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78- Todas las familias felices. Por Garci Delospa

Roberto aseguró al juez que nunca tuvo intención de golpearla, que durante el forcejeo con el amante de su mujer ésta se interpuso, y el golpe ya estaba lanzado, y que no pudo parar, y que lo sentía mucho. Patricia lo escuchaba desde la otra bancada de la sala.  A sus cuarenta y tantos largos, a Patricia le resultaba increíble verse en aquella situación. El divorcio con Roberto ya estaba finalizado, pero las denuncias seguían su curso y ahora había que resolver el tema de la agresión ocurrida el día que se descubrió todo. Patricia estaba hastiada de la historia de su fallido matrimonio, de su ex, de los juzgados y, en ocasiones, hasta de los niños. Se preguntaba si de verdad siempre quiso tener a sus dos hijos, o simplemente se dejó llevar por lo que se supone que debe hacer toda mujer casada cuyo reloj biológico marca las horas sin pausa. Estos argumentos se desvanecían cuando asomaban sus cabecitas por el estudio después del colegio y se sentaban junto a ella y la observaban mientras trabajaba en un nuevo diseño o en la decoración de un apartamento cercano a las pistas de esquí. Ahora, la vida en el pueblo no le parecía tan aburrida, y se sentía florecer en verano cuando llegaban los turistas, y volver a nacer en invierno, cuando todos regresaban de nuevo, para deslizarse por las nieves que cubrían las montañas.

            Los abogados pidieron un receso para llegar a un acuerdo y Patricia aceptó el trato: prohibición de acercarse a ella a no menos de quinientos metros y una indemnización económica que decidió donarla, en ese mismo momento, a la protectora de animales. No sentía rencor por Roberto. Lo que pasó fue fruto de un momento de tensión, y ya está. Además, su ex estaba cumpliendo con sus deberes paternos y era generoso con la manutención de Pablo y Lola. La casa, heredada de sus padres, se la había quedado ella, y Roberto había trasladado su residencia y la empresa de transportes a Fraella, un pueblo cercano. Ahora estaban siendo todo lo civilizados que no habían sido cuando se descubrió “el pastel”, como solía decir Patricia. Roberto veía a los niños cuando quería, con la única condición de avisar antes de aparecer por allí.

            Cuando aquel cincuentón tipo Clooney entró en su estudio con la intención de decorar una vieja casa del pueblo, Patricia sintió que en su estómago los granitos del arroz campero que había tomado  para comer se transformaban, uno a uno, en mil mariposas. Quedaron al día siguiente para ver la finca y unos días después, de nuevo en el estudio, le presentó sus primeras ideas. Patricia supo, tras un par de  cafés, que se llamaba Benson Atler, que era médico, divorciado y que lo había dejado todo, harto de su Seattle natal, para venirse a un pueblo de montaña  a montar un establecimiento rural y cambiar de vida por completo. “Las vida da vuelta” le decía a Patricia en un pésimo español. Las obras comenzaron y Patricia dedicaba horas y horas a aquel proyecto, pero siempre con la idea  de que aquello no acabase nunca. Quería estar cerca de Benson. Sentía que sus mariposas se habían hecho crisálidas y habían vuelto a nacer una y otra vez; y en aquel no parar de cosquilleos, volvió a disfrutar de la experiencia del amor apasionado y nada sereno. El americano no tenía prisa, pero supo muy pronto que aquella españolita estaba rendida a sus encantos. Cuando después de seis meses las obras habían llegado a su fin, el establecimiento rural se había convertido en la casa del amor a escondidas. Roberto seguía con sus viajes, ajeno a las andanzas de su mujer y centrado en su trabajo. Todavía podía recordar cómo al acabar la universidad cogió el camión de su padre y se dedicó a hacer kilómetros por Europa. Cuando conoció a Patricia, la empresa de Transportes Internacionales Le Grand Tour ya disponía de seis camiones y veinte trabajadores. Eran los años buenos y Roberto era guapo, joven y tenía dinero.  Ahora, después de despedir a sus trabajadores, Roberto había tenido que volver a la carretera.

La montura roja de sus gafas, a menudo, se apoya en la punta de su nariz. Parecen volar, casi suspendidas en el vacío, hasta que una de sus manos suelta el libro que está leyendo, y las empuja a su posición original. El doctor Benson duerme a su lado, con la tranquilidad de quien se sabe a buen recaudo. Patricia continúa  leyendo, y entre sus manos “Ana Karenina” parece sufrir, aparentemente por su hijo y por el cornudo de Karenin. Patricia sonríe  y mira de soslayo a su compañero. “Yo también tengo un marido cornudo”, se dice. “Y ahora tengo un amante americano y judío”, y aprovecha para regocijarse en sus pensamientos y rozar con sus pies la piel  de su compañero de cama. Éste no parece reaccionar, así que vuelve a la lectura. Pero la interrumpe de nuevo: “Todo esto que estoy haciendo… No sé…tengo matrícula de honor en puterío, lo reconozco, pero es todo tan emocionante… y aquí en el pueblo es todo tan mediocre… Además, Roberto se está cepillando a alguna de sus clientas con total seguridad. En Rumanía, rodeado de mujeres rubias hay polvo seguro. ”

Y de nuevo, reconfortada por estos argumentos tan académicos, roza con su mano derecha el sexo de su judío favorito, obteniendo a cambio entre sus dedos, las sensaciones regaladas por una tremenda erección. Benson se da la vuelta y enlaza uno de sus brazos alrededor de ella, pero vuelve a dormirse. Ana Karenina sigue con sus peripecias burguesas por la ópera de San Petersburgo, pero no puede pasar de ahí, porque Patricia decide que es un buen momento para explorar uno de sus pechos en busca de algún bulto sospechoso. Sus dedos se mueven de forma casi profesional, buscando el volumen delator. Pero sus senos, lejos de estar enfermos, han vuelto a la vida, después de un letargo avasallador al lado del aburrido de Roberto. Ahora, las manos de Patricia ya no funcionan como las de un médico. Ahora acaricia sus pechos desde la base hacia arriba, recorriendo un camino que termina cuando atrapa con el índice y corazón, sus pezones. Ahí fuera, las bases del capitalismo se derrumban, los hombres emigran en busca de un futuro mejor, y el vacío que dejan es ocupado por la revolución sexual. Patricia lo vive así; como la gran revolución, como la energía que ha devuelto la velocidad perdida a sus leucocitos. Coge con sus manos el sexo, todavía enhiesto de su amante y lo acaricia de todas las formas acariciantes que existen. El doctor Benson abre los ojos, busca la mirada de Patricia y sonríe. Hacen el amor con el ímpetu de dos adolescentes, pero con la experiencia de los amantes curtidos en el arte de amar.

Roberto, por su parte, ha regresado al pueblo antes de lo previsto. La empresa a la que iba dirigida el porte ha sufrido un incendio y decide descargar en unos almacenes franceses y volver a casa. En el estudio no hay nadie. Huele a invierno. Patricia no contesta al móvil y los niños están en el colegio. Hace frío. Es raro, pero Roberto se imagina a su mujer haciendo la compra en el mercado y no le da mayor importancia. No obstante, ya que lo tiene al lado, decide preguntar a Antonio, el del estanco, si ha visto aquella mañana a Patricia. Antonio y Roberto crecieron juntos. Son amigos desde niños. Ahora se ven menos que antes. Los viajes de Roberto lo tienen todo el día ocupado; pero Antonio no puede más y le quita la venda de los ojos a su amigo. “Lo mejor que puedes hacer es preguntar en la casa del americano”,  le dice. “¿El que vino a montar un negocio rural?”, pregunta Roberto. Antonio asiente, coge del brazo a su amigo y se ofrece a acompañarlo. Roberto dice que no, que para esto no necesita ayuda. Siente que la sangre le sube a la cabeza, como empujada por un resorte, y que ésta le va a estallar; pero no hay nada que pueda pararlo, y se presenta en la casa. Aporrea la puerta con los puños cerrados, grita el nombre de Patricia. No contesta nadie, pero sabe que están ahí, está seguro, casi puede olerlos. Se ha convertido en un perro furioso, en el cazador despechado, en un hombre herido de rabia y celos. Decide dar patadas al portalón. Quiere tirarlo abajo, pero como no lo consigue, sube al camión y lo empotra contra la entrada. Cuando consigue subir al piso de arriba encuentra a los amantes incrédulos, mirándole. De pie, a medio vestir, la cama revuelta, Tolstoi regocijado y la evidencia de que para Roberto, el mundo, su mundo, se derrumba en unos instantes. Quiere hacerles daño, castigar tanto dolor y forcejean y pelean, y Benson grita palabras en inglés que nadie entiende, y Patricia interviene, y los golpes que van, encuentran su objetivo y vuelven a lanzarse, y uno de ellos que da a Patricia en la cabeza, y ésta que cae, inconsciente; y todo se funde en negro, y se hace el silencio.

Los excursionistas, al ver el camión dentro del salón de aquella casa y escuchar los gritos, no dudaron en llamar a la Guardia Civil. Una ambulancia que se llevaba a Patricia al hospital comarcal. Más gritos, al cuartelillo todo el mundo, denuncias por ambas partes. Patricia recobra el conocimiento, no hay lesiones internas; y después de unas horas en observación sale del hospital aturdida, avergonzada. Regresa a casa. Los niños están con unos familiares, se mete en la cama, toma Lexatín y deja pasar el tiempo. Decía San Agustín ante la pregunta de ¿Qué es, pues, el tiempo?, que si no le preguntaban sabía lo que era; pero que si quería explicarlo al que se lo preguntaba, entonces no lo sabía. Para Patricia fue el bálsamo de Fierabrás, la pócima secreta, el brebaje reparador. Pero antes tuvo que pasar por los trámites del divorcio, el juzgado, la adaptación de los niños, las denuncias, los abogados, las miradas de la gente, los dimes y diretes, los amigos que se posicionan y la huída del doctor Benson, que puso la casa en venta y regresó a los Estados Unidos, convencido de que los españoles éramos unos salvajes, y que maldita la hora en la que se le ocurrió dejar su país.

Salieron de los juzgados, Roberto con aquella orden de alejamiento en las manos y Patricia con la sensación de cerrar por fin, un capítulo de su existencia. Estaba decidida a dedicarse por completo a su trabajo y al cuidado de Pablo y Lola. Ya era una mujer madura, independiente, curtida en los avatares del destino y que, con la cabeza bien alta, paseaba por las calles de Cerler, enterrados para siempre cualquier atisbo de amar o ser amada.

El verano en la montaña estaba lleno de vida y Patricia estaba dispuesta, de nuevo, a vivirla. En un atardecer, mirando al sol ocultarse más allá de las líneas infinitas, apareció Roberto con chucherías para los chicos. Patricia estaba sentada en el tronco que tantas veces habían compartido  y Roberto se sentó a su lado. “Incumples la orden de alejamiento”, le dijo Patricia, sin dejar de mirar al frente. “Tampoco he llamado antes de venir”, contestó Roberto. Pablo y Lola correteaban despreocupados. Saludaron de lejos. Patricia y Roberto, recordaban, sin comentarlo, las puestas de sol en Santorini, recién casados. El hotel, situado sobre el acantilado, les brindaba la oportunidad de participar en los atardeceres más bellos del mundo. Hacían el amor y comían ensalada griega. Ahora, ni los juegos y gritos de los niños conseguían atraer la atención de sus padres que, con la mirada fija en el horizonte, podían sentir como la puesta de sol atraía las sombras sobre sus cabezas.

 

12 Comentarios a “78- Todas las familias felices. Por Garci Delospa”

  1. Bonsái dice:

    Garci Delospa:

    Hola. Pienso que tu carácter te ha jugado una mala pasada en el certamen.
    Creo que hubieras merecido más comentarios. Es un buen relato.
    He venido a dejarte mi voto y diez estrellas.

    Un abrazo.

  2. Lovecraft dice:

    Al contrario de lo que pensabas, tu relato no me disgustó en ningún momento. Vuelvo aquía para dejar constandia de ello.

    Suerte

  3. Lotte Goodwin dice:

    Escritura fluida y personajes reales, pero yo soy más de finales trágicos.
    Nucha suerte.

  4. Bonsái dice:

    Coincido con sacha en lo de: “Tolstoi regocijado”. No va, no encaja.

    Es un buen relato y a mí me atrapó. Está bien narrado. Pero las historias de infidelidades están muy explotadas.

    Suerte en el certamen y en la vida, que es lo principal.

  5. Dies Irae dice:

    Huy, Garci, ¡qué genio! Me temo que le ha hecho perderse un montón de comentarios elogiosos, pues su relato no está nada mal. Pero (sí, pero) si no se puede comentar, pues nada, me quedo calladita.

  6. sacha dice:

    Tolstoi inicia Anna Karenina (otro caso memorable en literatura de mujer infiel) con una frase parecida a ésta: Todas las familias felices se parecen pero las desgraciadas lo son cada una a su manera.
    El título de tu relato emplea la primera parte de la frase, en lugar de la segunda. No cabe ironía posible al enfrentar lo aparente y lo real, pues las apariencias están rotas, ¿cuál es, pues, el motivo? Se me escapa.
    No entendí la expresión: Tolstoi regocijado, salvo que con ella indiques que el libro, desmadejado, abierto, muestra sus páginas como muestra los dientes el que ríe.
    Me gustó el montaje (primero el testimonio, después el suceso) y en general el relato. La prosa es fluida.
    Suerte.

  7. Hóskar-wild is back dice:

    ¡Cómo me gusta le expresión de ‘matrícula de honor en puterío’! Y la frase que tanto disgusta a otro lector (los granitos del arroz campero convirtiéndose en mariposas) me parece genial. Utilizaré ambas en cuanto tenga ocasión. Suerte.
    PD: ya veo que comienzan a hacerse amigos en el Canal. Y yo con estos pelos.

  8. Lovecraft dice:

    ¡Tonto estoy! Se me olvidó una posdata:

    P.D. 5: Ya que hace tanta referencia al mío como al suyo, debería copiar su comentario y pegarlo bajo mi relato. Es la única forma de que haga todo el daño que persigue. Y si es reacio a hacerlo porque piensa que me favorecería aumentando el número de mis comentarios, no sufra por ello. Consuélese pensando que yo acabo de triplicar el número de los suyos.

  9. Lovecraft dice:

    Sr/a. Susceptible:

    Me he encantado su comentario (sonrisa).

    P.D. 1: ¿donde dice que documentarse para construir un relato sea algo deshonesto?

    P.D. 2: ¿en qué parte de mi comentario dice que no me gustó su relato?

    P.D. 3: poco va a aprender Ud. si le afecta tanto recibir una crítica.

    P.D. 4: mi relato no cuenta nada…Hum, esto empieza a sonarme ya del año pasado.

  10. Garci Delospa dice:

    Señor Lovecraft:
    Gracias por leerme. Los cambios de tiempo verbal se justifican porque es un relato escrito «In media res».
    Sí, es una historia de infidelidades con final abierto.
    Hay una frase que le parece exagerada. Pues vale.
    El americano es un cobarde. Es verdad, el mundo está lleno de cobardes.

    Por cierto, su relato tampoco me ha gustado. Nunca lo hubiese escrito sin ayuda del Google. Yo soy honesto con mi trabajo. Lo suyo, tiene cierto tufillo a trampilla y además, es que no cuenta nada.
    Yo también le deseo mucha mierda. La va a necesitar ya que, lo siento, pero su relato no es ganador.

  11. Lovecraft dice:

    Otra historia de infidelidades (es curioso, el relato anterior, el nº 77, versa sobre el mismo tema) con un final que se sospecha esperanzador (¿reconciliación al canto?).

    Hay un cambio de tiempo verbal en los párrafos 4, 5 y 6, donde se salta del tiempo pasado al presente sin una explicación que lo justifique, pienso yo.

    Esta frase es un poco exagerada, ¿no crees?: «Patricia sintió que en su estómago los granitos del arroz campero que había tomado para comer se transformaban, uno a uno, en mil mariposas.»

    Por cierto, la reacción del americano me parece de lo más cobarde (las ratas que abandonan el barco cuando se hunde…)

    Mucha mierda para el certamen

orden

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