108- Alma de carrusel. Por Dies Irae
- 21 octubre, 2012 -
- Relatos -
- Tags : 9 Certamen de Narrativa Breve 2012, carrusel, plastilina, relatos
- 367 Comentarios
Hoy hace justo un año, papá le regaló por su cumpleaños la caja de plastilina con piezas de todos los colores. Ahora falta el rojo. Ángel toma otra pieza, ya no importa el color, y la aprieta entre los dedos.
Cuando terminaron de comer juntos la tarta, retiró el resto de los libros y juguetes, rompió el celofán transparente y empezó a amasar las piezas de colores. Se levantó y cerró la puerta para no distraerse con las voces de papá y mamá en la cocina, medio ahogadas por los goles cantados del Carrusel Deportivo. Ángel creía que los partidos de fútbol en la radio eran la afición favorita de papá y mamá. La plastilina roja se le amansó en las manos hasta ser traspasada y sintió el filo de las uñas rasgando el dibujo frágil de su vida. Tiró la caja al suelo y aplastó las piezas a golpes con los pequeños puños cerrados. El último sonó como un chasquido de madera o huesos, pero él no sintió dolor. Luego escuchó el ruido de la puerta de entrada y se asomó a la cocina sin hacer ruido. Papá no estaba, mamá estaba sentada, de espaldas, escuchando el partido de la jornada. Sin volverse, lo mandó a su cuarto con su voz de palomas temblorosas.
Volvió al comedor y recogió con esmero los pegotes de colores adheridos en las baldosas frías, raspando con la uña las junturas. Luego modeló un corazón de plastilina, grande, rojo, con ojos verdes y sonrisa amarilla y lo dejó sobre la mesa. Llevó a su cuarto los regalos, se puso el pijama, hizo pis, se lavó las manos y los dientes, apagó la luz y se acostó.
Se durmió pensando en que, después del verano, el tiempo se convertía en un reloj de arena al que le engordaba la cintura casi hasta desaparecer. Empezaba el colegio, pasaba su cumpleaños y, antes de darse cuenta, caían las hojas de los plataneros, volvían las bufandas al armario y tenía que ir al cementerio. Ángel odiaba la espesa altura de los cipreses, la linealidad de las lápidas y el miedo atroz a leer los nombres inscritos en ellas, y no quería otra Navidad sin mamá, de visitas al hospital, de sabor a sangre o vómito que le subía por el esófago cuando veía al médico que no había sabido salvar a su hermanito. No quería otra Navidad cenando solos y en silencio, papá corriendo los muebles, montando la pista de carreras en el salón, antes de decirle que no se acostase tarde y encerrarse en el dormitorio. Ella había vuelto a casa en Reyes: le abrazó tan fuerte que le hizo daño. Entonces tuvo la pista de carreras y un tren eléctrico, pero los muebles del salón volvieron a su sitio y le obligaron a montarlos en su cuarto y a tener la puerta cerrada porque el ruido de los motores les molestaba. Era cierto que los de sus coches de carreras sonaban casi como los de verdad cuando los veía en la tele con papá. Le gustaba ver las carreras con papá, ese ballet de ruedas y alerones, el trazado perfecto de las curvas, aunque cerraba los ojos si había un accidente. No le gustaban los accidentes, le daba miedo la sangre. Incluso le asustaba la escayola de mamá cuando se rompió el brazo en marzo, justo antes de Semana Santa, en una caída al bajar del autobús, qué tonta, le parecía una excrecencia fantasmal y obscena.
Por eso había pasado la Semana Santa en casa de los abuelos, asomado al balcón desde donde, un atardecer, vio pasar a un Jesús ensangrentado y sufriente, las llagas en carne viva, las espinas clavadas en su frente y la espalda con las heridas sinuosas de los látigos. Y detrás de él, a María derramando lágrimas como perlas blancas, acompañados por un retumbar monótono pero creciente de tambores. Ángel envidió el resplandor de las corazas y espadas que llevaban los romanos. Cuando terminó la procesión, buscó el cuchillo grande que el abuelo usaba para cortar cecina y lo escondió bajo su almohada. Pero antes del verano, y de las vacaciones, mamá encontró el cuchillo, se lo devolvió al abuelo y lo mandó castigado a su cuarto. Luego le llamó para la cena y lo abrazó y le hizo prometer que no iba a volver a hacerlo nunca más.
Al terminar el curso, pasaron a despedirse de los abuelos antes de partir hacia quince días de apartamento alquilado con derecho a aire acondicionado y vistas al mar. Quince días de piel quemándose capa tras capa en los que mamá hace la compra y guisa y limpia el apartamento, mientras papá le vigila desde la sombra del chiringuito, la misma canción machacona de cada verano, el mismo suelo de cabezas de gamba y manchas de cerveza. Ángel se mete en el agua apenas hasta mojarse el pequeño bañador rojo porque no sabe nadar y le dan miedo las ridículas olas llenas de algas con su espuma blanquecina y pegajosa.
Fue el último día de vacaciones y la ciudad parecía asfixiarse. Había vuelto de la playa intentando que el ruido del motor no ahogase el recuerdo rumoroso de las mareas, sin querer ver en el retrovisor la mirada de papá concentrada en el horizonte bajo el ceño fruncido, ni el levísimo temblor de los hombros de mamá. Ahora ella había tendido la ropa y, mientras la lavadora emprendía otro runrún monótono, preparaba la plancha. Un sol que silenciaba los cantos de los jilgueros y una brisa de desiertos sin arena secaban tan deprisa las sábanas y las toallas que quedaban rígidas y apelmazadas. Papá sudaba en el sofá, bebiendo cerveza helada para no pensar en la vuelta al trabajo, ante el televisor encendido y un ventilador que removía el aire espeso. Él estaba tumbado bocabajo sobre su cama, en calzoncillos, perdido en un país desconocido donde cada lago escondía un secreto que sólo podría descifrar la mujer más hermosa. De vez en cuando movía las piernas, buscando un poco de frescura en la colcha de ganchillo. Escuchó un ronquido de papá y vio pasar a mamá por delante de la puerta de su cuarto, cargada con la bandeja de mimbre trenzado, llena de ropa para planchar, y el cardenal en su pómulo derecho, tintado de violetas, azules y amarillos hacia el arco del ojo. Idéntico al de las costillas que vislumbró cuando, después de bañarle, se agachó a recoger del suelo una toalla, el del golpe contra la puerta del armario, precisamente el día dela Madre, qué torpe. Parecido, quizá un poco más azulado, que el de las vacaciones, mira que tropezarse con las maletas que ella misma alineaba en el pasillo la noche antes de irse, qué tonta, y que le obligó a ir de manga larga cuando, en la playa, salían del apartamento al anochecer a comerse la brisa fresca de las estrellas y ver la luna rota en el reflejo del mar. Los púrpuras, quizá, menos vivos que los que sobresalían del borde de la escayola de Semana Santa. El cerco amarillo no tan verdoso como el que le quedó en la tripa en Reyes, los Reyes anteriores, después de haber perdido a su hermanito porque se le enganchó el tacón en la escalera mecánica y se pegó contra la barandilla, pero qué tonta. Los últimos Reyes se había partido el labio contra un grifo del baño, limpiando la bañera. Hay que ser torpe y tonta. Éste del ojo, piensa mientras vuelve al libro, no sabe cómo se lo ha hecho, pero papá le gritaba “eres tonta” por encima de los goles del partido de la jornada del Carrusel Deportivo de la Cadena Ser. Aunque hubiera terminado la liga siempre había goles y Carrusel Deportivo en la radio, incluso el último día de playa.
Ángel, hoy, toma un trozo de plastilina, de cualquiera de los colores de un cardenal excepto el rojo, porque rojo no queda: hay blanco, amarillo, verde, marrón, azul, negro. Toma uno cualquiera, sin fijarse, lo amasa entre los dedos y recuerda que escuchó el ronquido de papá. También recuerda, vagamente, algo como un rugido sofocado, un gemido de esfuerzo. Apenas nada más que ese suspiro, jadeo, grito ahogado, exhalación, vida o muerte saliendo violentamente de los pulmones, los pulmones de papá, de mamá, los suyos, no puede recordarlo. Sólo ese sonido de viento en una gruta, que no sabe si fue como de morir o como de matar, nada más desde que oyó el ronquido desde su cuarto hasta que vio a papá en el salón, que se había deslizado hasta el suelo, con el cuchillo del abuelo clavado en el pecho y los ojos cerrados y la boca abierta como cuando dormía, y la sangre ya espesa escurriendo de la herida. Sin embargo, recuerda algo más claramente haber visto a mamá limpiar el mango con un paño de cocina y apretar luego la palma de su mano aferrándolo, sin importarle que el delantal y sus rodillas se empapasen en la marea que se extendía, muy despacio, sobre las baldosas. A partir de ahí recuerda todo. Recuerda perfectamente que pensó en la sangre viscosa y caliente y el suelo fresco y sus pies descalzos. Recuerda que sobre la camiseta blanca de tirantes se secaba deprisa la sangre, mostrando todos los tonos del rojo, casi anaranjado al lado del cuchillo, casi negro ya el borde del dibujo confuso, indescifrable, hipnótico, y, entre ellos, el rojo rojo, rojo plastilina, como los regueros que bajaban de la nariz de mamá el día del último cumpleaños de Ángel, cuando en el Carrusel Deportivo cantaban gol y ella se tropezó con la silla de la cocina, qué tonta, y cuando se asomó la vio reflejada en el cristal de la puerta del tendedor como en un espejo sobre la noche negra del patio de luces, los regueros de sangre más seca escurriendo por el canal misterioso de sus pechos, la silla con un brote de astillas o de huesos al aire, como un crecimiento espontáneo y sorprendentemente blanco, pero ahora sabe que el balón no tiene en su alma de carrusel los labios partidos.
Ángel está haciendo el último curso de primaria en la escuela del pueblo de los abuelos y luego, ya veremos, dicen. A veces hablan del abogado, de un recurso, defensa propia, dicen. Una vez al mes le dejan visitar a mamá y ella le cuenta que cada noche besa el corazón rojo de plastilina que tiene apoyado en la pared, sobre la mesita.






Shh, claro, ven… y hazle un cariñito a mi ego, que lo he dejado por los suelos… Además luego vendrá el tío Sacha con las rebajas, y ahora sí que le he dejado todo a huevo. Ains.
Un placer, caballero.
Su figura retórica, impagable. Yo le he dejado a Rulfo, aquí en la mía, un agradecimiento condesil por sus consejos. Pues eso, hasta que nos echen por incultos y atrevidos.
Bueno… quedas nombrada la más lista de la clase (le acabo de quitar el sombrero a un profesor, aquí lo dejo por si alguien lo quiere, que yo no soy digna).
En mi relato no hay ninguna intención de ocultar el desenlace. Por eso, nada más empezar, el niño machaca con rabia la plastilina; por eso, un poco más adelante, coge el cuchillo del abuelo. Mi intención es ir angustiando al lector, sí, que piense que no puede ser, que no va a hacerlo.
Obviamente he estado muy lejos de lograrlo, si la mayoría de los lectores no lo han visto venir; si, al final, incluso tú has pensado que fue ella. Sí, la mujer se hace cargo, no quiere que su niño pase por el calvario correspondiente y, además, tiene a los abuelos. Por eso el niño «recuerda algo más claramente haber visto a mamá limpiar el mango con un paño de cocina y apretar luego la palma de su mano aferrándolo» (algo mil veces visto, borrar las huellas y dejar otras, en este caso las propias); por eso el niño no recuerda claramente lo que pasó, por el shock postraumático (algo mil veces visto también).
Además de los malos tratos, el relato también quiere denunciar a la mujer que los asume, que no hace nada para evitarlos, que no denuncia, que no se defiende, que permite que su hijo vaya creciendo -aparentemente- aprendiendo del padre, repitiendo el «qué tonta». Y que cuando ve lo que ha provocado, cambia el castigo del marido por el castigo del hijo. Esa mujer «sufridora» que causa casi tanto mal como recibe.
Pero no, no he sabido «contar» lo que quería. Mucha lírica escondiendo el argumento, va a ser, sí. Irá de vuelta al cajón virtual de los trabajos a seguir machacando. Muchas gracias a ti, que te acercaste al relato lo suficiente para atreverme a preguntarte, así, sin que nadie nos oiga, que yo tengo muy sensibles el ego, el orgullo y la soberbia, snif, snif.
Hay una peña en marcha, interesan buenos lectores, buenos escritores, gente generosa y sincera… ¿te apùntas?
Ajá. Muchísimas gracias por los consejos. Suerte para ti también, y cuida el sombrero.
¡Que os estoy oyendo y a mi tambien me gusta cuchichear !
(Visualizar circulito con sonrisa y un ojo guiñado)¡Dios, que cruz!
Gracias por cuidar la vieja bodega en mi ausencia…estaba teniendo unas palabritas con Rulfo en su casa. Nada importante, pero llevaba su tiempo. Un abrazo
Vista la rabia y después que escondiera el cuchillo, sí que pensé en la posibilidad de que el niño utilizara un cuchillo más adelante. Por el ambientillo tan acogedor que describiste tras comerse la tarta de cumpleaños, el problema era con los padres. Al leer «Luego le llamó para la cena y lo abrazó y le hizo prometer que no iba a volver a hacerlo nunca más.», descarté que fuera contra ella, el problema era el padre.
Me esperaba al padre muerto, pero sí que es verdad que, aunque no me sorprendió que le matase ella, en mi cabeza estaba la posibilidad de que lo hiciera el niño.
Que pases buena noche. Besicos también para ti.
Me he pasado por aquí y he leído tu respuesta al comentario mío. No se si has hecho algo de lo que te comenté. Me refiero a leer el relato que ganó este Certamen hace dos años. Te lo aconsejo. Si quieres escribir sobre la violencia de género, lee todo lo que puedas sobre eso. Hace poco leía una novelita de un escritor argentino que me encantó. Guillermo Saccomano es el autor, y el título El buen dolor. En ella, un padre y su hijo intentan ser escritores, pero, por diversos motivos, no lo consiguen. Obviamente el padre, a pesar de que ninguno lo logra, sabe más que el hijo. En un momento de la novela, el padre entre frases conmovedoras, le aconseja a su hijo sobre cómo hacer para ser escritor: hijo, le dice, escribe sólo sobre lo que sepas. Ese es el mejor camino. Así que, para escribir bien, primero hay que empaparse mucho. Y además hay que pararse a leer. Yo suelo decir que hay dos formas de leer. La primera hacerlo sólo para disfrutar de lo que lees, como si fuera una novela de aventuras o del Oeste. Y otra, parándote a buscar lo que emociona, lo que conmueve, dónde surge la dramatización, como va creciendo, que elementos se utilizan para ello etc. etc. etc. Tú tienes que notar dónde te acongoja, dónde sientes algo distinto. Y trabajar todo eso, leerlo y releerlo mil veces si hace falta. No hay otra. Esto es como todo, aunque el personal no quiera empanarse. Tener algo de habilidad y mucho, muchísimo trabajo. Y escribir, también escribir. Mejor o pero, pero no desanimarse.
Suerte Dies Irae
Ah, pues dime, dime, Ganímedes, así por lo bajini: visto el cuchillo y la rabia con la que aplasta el peque la plastilina, ¿quién pensabas que iba a morir y quién a matar? ¿O esperabas un final sin muerto? ¿O encontraste otro final distinto? Ay, estas dudas, qué malas son…
Sí, así es. Usted, mi querida compañera de certámen ya pasó por mi casa y le agradezco su comentario.
Un saludo
Jajaja, Dies Irae… Ahora que no nos oye nadie, podemos cuchichear por aquí un ratico.
No estás tonta, es que no he caído en que Bonsái tiene varios comentarios por estos lares; me refiero a su frase «El final tal vez no sea el que se debiera lograr, pero sí es un final real. Pues o ella muere de una paliza o lo termina matando.» Algo dentro de mí me aleja a aceptar que sólo existan, como posibilidad, esas dos formas de terminar una historia así, con un muerto obligatoriamente.
Cuchicheamos cuando te apetezca 😉
Sol y Aljibe, Aljibe y Sol. El azar los junta en una hermosa imagen, qué cosas.
No he leído a ese señor (la Srta. Bennet dijo que le recordaba a un clásico, y ya me dejó bizca), aunque sé que es el autor de una superfamosa novela sobre los campos de concentración -y quizá por eso lo evité-, pero ya les digo que ojalá me aproximase, siquiera un poquito, a cualquiera de ellos. Si ustedes los nombran, será por su mérito, espero.
Gracias a los dos por comentar. Creo -ahora lo compruebo, mi memoria es de pez- que pasé por el relato de Sol, apocalíptico y marinero. Por la casa de Aljibe no sé, pero lo compruebo y voy. Mi desorden es algo demencial.
Un abrazo.
Una prosa exquisita para un tema, no por trillado, siempre candente.
Creo que no voy a tener tiempo de leer y comentar todos los relatos, y me alegro de no haberme perdido el tuyo.
Enhorabuena por tu buen hacer y Suerte!
Estimada/o Dies
Un tema duro pero… para mi nada trillado.
La percepción de la realidad por parte del niño me recuerda a las novelas de John Boyne.
El desenlace se lo ve venir, porque las opciones no son muchas, lamentablemente.
Es un relato muy bien elaborado, con descripciones brutales, endulzadas de tal manera que el dolor y la impotencia llegan a calar hondo. Juegas de forma magistral con los colores, obligas al lector a deducir una y otra vez el tiempo transcurrido, más allá del que narras.
Excelente.
Suerte!!!!!
Isótopo, Ganímedes, ¡qué esdrújulas estáis juntas!
Gracias a ambas por pasar a leer y comentar.
Sin culpas, Isótopo, seguro que creamos entre todos, tanto con letras como en nuestro día a día, conciencia para luchar contra cualquier tipo de violencia.
Ganímedes, he de encontrar una forma de cuchichear contigo. Igual me salvas un poquito la autoestima en lo del final. No entiendo la alusión al comentario de Bonsai, estaré tonta.
Besicos.
¡Hola, Dies Irae! Qué te puedo decir que no te hayan dicho ya… Me ha gustado, está muy bien escrito, sin duda, salvo lo que ya te comentaron, yo también me lié un poco con las
voces. Respecto al desenlace, en cuanto apareció el cuchillo me imaginé cuál sería el final, aunque el relato me tenía tan atrapada que deseaba comprobar que no me equivocaba. Si no hubiera aparecido el cuchillo tras haber explicado la rabia con la que machacó la plastilina, podría haberme imaginado cualquier otro final, inclusive sin muertos de por medio (ejem, ejem, comentario de Bonsái…). Quizá demasiadas autolesiones por la «tonta» de mamá, expuestas de manera completamente seguida; me suena demasiado irónico para el contexto.
El relato me enganchó de principio a fin. Me gusta cómo escribes. Mucha suerte y un abrazo.
Escalofriantemente conmovedor. Has abordado con mucha valentía un tema muy duro. Coincido con otros lectores en destacar la importancia de la plastilina, sus formas y colores en la narración. Y la visión inocente del niño, que nos golpea con ese iterativo «qué tonta».
Un relato que crea conciencia, y que nos hace sentir a todos un poco culpables.
Un abrazo con el corazón encogido,
Isótopo
¡Ay! Qué mala es la envidia…
¡Glup…nos has pillado! ya ves, aquí de tonteo.
Esta es una lagrimilla emocionada,de las que da gusto echar afuera y vale, vete conectando con los de Zumosol que lo vamos a necesitar.
Hermoso, sí, ya le dice… hermoso!!!!
Hola, jejejjejeje, así os quería pescar, sí….
Me he dicho… voy a ir a casa de Ira a ver si encuentro a Asesino y ¡zas! No podía ser de otra manera… ¡Ay! ¡Qué barbaridad!
Gracias, Rulfo. Haces crítica fundamentada y eso es lo que me gusta.
Voy a hacer trampa al contestarte, usando tus propios argumentos:
El tema es campo trillado y el desenlace previsible, de acuerdo totalmente. Quería escribir sobre el maltrato, pese a que esté sobado en abundancia. ¿Cómo, pues, acercarme a él sin repetir esquemas? ¿Qué cambiar en el discurso para lograr algo «distinto» (o mejor dicho, algo que a mí misma me pareciese distinto)? Me planteo, pues, usar al niño y cerrar muchísimo el relato, que apenas salga de entre los tres, para crear agobio. Y, en cuanto al lenguaje, intentar el contraste, aprovechando esa inocencia, sí, un cierto lirismo. Demasiado, dices… y lo entiendo. Pero es lo que intenté, que hubiera ruptura entre lo que cuento y cómo lo cuento. Ahí quiero el juicio, eso es lo que más me interesa saber si está logrado, y tu opinión es muy válida: demasiada lírica para tanto golpe, demasiada poesía para un asesinato. Quizá sea misión imposible, pero, como decíamos respecto al tuyo, contarlo de otra manera no tiene riesgo.
En cuanto al desenlace… Pues ahí está el más grave error en mi relato. No porque sea más o menos previsible, que pocas oportunidades hay de que no lo sea: o uno mata al otro, o el otro al uno, o se quedan así como están, o denuncia y separación, o… O porque mi desenlace está tan mal resuelto que, hasta hoy, nadie lo ha visto claro, e incluso yo misma lo he obviado en mis comentarios. Y ahí sí que lo siento como un fracaso, y eso habrá -también- que corregirlo.
Gracias, Rulfo, por darme más juego para seguir trabajando.
A mí no tienes que agradecerme nada, hermoso, que por no saber callar digo muchas tonterías. Y atreverme a mentar a Nietzsche es una de tantas. Eso sí, para echarnos, van a tener que llamar al primo de Zumosol, que no ofende la ignorancia sino la falta de ganas de aprender.
Lagrimillas no, porfa, que bastantes nos regala la vida. Y voy a estrujarme la sesera para contestar a Rulfo, que tan amablemente me ha devuelto la visita.
Pd: Acabo de tener que agradecerte un nuevo conocimiento…tan tranquilo que estaba sin saber lo de la Navaja de Occam.
No sabes lo que valoro lo de no sentirme solo al no entender el relato de Rulfo…nos van a echar de aquí, por incultos. Al tiempo
Me vengo a tu rincón para agradecerte el poéma de Nietzsche, del que solo había leido, hace mucho tiempo, El Anticristo…me ha gustado tanto que tendré que volver a leer algo suyo. Muchas gracias.
Y, bueno, he pensado en buscar un emoticón (¿Se dice así?) pero no se hacerlo y además prefiero que me imagines como a ti te de la gana, con una sonrisa bobalicona y una lágrima en el rabillo del ojo.
Te la debía y aquí estoy Dies Irae. Un relato bien escrito y con algunas frases poéticas muy elaboradas, que le dan cuerpo y lo adornan a la vez. Suscribo, además, lo que dicen algunos: la historia se va desarrollando poco a poco, entre esa lírica en la que tienes buena mano. Lo que ocurre, a mi juicio, es que, en ese triángulo padre, madre, niño, y tal como iba la historia, no cabían muchas cosas más. Y, para mitad de la historia, ya se adivina por donde iría. Al menos es lo que a mi me ha pasado. Es un tema muy utilizado en el relato—ojo que con eso no quiero quitarle importancia, al contrario, desgraciadamente sigue estando ahí casi cada día—, y eso, a ti, en cuanto a ocultar el desenlace, te ha jugado un mala pasada, porque se intuye. Hay también, pero esto puede ser un tema exclusivamente personal, demasiada abundancia de poesía para ser un relato de violencia de género. Recuerdo el relato sobre este mismo tema que ganó hace dos años: “Bajo al súper”. A mi me encantó, porque desde las primeras frases donde se contaba que la mujer iba preparando la cena mientras él llegaba, se utilizaban vocablos y frases más bien duras o como mínimo normales, sin poesía, acordes al drama que se avecinaba. A pesar de todo, me ha gustado como va apareciendo la tragedia hasta desembocar en el último párrafo donde surge la sangre, el cuchillo….
Suerte
Jazzmina, Isabel de Poitiers, gracias por la visita y por la suerte que invocáis, más si las frases largas a una y las circunstancias personales a la otra, no favorecían su lectura. Ese esfuerzo os lo agradezco especialmente.
Suerte también para vosotras.
Lovecraft, contesté en la guarida del Asesino, gracias también a ti por compartir reflexiones.
Los malos tratos siempre presentes en este certamen. A pesar de que el tema no es nuevo y, en estos momentos de mi vida, no es lo que más me apetece leer, me ha gustado mucho tu relato. Mucha suerte!!
Me pareció muy pertinente este artículo y quise compartirlo con vosotros:
http://rescepto.wordpress.com/2008/03/23/garabatos/
Relato sobre los malos tratos y la violencia de género,visto por los ojos de un niño. Durante la primera parte las descripciones de Reyes, la procesión de Semana Santa, las carreras de coches…, parecen bastante normales, no se intuye el drama. Hasta que los diferentes accidentes de la madre, hacen presagiar los malos tratos, Finalmente aparece el cuchillo y se desata la violencia. Quizá sea lo mejor del relato, según mi parecer. Tenerlo escondido, para irlo desenredando poco a poco. Lo que menos me ha gustado son algunas frases demasiado largas. Pero eso depende de cada uno.
Suerte Dies Irae
Firmin, Biznaga, se agradece vuestro paso. Supongo que, tras atrevernos a colgar un relato, todos nos sentimos un poco como faros solitarios. Al ver las huellas que dejan los lectores, nos da un poco de confianza sentir que no hacemos mal del todo ese empeño en alumbrar un mar desconocido.
(Bah, que el ser de secano, a veces, provoca alucinaciones retóricas).
Creo que es un relato excelente. Uno de los mejores que he leído en el certamen. Un tema tan duro y visto desde los ojos de un niño, que es el narrador más inocente para contar esa crueldad con las palabras más elocuentes. Tiene sutileza en las descripciones y eso se agradece en este tipo de temas.
Lo de la mezcla de narradores, nos pasa a todos. Pero el niño lleva la voz.
Enhorabuena y mucha suerte.
Sobrecogedor. Me quito el sombrero ante su forma de narrar.
Merece estar entre los finalistas.
Suerte y gracias por sus comentarios a mi relato.
Ms. Rioja, revisado el relato con sus ojos, les doy la razón a usted y a Avril. En algún párrafo se me mezclan las voces. Buena vista, mira que lo había revisado veces. Siempre se aprende de las lecturas ajenas y, sólo por eso, ya me ha merecido la pena participar en el certamen. Muchas gracias a ambas por su atenta lectura.
Gracias, Bonsái, también por la suya. Es un placer verla por aquí, y espero que no le disguste mi música de fondo, jejé.
Dies Irae o señora Ira:
Un tema muy tratado, sí, a veces hasta el cansancio, pero no por ello menos actual e importante.
Ha realizado un despliegue narrativo exquisito. Se nota el trabajo, el empeño y los años de perfeccionamiento que dedica a escribir bien.
Puede que no sea una escritora de renombre, pero todo llega.
Me ha gustado cada una de sus descripciones, el juego que realiza con los colores de los moretones, el color rojo de la plastilina, la forma en que el niño percibe las circunstancias que lo rodean. El hecho de hacernos ver la violencia sin emplear violencia. En ningún momento nombra usted ningún golpe, todo lo muestra de una manera velada, lo deja caer como al pasar y va tejiendo la trama de esta historia. El final tal vez no sea el que se debiera lograr, pero sí es un final real. Pues o ella muere de una paliza o lo termina matando.
Señora Ira, reciba usted mis felicitaciones.
Se me olvidó el té con pasas en mi relato, ¡Qué descortés por mi parte! pero ya las traigo de nuevo.
No quería decírtelo en mi comentario anterior para que no me hicieras «la pelotilla» en el mio, pero ahora ya puedo. Creo que (basándome en los relatos que he leído) vas a quedar entre los finalistas, junto con el de Mr Rioja, y el del Asesino de Morfeo.
A ver si tienes suerte, y no publican mas relatos como este, que lo único que hacen es desmotivarnos a todos los demás.
Un saludo, y por aquí te dejo las pastas.
Un relato que me ha comovido. Me ha encantado el simbolismo de la plastilina y la descripción del niño jugando con ella es tan perfecta que yo sentía plastelina en mis propios dedos!
Está muy bien escrita CREO desde el punto de vista del niño con sus inocentes reacciones frente a los ‘accidentes’ de su madre, las mentiras de su padre. Entonces, como a Avril, me habían chocado algunas frases que no estaban en la voz del niño. Pero me ha gustado mucho. Enhorabuena
Gracias, Sr. Craft y Srta. Bennet por sus palabras y sus lecturas.
De Maurice confío en que, si hay tercera, empiece a buscar los fallos que seguro se han colado, pues siempre los hay.
Y por casa de la señorita me pasaré en cuanto pueda a devolverle la visita. Si me invita a un té con pastas -o a una cervecica-, hablaremos de cementerios y de finales trágicos (evité, puede decírmelo, el desgraciadamente más común, pues no tuve valor para relatarlo, y me decidí por una «venganza de género» en un ser de ficción fácilmente odiable).
Un abrazo repartido.
Un abrazo entre letras.
Hola Dies Irae:
No me suelen gustar las temáticas de violencia de género, suelen estar muy explotadas.
Repito: No suelen gustarme las temáticas de violencia de género.
Y esta si me ha gustado.
Una forma de narrar… que me ha traído a algún clásico de vuelta a la cabeza. Hay una frase, que me ha tocado muy hondo «Ángel odiaba la espesa altura de los cipreses, la linealidad de las lápidas y el miedo atroz a leer los nombres inscritos en ellas» Había frases más espectaculares, mas recargadas, pero esta se ha llevado toda mi atención.
A mi mientras lo he leído, me ha parecido agonizante. Desde el principio sabemos el final de esta historia, pero mientras lo lees, tratas, que de alguna manera, la historia de un giro para no desembocar en ese final, aunque es irremediable.
Muchísima suerte.
¡Muy bueno! Es de esos relatos que no basta con leer una vez. La primera no entiendes muy bien lo que está pasando hasta el final. La segunda ves que todo encaja. La tercera te recreas en la escritura. Y si siguiera leyéndolo, no me cabe duda de que continuaría encontrándole virtudes.
Enhorabuena y mucha suerte.
¿Patriarcado? ¿No será machismo o violencia de género?
Gracias, Agatha, Avril y Caos por vuestra parada en mi relato.
Avril, el narrador no es -ni pretende ser- el niño, por lo que me preocupa que en algún momento tenga una voz infantil. Sí intenta reflejar el modo en que vive su situación familiar. Gracias por comentarlo, revisaré bajo ese punto de vista si me he equivocado.
Caos, serio o no, es ficción. Me gustaría que sacase su cinismo, seguro que me ayuda a pulir defectos en el relato.
Salud a todos.
No consigo desplegar mi cinismo completamente con los temas demasiado serios; tendré que trabajarlo.
Apreciada Sra. Ira (o señor, que nunca se sabe), Me ha gustado el relato, con esa ingenuidad protectora que impide que el niño sea consciente de la trite realidad en la que vive. Los lectores nos vemos arrastrados por la lectura hasta descubrirlo. Enhorabuena y suerte
Un problema tan viejo como el patriarcado. Bien escrito,el lenguaje en algún párrafo pierde la voz de niño, pero te va llevando sin poder dejar de leer. Me gusta.
Gracias por comentar el mío.
Suerte
Me encantó el relato, preciosas descripciones… Un cuento con carácter, sin duda. Si está difícil este concurso… Oigan!!!!
Enhorabuena Dies, escribe usted magníficamente.
Saludos de Agatha. Dese usted por admirado/a.
Gracias, Lovecraft. No sé si consumado o consumido, pero si aprendemos unos de otros con los comentarios, no será tan dura la caída después de la empinada cuesta. Enhorabuena por su trabajo de crítica, que veo abundante. Procuraré acompañarle en ella.
veiksmi arī jums, o como se diga, ;-). Un saludo.
Gracias, Yaguareté, y no tema: un felino selvático jamás puede ser cursi (ha habido que consultar la enciclopedia, pero de eso se aprende también). Espero verle pronto por aquí.
Violencia de género e inocencia infantil. Dos ingredientes que mezclan fatal en caulquier cóctel pero que tu relato ha sabido conjugar con una destreza propia de un literato consumado. El párrafo donde se describen por colores y se justifican los hematomas de la madre no tiene desperdicio. Muy bueno. Este certamen se está poniendo cada vez más cuesta arriba.
Laimė
La narración va llevando al desenlace… (me pondré cursi) como el rio lleva al mar. Es un tema muy actual y excelentemente escrito, casi diría que es el alma de un documental sobre el drama que describe, visto por los ojos inocentes de un niño. Precioso, tierno y al mismo tiempo golpeador y contundente.