108- Alma de carrusel. Por Dies Irae
- 21 octubre, 2012 -
- Relatos -
- Tags : 9 Certamen de Narrativa Breve 2012, carrusel, plastilina, relatos
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Hoy hace justo un año, papá le regaló por su cumpleaños la caja de plastilina con piezas de todos los colores. Ahora falta el rojo. Ángel toma otra pieza, ya no importa el color, y la aprieta entre los dedos.
Cuando terminaron de comer juntos la tarta, retiró el resto de los libros y juguetes, rompió el celofán transparente y empezó a amasar las piezas de colores. Se levantó y cerró la puerta para no distraerse con las voces de papá y mamá en la cocina, medio ahogadas por los goles cantados del Carrusel Deportivo. Ángel creía que los partidos de fútbol en la radio eran la afición favorita de papá y mamá. La plastilina roja se le amansó en las manos hasta ser traspasada y sintió el filo de las uñas rasgando el dibujo frágil de su vida. Tiró la caja al suelo y aplastó las piezas a golpes con los pequeños puños cerrados. El último sonó como un chasquido de madera o huesos, pero él no sintió dolor. Luego escuchó el ruido de la puerta de entrada y se asomó a la cocina sin hacer ruido. Papá no estaba, mamá estaba sentada, de espaldas, escuchando el partido de la jornada. Sin volverse, lo mandó a su cuarto con su voz de palomas temblorosas.
Volvió al comedor y recogió con esmero los pegotes de colores adheridos en las baldosas frías, raspando con la uña las junturas. Luego modeló un corazón de plastilina, grande, rojo, con ojos verdes y sonrisa amarilla y lo dejó sobre la mesa. Llevó a su cuarto los regalos, se puso el pijama, hizo pis, se lavó las manos y los dientes, apagó la luz y se acostó.
Se durmió pensando en que, después del verano, el tiempo se convertía en un reloj de arena al que le engordaba la cintura casi hasta desaparecer. Empezaba el colegio, pasaba su cumpleaños y, antes de darse cuenta, caían las hojas de los plataneros, volvían las bufandas al armario y tenía que ir al cementerio. Ángel odiaba la espesa altura de los cipreses, la linealidad de las lápidas y el miedo atroz a leer los nombres inscritos en ellas, y no quería otra Navidad sin mamá, de visitas al hospital, de sabor a sangre o vómito que le subía por el esófago cuando veía al médico que no había sabido salvar a su hermanito. No quería otra Navidad cenando solos y en silencio, papá corriendo los muebles, montando la pista de carreras en el salón, antes de decirle que no se acostase tarde y encerrarse en el dormitorio. Ella había vuelto a casa en Reyes: le abrazó tan fuerte que le hizo daño. Entonces tuvo la pista de carreras y un tren eléctrico, pero los muebles del salón volvieron a su sitio y le obligaron a montarlos en su cuarto y a tener la puerta cerrada porque el ruido de los motores les molestaba. Era cierto que los de sus coches de carreras sonaban casi como los de verdad cuando los veía en la tele con papá. Le gustaba ver las carreras con papá, ese ballet de ruedas y alerones, el trazado perfecto de las curvas, aunque cerraba los ojos si había un accidente. No le gustaban los accidentes, le daba miedo la sangre. Incluso le asustaba la escayola de mamá cuando se rompió el brazo en marzo, justo antes de Semana Santa, en una caída al bajar del autobús, qué tonta, le parecía una excrecencia fantasmal y obscena.
Por eso había pasado la Semana Santa en casa de los abuelos, asomado al balcón desde donde, un atardecer, vio pasar a un Jesús ensangrentado y sufriente, las llagas en carne viva, las espinas clavadas en su frente y la espalda con las heridas sinuosas de los látigos. Y detrás de él, a María derramando lágrimas como perlas blancas, acompañados por un retumbar monótono pero creciente de tambores. Ángel envidió el resplandor de las corazas y espadas que llevaban los romanos. Cuando terminó la procesión, buscó el cuchillo grande que el abuelo usaba para cortar cecina y lo escondió bajo su almohada. Pero antes del verano, y de las vacaciones, mamá encontró el cuchillo, se lo devolvió al abuelo y lo mandó castigado a su cuarto. Luego le llamó para la cena y lo abrazó y le hizo prometer que no iba a volver a hacerlo nunca más.
Al terminar el curso, pasaron a despedirse de los abuelos antes de partir hacia quince días de apartamento alquilado con derecho a aire acondicionado y vistas al mar. Quince días de piel quemándose capa tras capa en los que mamá hace la compra y guisa y limpia el apartamento, mientras papá le vigila desde la sombra del chiringuito, la misma canción machacona de cada verano, el mismo suelo de cabezas de gamba y manchas de cerveza. Ángel se mete en el agua apenas hasta mojarse el pequeño bañador rojo porque no sabe nadar y le dan miedo las ridículas olas llenas de algas con su espuma blanquecina y pegajosa.
Fue el último día de vacaciones y la ciudad parecía asfixiarse. Había vuelto de la playa intentando que el ruido del motor no ahogase el recuerdo rumoroso de las mareas, sin querer ver en el retrovisor la mirada de papá concentrada en el horizonte bajo el ceño fruncido, ni el levísimo temblor de los hombros de mamá. Ahora ella había tendido la ropa y, mientras la lavadora emprendía otro runrún monótono, preparaba la plancha. Un sol que silenciaba los cantos de los jilgueros y una brisa de desiertos sin arena secaban tan deprisa las sábanas y las toallas que quedaban rígidas y apelmazadas. Papá sudaba en el sofá, bebiendo cerveza helada para no pensar en la vuelta al trabajo, ante el televisor encendido y un ventilador que removía el aire espeso. Él estaba tumbado bocabajo sobre su cama, en calzoncillos, perdido en un país desconocido donde cada lago escondía un secreto que sólo podría descifrar la mujer más hermosa. De vez en cuando movía las piernas, buscando un poco de frescura en la colcha de ganchillo. Escuchó un ronquido de papá y vio pasar a mamá por delante de la puerta de su cuarto, cargada con la bandeja de mimbre trenzado, llena de ropa para planchar, y el cardenal en su pómulo derecho, tintado de violetas, azules y amarillos hacia el arco del ojo. Idéntico al de las costillas que vislumbró cuando, después de bañarle, se agachó a recoger del suelo una toalla, el del golpe contra la puerta del armario, precisamente el día dela Madre, qué torpe. Parecido, quizá un poco más azulado, que el de las vacaciones, mira que tropezarse con las maletas que ella misma alineaba en el pasillo la noche antes de irse, qué tonta, y que le obligó a ir de manga larga cuando, en la playa, salían del apartamento al anochecer a comerse la brisa fresca de las estrellas y ver la luna rota en el reflejo del mar. Los púrpuras, quizá, menos vivos que los que sobresalían del borde de la escayola de Semana Santa. El cerco amarillo no tan verdoso como el que le quedó en la tripa en Reyes, los Reyes anteriores, después de haber perdido a su hermanito porque se le enganchó el tacón en la escalera mecánica y se pegó contra la barandilla, pero qué tonta. Los últimos Reyes se había partido el labio contra un grifo del baño, limpiando la bañera. Hay que ser torpe y tonta. Éste del ojo, piensa mientras vuelve al libro, no sabe cómo se lo ha hecho, pero papá le gritaba “eres tonta” por encima de los goles del partido de la jornada del Carrusel Deportivo de la Cadena Ser. Aunque hubiera terminado la liga siempre había goles y Carrusel Deportivo en la radio, incluso el último día de playa.
Ángel, hoy, toma un trozo de plastilina, de cualquiera de los colores de un cardenal excepto el rojo, porque rojo no queda: hay blanco, amarillo, verde, marrón, azul, negro. Toma uno cualquiera, sin fijarse, lo amasa entre los dedos y recuerda que escuchó el ronquido de papá. También recuerda, vagamente, algo como un rugido sofocado, un gemido de esfuerzo. Apenas nada más que ese suspiro, jadeo, grito ahogado, exhalación, vida o muerte saliendo violentamente de los pulmones, los pulmones de papá, de mamá, los suyos, no puede recordarlo. Sólo ese sonido de viento en una gruta, que no sabe si fue como de morir o como de matar, nada más desde que oyó el ronquido desde su cuarto hasta que vio a papá en el salón, que se había deslizado hasta el suelo, con el cuchillo del abuelo clavado en el pecho y los ojos cerrados y la boca abierta como cuando dormía, y la sangre ya espesa escurriendo de la herida. Sin embargo, recuerda algo más claramente haber visto a mamá limpiar el mango con un paño de cocina y apretar luego la palma de su mano aferrándolo, sin importarle que el delantal y sus rodillas se empapasen en la marea que se extendía, muy despacio, sobre las baldosas. A partir de ahí recuerda todo. Recuerda perfectamente que pensó en la sangre viscosa y caliente y el suelo fresco y sus pies descalzos. Recuerda que sobre la camiseta blanca de tirantes se secaba deprisa la sangre, mostrando todos los tonos del rojo, casi anaranjado al lado del cuchillo, casi negro ya el borde del dibujo confuso, indescifrable, hipnótico, y, entre ellos, el rojo rojo, rojo plastilina, como los regueros que bajaban de la nariz de mamá el día del último cumpleaños de Ángel, cuando en el Carrusel Deportivo cantaban gol y ella se tropezó con la silla de la cocina, qué tonta, y cuando se asomó la vio reflejada en el cristal de la puerta del tendedor como en un espejo sobre la noche negra del patio de luces, los regueros de sangre más seca escurriendo por el canal misterioso de sus pechos, la silla con un brote de astillas o de huesos al aire, como un crecimiento espontáneo y sorprendentemente blanco, pero ahora sabe que el balón no tiene en su alma de carrusel los labios partidos.
Ángel está haciendo el último curso de primaria en la escuela del pueblo de los abuelos y luego, ya veremos, dicen. A veces hablan del abogado, de un recurso, defensa propia, dicen. Una vez al mes le dejan visitar a mamá y ella le cuenta que cada noche besa el corazón rojo de plastilina que tiene apoyado en la pared, sobre la mesita.






Siempre me hallaréis… ¡Qué sino!
Pero si entrasteis primero
en mi señorial morada
la respuesta precisada
quedó en casa de Morfeo.
Andad pues, leed, y luego
preparad buen desayuno
(que no estamos en ayuno)
y encended pronto un buen fuego.
Y después, mandadme un coche.
Más no antes de que descanse;
que me agota tanto lance,
tanto verso y tanta noche.
Gracias también a ti por la visita y el comentario al relato, Anaxío de Eu. Tu seudónimo me intriga, por cierto.
En cuanto al teatro que nos traemos entre manos, no te levantes de tu butaca, amigo. No se ha dicho todavía la última palabra. :-S
¡Salud y suerte!
Gracias por tus palabras, Hombre sin Abrigo.
Retuve mucho tiempo este relato, pues temía sobrepasar con creces la línea de la sensiblería. Por fin, animada por mis incansables críticos, correctores y amigos, lo traje aquí. Confieso, ya que está próximo el final del concurso, mi sorpresa por la acogida que ha tenido. Pero quizá lo más asombroso es que cada comentario le da valor a una parte distinta del relato: a una frase concreta, al juego de los colores, a la visión infantil… El enorme corazón de plastilina que abre y cierra el relato me parecía cursi e incluso efectista… y tú me lo has salvado.
Como dijo hace unos días El asesino de Morfeo, vendemos cachitos del alma con el libro. Ese ya no es mío, ahora es tuyo. Espero que te sirva de abrigo, ahora que las noches empiezan a ser frías.
Un abrazo y gracias de nuevo.
Buenos días,
Una excelente forma de narrar el trágico episodio. Me ha gustado mucho la perspectiva, totalmente en concordancia con el texto. Enhorabuena.
No quiero despedirme sin comentar la maravillosa dialéctica que os habéis traido entremanos entre el asesino de Morfeo, Don Juan y tú… me he pasado un buen rato, ¡sí señor!
Saludos
Anaxío de Eu
El final de este relato, me parece, es de los más impactantes del certamen. Me encanta el recurso del corazón de plastilina, como último recuerdo de una familia que, acosada por la violencia, fue perdiendo gradualmente su unidad. Saludos cordiales,Dies Irae.
A Dies Irae vine a buscar por no ser descortés en casa de Morfeo y encontré lo que no buscaba: infieles y picantones entre vinos y tacones…
Sigue mi espada en pos de vuestras huellas de tinta.
Corre mi pluma helada de bodega a carrusel…¡Uf, qué empresa!
«Mas ya me irrita, por Dios,
verme por todos burlado,
corriendo desalentado
siempre de sombras en pos».
¿Habré de hallaros por fin?
¡Así me gusta! con tacones,la nariz empolvada, los guantes hasta el codo y cubiertos de pulseras. Levanta la ceja y mira con aire displicente; yo cojeré el bastón con empuñadura de plata y me embozaré con la capa que guardo para estos eventos. Te advierto que tengo a Don Juan de okupa en la bodega y no precisamente de convidado de piedra….Vayamos pues a ver si el ingenio nos brota como a ese malvado hacedor de versos…que está desatado.
Si a la quinta copa de champagne se me tuerce el monóculo, hazme el favor de enderezarmelo y si ves que sigo con el poema de la Pepa…mandame a la cama, que es que tengo mal vino francés.
Dame un segundo, que me pongo los tacones. Mientras, te diré que las visitas deben ser en reconocimiento a la tourné que he hecho hoy, prodigando halagos, consejos y disgusto donde mejor me ha parecido.
¿Llevas el paraguas grande? Pues vamos.
Ya he vuelto..¿Has tirado los kleenex? venga, vente a la bodega que hay que celebrar que eres la más visitada, señora condesa.
Por cierto, lo de los kleenex es una ordinariez; para tí, pañuelos bordados en fina batista, con puntillas, y la mesa, ésta noche con vol a vent (o como se diga)y champagne. De fondo un minué.
Esta noche vamos a ser más pedantes y cursis que nadie. Vete ensayando
Yo los abrazos, aunque sean virtuales, los prefiero de corazón y no con dibus. Y la sonrisa, en cuanto me atuse bien la cola de ardilla al calor de tu chimenea, si preparas un buen fuego para templar la bodega.
PD: aunque sea con un emoticón…¡Dios, lo que estoy aprendiendo!
¡Pues arriba, mi pequeña roedora! Venga, sacúdete el barro y, de dos saltitos, llega hasta aquel claro, jura y maldice con voz estentórea (eso ayuda mucho) y luego busca aquel rayo de sol que siempre está escondido detrás de las nubes. Voy a recordarte, como a mi me lo recordó Bonsái, el poéma de Benedetti.
Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y de los miserables
de las ausencias transitorias
y de las definitivas
Si te resulta más cómodo seguir leyéndolo, en mi rincón lo dejó, como un ramo de flores, Bonsái.
Y si, Iri, llueve en mi tierra reseca y tu,utiliza esa lluvia para limpiar el espíritu de negros nubarrones.
Vale, quiero un abrazo y una sonrisa.
¿Volver de entre las sombras, Don Juan?
No, mi alma no busca aplausos. Y, puesto que elegisteis vuestro camino, no desandéis vuestros pasos por la inútil virtud de la compasión. Tampoco mi corazón quiere saber de venganzas, e incluso comienza a hallarse cómodo en esta sepultura, ahora que vamos venciendo la humedad de las lágrimas.
(¿Melancólico, dije? Totalmente kleenex, ya lo veo venir.)
Obviamente, esta respuesta era para El asesino de Morfeo (tu amiga la ardilla se resbaló en las cortezas mojadas y negras de los árboles del parque).
Don Juan Tenorio no ha presentado relato, al menos con ese seudónimo. Pero no dejes, querido amigo, que un espectro te quite el sueño y haga realidad el tuyo (tu seudónimo).
Buendía y, dime: ¿llueve en tu tierra reseca como en mi desértica depresión? Preveo un día melancólico, el concurso va acercándose a su final.
Dies Irae, Dies Irae…
¿Por qué seguir vuestro rastro de epitafio en epitafio?
¿Por qué condenarme a tan funesto paseo? Tened por cierto que volveré de entre las sombras si así os place.
Y aplaudiré. Os aplaudiré.
«Yo soy vuestro matador,
como al mundo es bien notorio;
si en vuestro alcázar mortuorio
me aprestáis venganza fiera,
daos prisa, que aquí os espera
otra vez don Juan Tenorio»
(…)
No os podréis quejar de mí,
vosotros a quien maté;
si buena vida os quité,
buena sepultura os di.
Cae mi telón. Es hora de levantar el vuestro.
¡Que alguien me diga el número donde está Don Juan..! por favor, me está entrando miedo. las casualidades misteriosas y ahora la visita de un espectro que me ha dejado la cabeza llena de versos.
Mira, ahora me sale lo de:
Trepa que trepa que trepa.
Sube que sube que sube.
en brazos cae de un querube
la hija del conde, la Pepa.
A ver que hago yo con ésto.
Espero, ya que
«es el Dios de la clemencia
el Dios de don Juan Tenorio»,
tengamos el gusto de seguir disfrutando de su presencia una vez terminada tan ingrata tarea, pues seguro sabrá encontrar nuestro rastro siguiendo los epitafios.
Un placer.
Brillantes octosílabos, ¡vive Dios!
Dan aliento a mi agonía.
Las que iluminan mi silla,
no son las Ánimas, no.
Si acaso, me iluminó
la luz de José Zorrilla.
(Improvisando con prisas, para no entretenerle más en su recorrido)
Felices tumbas, Don Juan.
¡Aparta, piedra fingida!
Suelta, suéltame esa mano,
que aún queda el último grano
en el reloj de mi vida»
¡He de recorrer tantas páginas antes de que el telón caiga sobre mi sepultura..! ¿Acaso, Dies Irae, te han iluminado las Ánimas? Temo por mi misión. Pocos sois los elegidos.
Hasta medianoche «aquí está don Juan Tenorio
para quien quiera algo de él»
Gracias, Aurelius, por pasar por aquí y por tus amables palabras. Es un halago que te enganchase.
Lo mismo te deseo, nos vemos por aquí.
Qué escalofrío, Don Juan…
Gracias por la mención y…
Y medita con cordura
que es esta noche, don Juan,
el espacio que nos dan
para buscar sepultura.
Adiós, pues; y en la ardua lucha
en que va a entrar tu existencia,
de tu dormida conciencia
la voz que va a alzarse escucha;
porque es de importancia mucha
meditar con sumo tiento
la elección de aquel momento
que, sin poder evadirnos,
al mal o al bien ha de abrirnos
la losa del monumento.
¡Honor a ti, Día de la Ira!
Buen trabajo literario.
Mereces mención entre tanta tumba viva de escritores ignorados…
A ti también, como hice con Pigmalión, te dejo mis palabras de consuelo(por si acaso):
«Llamé al Cielo y no me oyó;
y, pues sus puertas me cierra,
de mis pasos en la tierra
responda el Cielo, no yo»
Hay muchas puertas.
Y algunos cielos.
Sin duda une tema candente que cada día suma más muertas en su haber. Has reflejado muy bien el conflicto a través de los ojos de un niño inocente. Me gustó cómo está escrito, he de decirte que me enganchó.
Enhorabuena y suerte, Dies Irae
Gracias, Pigmalión. Me alegro al ver que respondes y devuelves comentarios, quizá así tendré la oportunidad de que me enseñes a escribir historias de amor y muerte tan bonitas como la tuya. Estamos en contacto.
¡Cuanta razón tienen los paladines de la corrección! fijate que te había leído «que nos llaman…» en vez de «que nos llamarán…» si es que con lectores como yo de imbéciles todo el cuidado es poco.
Perdón por el malentendido.
Decir que está bien escrito (que lo está y mucho y muy limpio) es decir poco. Rezuma ternura por todas partes. Lo he visto todo a través de los ojos del niño: he ido recomponiéndolo todo al mismo tiempo que él y con la misma suavidad que su plastilina.
Enhorabuena y suerte.
¡Joder, Iri! (voy a llamarte asì desde ahora,pega con lo de la cuchipandi)que se nos está pegando el rasque de Garci Delospa…yo no he visto nada de eso, sólo, si es que nos tenemos que dar por aludidos, se nos «acusa» de buenismo y, a caso de omnipresentes. Pero sigo sin saber cómo localizar a Hoskar…no se si dormiré ésta noche.
En cuanto a lo del año pasado, no te figuro en plan vaca sagrada, es la primera vez que me presento y ….me voy a casa, aún queda un poco de longaniza y un culillo de vino. Cuando quieras vienes y lo apuramos.
Pero… ¿eso no era después de lo de la Iglesia? Bueno, es igual: el orden de los factores no altera el producto.
¡Hala,otra cosa más que agradecerte! me ha encantado Kurt Vonnegut. Voy a casa, a soltar allí mis reflexiones…más que nada para que el personal me pueda apalear por mi incultura más cómodamente. No se, ésto va a acabar conmigo…ó no, quizás era lo que necesitaba para activar mis neuronas. Besémonos, a ver si los de la cuchipandi van a ser más que nosotros…
Retroceda dos casillas, Bonsai. Y tómese un moscatelico, querida.
Ohhh… A ver, Asesino, que nos llamarán creídos, soberbios y engreídos si nos damos por aludidos (qué ripiosa estoy).
En cualquier caso, es curioso ver cómo siempre acaban repitiéndose los roles en los foros de los concursos. Me falta el Troll en éste, no sé ande andará. Pero todo lo soportaré con entereza, (mientras no aparezca Ella y me llame Vaca Sagrada), porque compensa con mucho conocer gente fantástica, con tus mismas inquietudes, capaz de competir de manera sana y noble.
No, no creo que Hóskar haya tenido ninguna aviesa intención en ese comentario. Tiemblo cuando llegue aquí, porque aprecio su ironía; espero soportarla con la dignidad de una gallina vieja por lo menos.
He leído el artículo. Está muy bueno. ¿Qué es eso de la cuchipandi?
Pásate por el 169. Es el último(¿?)comentario a Neu-Trino
¿Dónde está eso de la cuchipandi? 0_o
¡Gamínedes se apunta….Bién! mira que venía yo a preguntar si alguien sabía qué había escrito Hoskar Wild back, para preguntarle directamente una cosa. No lo encuentro más que en los comentarios.
Es que no se si se refiere a nosotros cuando habla de la Cuchipandi y si somos nosotros los que somos buenos y nos tenemos que besar.
A mi me hubiera gustado invitarle a la bodega ya que él fue el primero en hablarme de txocos y de buenismo…pero nada, no hay manera.
De todas maneras, Hoskar, dondequiera que estés que sepas que te esperamos, y si hay que darte un par de besos y un achuchón, cuenta con ello.
No me lo cuentes, Ganímedes. De momento, cuanto más lo reviso, menos entiendo, así que lo mejor será dejarlo descansar y dentro de un lustro, leerlo como si no fuese mío.
Mientras tanto, aquí traigo unos huesos de santo para los lamineros. ¡Están de muerte! Y para que no nos digan que esto no es una tertulia literaria, un enlace para debatir:
http://www.culturaimpopular.com/2012/10/el-estilo-segun-vonnegut.html
Jajaja, se me ha vuelto el loco el ordenador.
Sigo por aquí, que por allí arriba al parecer hemos utilizado el tope de respuesta sobre respuesta.
¡Pues cuando te cuente que exactamente lo que me pasó fue que creí que efectivamente el niño había matado a su padre con el cuchillo, pero al llegar al último párrafo pensé lo contrario, y volví al momento crítico! Releí y creí definitivamente que había sido ella.
¡Me apunto a esa peña, por supuesto que sí! 😀
Dies Irae, sigo por a
Gracias a ti, compañero.
Dies,Gran relato, muy bien escrito y un tema del que por desgracia se habla día sí y día también. El final espectacular. Mucha Suerte.
A sus órdenes, mi comandante: dicho y hecho. Ya le he dejado un elogio elocuente y más que merecido.
Yo tengo dos pies izquierdos, pero qué envidia me daba verlos bailar, sí. Tráigase al cojo a la bodega y que nos dé unas clases, despacito.
Pásate por el 180 y luego me cuentas, señora condesa.
Pero Bonsai… qué torpeza ni torpeza, no me hagas flagelarme más, mira que luego me vas a tener que levantar. Mejor me emborrachan un poco con Sol y el Asesino, que ya tira de un brazo. Tira del otro y quítame los tacones, verás qué rico ron quitapenas nos han regalado.
Gracias, arbolito. Ya sé porqué te podan: si dejasen crecer toda tu generosidad no cabría nada más en los recuadros.
Gracias también por la visita, Lennon. ¡Salud y suerte!
Pero qué asesino tan tierno… snif.
¿Gimnasio? ¡Vade retro, Satanás! Nos chispamos, nos chispamos. Sol nos espera con una botella de ron sin abrir, vamos a por ella.
Vengo de cotillear por tu casa…¡¿Fracaso?!…¡¿Estás tonta?!…Espera, que cojo el andador, nos vamos a chisparnos y luego al gimnasio; o quizás al revés, es que chocheo. He pensado que mejor solo nos chispamos y le dejamos el trabajo sucio al de Zumosol.
!Muy buen relato! Me enganchó de principio a fin. Sin duda dará de qué hablar… Lo felicito y aprovecho para agradecer enormemente su amable comentario en el mío.
He leído el relato nuevamente. Me da vergüenza no haber sabido ver las pistas tan claras que tú, Ira, nos vas dejando. El cuento es aún mejor de lo que yo, por mi torpeza, pude ver en un principio. Mis más sinceras felicitaciones. Estarás entre los finalistas.
Un abrazo muy fuerte.