Jugamos parqu√©s, cartas, domin√≥, nos gastamos la plata guardada en peque√Īos detalles con los que celebramos nuestros cumplea√Īos, nos damos uno que otro gustico y mantenemos la casa como un espejo. Salimos a misa, rezamos el rosario, peregrinamos, paseamos, vamos a mercar, nos cuidamos cuando estamos enfermas y hablamos de hombres, mujeres, ni√Īos, actores, actrices, telenovelas… Es bobada: qu√© necesidad tiene uno de hombre para vivir bueno. ¬°Tampoco pues nos enconventamos!

De todas, la m√°s apocada fue siempre Eduviges. Ninguna santa, ni mucho menos, pero s√≠ posaba de muy seriota cuando todas carcaje√°bamos y nos ech√°bamos uno que otro chiste picante como para recordar lo que no fue. A medida que pasaban los a√Īos su seriedad iba creciendo. Y la gente puede creer que las amargadas √©ramos nosotras las solteronas, y que ella, como prob√≥ lecho nupcial, era la astuta del paseo. La gente vive equivocada. En esta casa la amargada fue ella. Nosotras le trajimos la alegr√≠a.

De todas maneras, la situaci√≥n se fue tornando inc√≥moda, ya no pod√≠amos jugar y menos hacer bulla hasta siquiera las nueve de la noche. Todas nos est√°bamos haciendo viejas, y esta casa es testigo de la mayor√≠a de nuestras arrugas, lo que no quisimos fue amargarnos la vida. Habl√°bamos con Eduviges, la convid√°bamos a nuestras partidas de cartas… Nada vali√≥. Se fue dejando morir.

Recuerdo que alguna noche le pregunt√© por su matrimonio, por aquel √ļnico caballero que, ella dec√≠a, la tuvo en sus brazos. Nunca hubo algo irreprochable en sus respuestas. Ese tipo no merec√≠a entonces oraciones para salir del Purgatorio; ese tipo ya estaba en el Cielo. Luego, esa misma noche, le pregunt√© por sus hijos, si los tuvo o no. Lo hice de porfiada porque ya Tilde nos hab√≠a advertido alguna vez que ese era uno de los temas intocables en la vida de Eduviges. Cuando le pregunt√© por ellos me atraves√≥ una de esas miradas con las que una no quiere encontrarse despu√©s de muerta. Esa mujer pareci√≥ echar candela. No me dijo nada; con el gesto tuve para saber que la hab√≠a fastidiado y que me quer√≠a fuera de su vista. Luego me comenz√≥ a tratar con mayor seriedad de la acostumbrada y a nuestro paso caminaba como si se hubiera chupado un lim√≥n. As√≠ las cosas, a qui√©n no le llegan las enfermedades.

¬°Qu√© enfermedad tan larga, por Dios! Nos dio tiempo de hacerle unas mejoras a los cuartos, de cultivar mejor el jard√≠n, de poner verjas a la entrada, de organizar las puertas, de embellecer la sala, la cocina… S√≠, de la plata que ten√≠amos que sacar para el tratamiento de Eduviges dispusimos algo para lo que podr√≠a animarla a ella. Claro que no hicimos todo de atacada, no. Unos di√≠tas en una parte; despu√©s en otros. Cuando ya ella debi√≥ quedarse en la casa porque en los hospitales la pasaron a la historia ni se dio cuenta de lo que pasaba en el resto de la casa. No sal√≠a, no se paraba; los olores nos advert√≠an cuando no alcanzaba a llegar siquiera al ba√Īo. Para todas fue muy duro y nos comenzamos turnar los cuidados de Eduviges como enfermeras de planta. Las que descansaban pon√≠an atenci√≥n a los obreros que estaban al otro lado de la habitaci√≥n de Eduviges, no fuera que nos dejaran sin cosas.

Lo m√°s triste vino cuando Eduviges, pocos d√≠as antes de morir, tuvo la idea de dejar la casa a nombre de la parroquia. No lo pudimos comprender. Bueno, es mejor decir que no lo pudimos tolerar. Tanto dinero invertido, tanto tiempo dedicado a las mejoras pareci√≥ esfumarse. ¬°Pero qui√©n le dec√≠a pues a Eduviges que no! Ninguna se atrev√≠a, porque, eso s√≠, enfermita no modulaba, pero para gritarnos sacaba alientos y no hab√≠a de otra sino huir de su cuarto. La √ļnica que medit√≥ un poco la cosa fue Tilda. ¬°Ah!, tambi√©n Ivana que echando naipe hab√≠a le√≠do algo de nuestro futuro en la casa.

Para Tilda todo apuntaba a que, una vez muerta Eduviges, cada una tendr√≠a que decir adi√≥s a todo lo que quedaba en esta casa. Como todas las dem√°s, Tilda no pod√≠a hacerse a la idea de que las cosas fueran as√≠. Ivana dec√≠a en sus lecturas que el panorama era oscuro, que aparec√≠a alguien que podr√≠a sacarnos de nuestro hogar. Pensamos en el p√°rroco. La casa era nuestra, ¬Ņ¬°por qu√© ten√≠amos que dejarla!?

S√≥lo Eduviges sab√≠a d√≥nde estaban las escrituras. Lo √ļnico que nosotras ten√≠amos por cierto es que estaban en su cuarto muy bien escondidas porque toda la casa ya estaba reformada y no hab√≠amos hallado esas benditas. La habitaci√≥n, grande como ella sola, escond√≠a un tesoro, nuestra vida. Los turnos se convirtieron en un espacio para que cada una indagara a su manera el lugar exacto de los papeles en medio de tanta basura como ten√≠a guardada Eduviges. Despu√©s de las vueltas, cada una sal√≠a desolada comentando por d√≥nde no era la cosa. El mayor terror radicaba en ser pilladas esculcando. Eduviges no era ninguna boba; incluso creo que se burlaba de nosotras vi√©ndonos en esas. De purita rabia quise una noche forzarla a que nos dijera d√≥nde guardaba ella las escrituras. Me contuve, con ayuda de la sant√≠sima Virgen. Adem√°s, yo no s√© qu√© oraciones hac√≠a Ivana para que todo terminara. Hasta que, por fin, aparecieron los papeles.

Fue M√°rgara la que las encontr√≥. No en carpetas, ni en f√≥lderes, ni bajo el sucio colch√≥n, ni entre la ropa, ni en el nochero; las escrituras estaban dentro del cuadro del matrimonio. Frente a nosotras, la fotograf√≠a; detr√°s de la pared, un trozo de cart√≥n; en medio, las escrituras. La pareja guard√≥ celosamente este tesoro nuestro. Ivana tom√≥ el cuadro, sinti√≥ el extra√Īo grosor y lo pesado que estaba. Yo nunca me percat√© de ello. Deshizo el pliegue por donde se notaba que sal√≠an los papeles y sac√≥ el documento. Celebramos con unos traguitos el hallazgo. Ya s√≥lo era un trabajo art√≠stico arreglar firmas y anexar documentos; a Dios gracias, cada una tiene su talento y Dora ha sido buena para eso.

La tarde que Eduviges cerr√≥ por √ļltima vez los ojos, llor√≥ la vieja de rabia frente a todas nosotras. Nos pregunt√≥ por las escrituras y, por primera vez, nos habl√≥ de su hija, la mujer que esper√≥ por tantos a√Īos. Ni una carta, ni una postal, nada. Si no era a ella, la casa quedaba para la parroquia, nos dijo. Supo que no cumplir√≠amos su voluntad, mientras todas le dec√≠amos adi√≥s con la extra√Īa mezcla de tristeza y satisfacci√≥n al ver que todo en la casa hab√≠a quedado bien hecho y que s√≥lo faltaba un cuarto por remodelar. Yo s√≠ dije: si esa muchacha no apareci√≥, ni la esperemos.

13 Comentarios a “242- Las solteras. Por La Vieja Ifigenia”

  1. Asesino de Morfeo dice:

    ¬°Como me alegro de que est√©s entre los finalistas! Me encant√≥ tu relato la primera vez que lo le√≠, y la segunda y la tercera. Fijate si ser√°s bueno que nadie se ha metido con tu seud√≥nimo. Mucha suerte con el jurado y sigue escribiendo y dando clases: La Universidad universal necesita “profes” como tu. Y la literatura tambi√©n.

  2. Dies Irae dice:

    Enhorabuena, Vieja Ifigenia. Tu historia se ha aupado entre los quince finalistas y tiene la opci√≥n de alcanzar el gran premio. No s√©, no s√©… quiz√° las solteras hayan tenido algo que ver. Vigilad bien vuestros papeles, jurado.

    Felicidades y suerte!!

  3. Bons√°i dice:

    Te felicito est√°s entre los finalistas!!!
    Un abrazo!

  4. Hóskar-wild is back dice:

    El oficio se nota; el arte acaba por buscarse un hueco por el que desbordarse. La imaginación y la selección de vocablos han hecho su trabajo. Mucha suerte.

  5. Lovecraft dice:

    Las casas habitadas por solteronas solitarias siempre han dado mucho juego. Que se lo pregunten sino a García Lorca. La de este cuento, aunque acaba del mismo modo, con una muerte, resulta bastante menos trágica que la del poeta granadino. Una lectura muy correcta y muy entretenida. Enhorabuena.

  6. El asesino de Morfeo dice:

    ¬°Es impagable el rato que me has hecho pasar! un mundo tan lejano y tan cercano a la vez. Como si me cojieses de la mano y estuviera escuchando y viendo a esas mujeres…voy a leerlo otra vez, muchas gracias,Ifigenia.

  7. Bons√°i dice:

    La Vieja Ifigenia:

    Buen relato. Muestra de la soledad, de la esperanza que se convierte en amargura y de las miserias humanas.

    Un abrazo.

  8. Don Juan Tenorio dice:

    Inquietante aquelarre el vuestro…
    Se alegra mi sombra de no haber conocido a semejantes damas, os lo confieso.
    Buen relato, vieja Ifigenia.

  9. Hóskar-wild is back dice:

    Impagables las palabras jetitorcidas, rodillijuntas, cumbambaebailes, mirapalpáramo, tetisecas y culichupadas. Corro a decírselas a mi mujer. ¡Qué contenta se va a poner!
    Mucho oficio tras este relato. Suerte.

  10. Caos dice:

    Buen relato, divertido, irónico. Suerte

  11. Clarita dice:

    ¬°Ciertamente una lectura deliciosa!

    ¬°Mucha suerte en el concurso!

  12. Dies Irae dice:

    La Vieja Ifigenia, me ha encantado su historia.

    Da gusto encontrarse con otras hablas tan deliciosamente escritas, con historias que parecen llegar de lejos, con personajes distintos rompiendo esquemas. He disfrutado mucho leyéndola.

    Salud y suerte en concurso.

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