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108- Alma de carrusel. Por Dies Irae

Hoy hace justo un año, papá le regaló por su cumpleaños la caja de plastilina con piezas de todos los colores. Ahora falta el rojo. Ángel toma otra pieza, ya no importa el color, y la aprieta entre los dedos.

Cuando terminaron de comer juntos la tarta, retiró el resto de los libros y juguetes, rompió el celofán transparente y empezó a amasar las piezas de colores. Se levantó y cerró la puerta para no distraerse con las voces de papá y mamá en la cocina, medio ahogadas por los goles cantados del Carrusel Deportivo. Ángel creía que los partidos de fútbol en la radio eran la afición favorita de papá y mamá. La plastilina roja se le amansó en las manos hasta ser traspasada y sintió el filo de las uñas rasgando el dibujo frágil de su vida. Tiró la caja al suelo y aplastó las piezas a golpes con los pequeños puños cerrados. El último sonó como un chasquido de madera o huesos, pero él no sintió dolor. Luego escuchó el ruido de la puerta de entrada y se asomó a la cocina sin hacer ruido. Papá no estaba, mamá estaba sentada, de espaldas, escuchando el partido de la jornada. Sin volverse, lo mandó a su cuarto con su voz de palomas temblorosas.

Volvió al comedor y recogió con esmero los pegotes de colores adheridos en las baldosas frías, raspando con la uña las junturas. Luego modeló un corazón de plastilina, grande, rojo, con ojos verdes y sonrisa amarilla y lo dejó sobre la mesa. Llevó a su cuarto los regalos, se puso el pijama, hizo pis, se lavó las manos y los dientes, apagó la luz y se acostó.

Se durmió pensando en que, después del verano, el tiempo se convertía en un reloj de arena al que le engordaba la cintura casi hasta desaparecer. Empezaba el colegio, pasaba su cumpleaños y, antes de darse cuenta, caían las hojas de los plataneros, volvían las bufandas al armario y tenía que ir al cementerio. Ángel odiaba la espesa altura de los cipreses, la linealidad de las lápidas y el miedo atroz a leer los nombres inscritos en ellas, y no quería otra Navidad sin mamá, de visitas al hospital, de sabor a sangre o vómito que le subía por el esófago cuando veía al médico que no había sabido salvar a su hermanito. No quería otra Navidad cenando solos y en silencio, papá corriendo los muebles, montando la pista de carreras en el salón, antes de decirle que no se acostase tarde y encerrarse en el dormitorio. Ella había vuelto a casa en Reyes: le abrazó tan fuerte que le hizo daño. Entonces tuvo la pista de carreras y un tren eléctrico, pero los muebles del salón volvieron a su sitio y le obligaron a montarlos en su cuarto y a tener la puerta cerrada porque el ruido de los motores les molestaba. Era cierto que los de sus coches de carreras sonaban casi como los de verdad cuando los veía en la tele con papá. Le gustaba ver las carreras con papá, ese ballet de ruedas y alerones, el trazado perfecto de las curvas, aunque cerraba los ojos si había un accidente. No le gustaban los accidentes, le daba miedo la sangre. Incluso le asustaba la escayola de mamá cuando se rompió el brazo en marzo, justo antes de Semana Santa, en una caída al bajar del autobús, qué tonta, le parecía una excrecencia fantasmal y obscena.

Por eso había pasado la Semana Santa en casa de los abuelos, asomado al balcón desde donde, un atardecer, vio pasar a un Jesús ensangrentado y sufriente, las llagas en carne viva, las espinas clavadas en su frente y la espalda con las heridas sinuosas de los látigos. Y detrás de él, a María derramando lágrimas como perlas blancas, acompañados por un retumbar monótono pero creciente de tambores. Ángel envidió el resplandor de las corazas y espadas que llevaban los romanos. Cuando terminó la procesión, buscó el cuchillo grande que el abuelo usaba para cortar cecina y lo escondió bajo su almohada. Pero antes del verano, y de las vacaciones, mamá encontró el cuchillo, se lo devolvió al abuelo y lo mandó castigado a su cuarto. Luego le llamó para la cena y lo abrazó y le hizo prometer que no iba a volver a hacerlo nunca más.

Al terminar el curso, pasaron a despedirse de los abuelos antes de partir hacia quince días de apartamento alquilado con derecho a aire acondicionado y vistas al mar. Quince días de piel quemándose capa tras capa en los que mamá hace la compra y guisa y limpia el apartamento, mientras papá le vigila desde la sombra del chiringuito, la misma canción machacona de cada verano, el mismo suelo de cabezas de gamba y manchas de cerveza. Ángel se mete en el agua apenas hasta mojarse el pequeño bañador rojo porque no sabe nadar y le dan miedo las ridículas olas llenas de algas con su espuma blanquecina y pegajosa.

Fue el último día de vacaciones y la ciudad parecía asfixiarse. Había vuelto de la playa intentando que el ruido del motor no ahogase el recuerdo rumoroso de las mareas, sin querer ver en el retrovisor la mirada de papá concentrada en el horizonte bajo el ceño fruncido, ni el levísimo temblor de los hombros de mamá. Ahora ella había tendido la ropa y, mientras la lavadora emprendía otro runrún monótono, preparaba la plancha. Un sol que silenciaba los cantos de los jilgueros y una brisa de desiertos sin arena secaban tan deprisa las sábanas y las toallas que quedaban rígidas y apelmazadas. Papá sudaba en el sofá, bebiendo cerveza helada para no pensar en la vuelta al trabajo, ante el televisor encendido y un ventilador que removía el aire espeso. Él estaba tumbado bocabajo sobre su cama, en calzoncillos, perdido en un país desconocido donde cada lago escondía un secreto que sólo podría descifrar la mujer más hermosa. De vez en cuando movía las piernas, buscando un poco de frescura en la colcha de ganchillo. Escuchó un ronquido de papá y vio pasar a mamá por delante de la puerta de su cuarto, cargada con la bandeja de mimbre trenzado, llena de ropa para planchar, y el cardenal en su pómulo derecho, tintado de violetas, azules y amarillos hacia el arco del ojo. Idéntico al de las costillas que vislumbró cuando, después de bañarle, se agachó a recoger del suelo una toalla, el del golpe contra la puerta del armario, precisamente el día dela Madre, qué torpe. Parecido, quizá un poco más azulado, que el de las vacaciones, mira que tropezarse con las maletas que ella misma alineaba en el pasillo la noche antes de irse, qué tonta, y que le obligó a ir de manga larga cuando, en la playa, salían del apartamento al anochecer a comerse la brisa fresca de las estrellas y ver la luna rota en el reflejo del mar. Los púrpuras, quizá, menos vivos que los que sobresalían del borde de la escayola de Semana Santa. El cerco amarillo no tan verdoso como el que le quedó en la tripa en Reyes, los Reyes anteriores, después de haber perdido a su hermanito porque se le enganchó el tacón en la escalera mecánica y se pegó contra la barandilla, pero qué tonta. Los últimos Reyes se había partido el labio contra un grifo del baño, limpiando la bañera. Hay que ser torpe y tonta. Éste del ojo, piensa mientras vuelve al libro, no sabe cómo se lo ha hecho, pero papá le gritaba “eres tonta” por encima de los goles del partido de la jornada del Carrusel Deportivo de la Cadena Ser. Aunque hubiera terminado la liga siempre había goles y Carrusel Deportivo en la radio, incluso el último día de playa.

Ángel, hoy, toma un trozo de plastilina, de cualquiera de los colores de un cardenal excepto el rojo, porque rojo no queda: hay blanco, amarillo, verde, marrón, azul, negro. Toma uno cualquiera, sin fijarse, lo amasa entre los dedos y recuerda que escuchó el ronquido de papá. También recuerda, vagamente, algo como un rugido sofocado, un gemido de esfuerzo. Apenas nada más que ese suspiro, jadeo, grito ahogado, exhalación, vida o muerte saliendo violentamente de los pulmones, los pulmones de papá, de mamá, los suyos, no puede recordarlo. Sólo ese sonido de viento en una gruta, que no sabe si fue como de morir o como de matar, nada más desde que oyó el ronquido desde su cuarto hasta que vio a papá en el salón, que se había deslizado hasta el suelo, con el cuchillo del abuelo clavado en el pecho y los ojos cerrados y la boca abierta como cuando dormía, y la sangre ya espesa escurriendo de la herida. Sin embargo, recuerda algo más claramente haber visto a mamá limpiar el mango con un paño de cocina y apretar luego la palma de su mano aferrándolo, sin importarle que el delantal y sus rodillas se empapasen en la marea que se extendía, muy despacio, sobre las baldosas. A partir de ahí recuerda todo. Recuerda perfectamente que pensó en la sangre viscosa y caliente y el suelo fresco y sus pies descalzos. Recuerda que sobre la camiseta blanca de tirantes se secaba deprisa la sangre, mostrando todos los tonos del rojo, casi anaranjado al lado del cuchillo, casi negro ya el borde del dibujo confuso, indescifrable, hipnótico, y, entre ellos, el rojo rojo, rojo plastilina, como los regueros que bajaban de la nariz de mamá el día del último cumpleaños de Ángel, cuando en el Carrusel Deportivo cantaban gol y ella se tropezó con la silla de la cocina, qué tonta, y cuando se asomó la vio reflejada en el cristal de la puerta del tendedor como en un espejo sobre la noche negra del patio de luces, los regueros de sangre más seca escurriendo por el canal misterioso de sus pechos, la silla con un brote de astillas o de huesos al aire, como un crecimiento espontáneo y sorprendentemente blanco, pero ahora sabe que el balón no tiene en su alma de carrusel los labios partidos.

Ángel está haciendo el último curso de primaria en la escuela del pueblo de los abuelos y luego, ya veremos, dicen. A veces hablan del abogado, de un recurso, defensa propia, dicen. Una vez al mes le dejan visitar a mamá y ella le cuenta que cada noche besa el corazón rojo de plastilina que tiene apoyado en la pared, sobre la mesita.

367 Comentarios a “108- Alma de carrusel. Por Dies Irae”

  1. Dies Irae dice:

    A traición nunca, Rulfo… espero, pues por haberla sufrido alguna vez es algo que detesto. Aquí, a la vista de todos, y tampoco es cuchillada, profe, no te lo tomes así. El sombrero viene a cuenta de otro cuento que por ahí anda y tu tono, que me resultó didáctico. También yo lo soy (didáctica, digo), y demasiado, y sin razones morales ni legales para serlo.

    En serio, buscaré el libro de Saccomano, que me atrae. Y sí, por ahí había dicho yo también que hay diferentes formas de leer, y que la del aprendiz de juntaletras debe ser especialmente morosa y analítica.

    Vigilaremos nuestras espaldas, Rulfo. Me ha alegrado verte de vuelta por aquí. Un abrazo.

  2. Rulfo dice:

    ¡Ajá! Dies Irae, de vez en cuando conviene pasarse por donde hayas dejado algo. Por ver si alguien te acuchilla a traición. Fuera bromas, ¿cuál es la metáfora?, la del sombrero quiero decir. No la pillo, y, la verdad, es una prenda que no he utilizado nunca. Aún si fuera gorra…

    Suerte

  3. Pigmalión dice:

    Dies Irae:

    Llega el final… , del Certamen. Como creo que la suerte (suponiendo que al buen trabajo se le llame así) estará de tu lado… Espero ver tu auténtico nombre publicado y continuar esta tertulia («presiento que puede ser el comienzo de una bonita amistad») literaria.

  4. El asesino de Morfeo dice:

    No mujer, caí en la cuenta, te dejé la nota y volví a la bodega para recibiros. Por cierto, había interpretado tu alusión al corazón como a algo sentimental. Espero que ése corazón al que te refieres esté ya restablecido y bién cuidado.
    No se si te va a gustar el comentario a tu enlace que he colgado en la puerta de mi casa.
    No me lo tomes en cuenta, paladina de la corrección, sabes que estoy a tus pies.

  5. Dies Irae dice:

    ¡¡Hombre sin abrigo!! El frío te está perjudicando… por dios, seis veces. Para, para, que me haces sonrojar. 😉

    Un abrazo, nos vemos por los comentarios, esperando el dictamen del público, el jurado y la prensa, jejé.

  6. El asesino de Morfeo dice:

    ¡Que día tienes!

    ¡¡¡ Jazz!!!

  7. El asesino de Morfeo dice:

    Te has levantado poética e ingeniosa…yo no, déjame un tiempo porque lo de «Condesa con ojos de ardilla» no termina de gustarme…de momento me quedo con Iri que es más entrañable. Pero seguiré rumiando

  8. Dies Irae dice:

    Ya veo que, pese a mis cuidados, bebiste a escondidas, hasta el punto de que no recuerdas nada de tu terrorífica fiesta de anoche. Defendiéndonos de colmillos atrevidos estuvimos toda velada, hasta bien entrada la madrugada incluso. Las ojeras de hoy no son maquilladas, puedes creerlo.

    Dioses, qué lío con este reloj que también parece de plastilina.

  9. Dies Irae dice:

    De ahí, de la música; de ahí y de la ternura de los amigos que me regalan seudónimos moldeables como plastilina, y acaban convertidos en pájaros que vuelan libres. Te pediré uno, un día. Ve pensando.

  10. Dies Irae dice:

    ¡¡Jazz!!

    ¡Mi salón de música lleno de ritmos sincopados! Violas, violines y cello contemplan atónitos cómo el contrabajo loco baila al son de un pianista que salta sobre la banqueta, mientras un saxo soprano, oculto tras gafas negras, arranca pedazos del blues de la luna, envolviendo al respetable en humo.

    Jazz, Fanny!

  11. Dies Irae dice:

    Como una reina, te has portado: elegante, magnánima y señorial. Yo también quiero ver esa cara, así que me guardarás un huequito a tu lado, entre el público. Pero, mientras tanto, ya te he puesto el gorro puntiagudo y te arrastro a la bodega del Asesino, verás que la altura de las discusiones es inversamente proporcional al consumo de destilados etílicos. Y, no sé por qué, presiento que no despreciarás un buen orujo con lagartija seca.

    Un besico, guapa.

  12. Hombre sin abrigo dice:

    Caray, he leído el relato aproximadamente seis veces y, cada vez que llegó al final, aunque ya lo conozco y soy capaz incluso de recitarlo, me sorprende y me conmueve hasta las fibras más íntimas. Un excelente trabajo, Dies Irae: el alud de comentarios positivos lo avala. Saludos cordiales. 🙂

  13. El asesino de Morfeo dice:

    ¡Menudo plantón! y yo esperandoos en la bodega, el toscano apagado y el colmillo ensangrentado de morcilla….¡Que tal lo habeis pasado?, me he enterado tarde que la fiesta era en la capilla de palacio…maldito sonotone, ya se ha estropeado otra vez.

  14. El asesino de Morfeo dice:

    ¿De ahí lo de Dies Irae?…la verdad es que es acojonante, como el ciprés de sacha, y el director nos sirve como perfecta encarnación de los primeros Dráculas cinematográficos. Buena elección.
    Pero luego podemos poner lo de la virirrubina ¿verdad? que yo me conozco y enseguida me engolo.

  15. lamari dice:

    He hecho una copia de seguridad por si me atrapa un spam o la mano negra.Creo que me han robado más de seis comentarios.Lo mismo están debajo de la almohada, junto al cuchillo.
    jejejej

  16. lamari dice:

    He puesto ya una hucha para viajar desde mi lejana existencia a la entrega de premios.No quiero perderme esa carita que se os pone a los plumillas cuando subís al estrado a recoger el premio, más si viene de la mano de un ser de otro planeta.No tengo amor propio para opinar de su relato.Me gusta quitar la funda de los sofás y admirar lo que debajo se esconde, el suyo está tan a la vista que pierde mi interés.Pero leído, lo leído ahí arriba..Foro, chat o tertulia literaría mejor me voy no vaya a ser que me quede encerrada en discusiones donde no estaré a la altura y tenga que trepar por el ciprés frondoso, espeso o denso de esa copa cónica, piramidal o simplemente copa.Antes de salir corriendo decirle que cuando recoja el premio me presente al Asesino de Morfeo creo que me enamorao de sus comentarios.

    Saludos

    Pd__Me he portado bien?

  17. Fanny Prices dice:

    No te encontraba a ti tampoco… ¡Qué tonta que es Fanny Prices!
    Y qué bello relato que sube, sube, sube, sube, pasando por todas las estaciones, sin dejarse caer ni un instante, hasta ese durísimo corazón rojo de plastilina…

    Mil jazz, Dies Irae, mil jazz…

  18. Dies Irae dice:

    ¡Dies Irae! ¡Dies Irae! ¡Dies Irae!

    Será por música apropiada, Asesino: De Brahms a Britten, de Schubert a Dvorak, dentro de las misas de Requiem o como obra en sí, o formando parte de una sinfonía… O, para los más jóvenes, haciendo un receso en el de Mago de Oz, Moi dix Mois, o tantos grupos más o menos heavys, góticos, psicodélicos y de toda fauna que con un Dies Irae se han atrevido.

    Os dejo el de Verdi, mi favorito: http://www.youtube.com/watch?v=up0t2ZDfX7E&feature=related (altavoces a tope, por favor).

    ¡Chau!

  19. El asesino de Morfeo dice:

    Quedas encargada del hilo o hijo musical…yo me voy a ambientar la bodeguita para tan egregio evento. La sangre corre de tu cuenta que ya veo que has hecho acopio en la casa de Marianela…contenta la hemos dejao.

  20. Dies Irae dice:

    Gracias, ángel con tacones de aguja, por pasarte, comentar y ¡haberlo leído dos veces! Gracias dobles, pues.

    Espeso como los cipreses, espeso como la sangre espesa, sí… Era la intención, espeso y agobiante, confuso (salvo en las voces, ahí no debería serlo) en el hilo temporal también. Pero a lo mejor está algo pasado de espesante, jejé, no domino bien la maizena.

    Acababa de dejarte una respuesta en tu casa, justo antes de leer este comentario. Explicándome. Sí, se ve que estoy espesa. O que lo soy.

    Gracias y suerte!

  21. angel con tacones de aguja dice:

    Me ha gustado despues de leerlo dos veces, un poco espeso, pero bueno.

  22. Dies Irae dice:

    Ah, pues aún os asomáis, Don Juan. Os daba por ausentado, quién sabe bajo qué forma corporal o espiritual.

    Me reclaman otras obligaciones, os dejo de guardián de palacio y de la compañía, que amenaza con huelgas, tumultos y revoluciones, sin saber que hasta el decimocuarto día del mes en curso no ha sido convocada.

    Ea, pues, ya parto, reconfortada y tranquila.

  23. El asesino de Morfeo dice:

    ¿Ha picado ya Lovecraft con lo de hilvanar? Es que le echo de menos y me gustaria un buen lance entre Don Juan y Don Luis.
    Un abrazo

  24. El asesino de Morfeo dice:

    Para Don Juan.

    Me alegra el encuentro, Don Juan:
    mi lengua sujetaré
    mi paciencia bruñiré
    hasta que no pueda más.

    Y, eso será, yo calculo
    cuando el reloj de las diez.
    A partir de ese momento,
    ¡A la mierda con la candidez!

    Ha sido un placer hilbanar éstos torpes versos para usted

  25. Don Juan Tenorio dice:

    (Para Dies Irae y Morfeo)

    ¡Amigos!
    No os olvido, sabedlo,
    pero vida real me obliga
    a intermitente silencio…
    Lluvia, asuntos, personajes detenidos…
    (¡perdón, vuestro certamen!)
    Os leo como puedo y se me encoge la capa:
    ¡Cuidad esa lengua, Morfeo, por Dios!
    ¡Atad con mil nudos vuestra ira!
    Y sed cauto,que sabéis,
    también vos, de la ira día.
    Que ojos que leen mucho y mal se pasean por estas alamedas llamadas «comentarios». Como matador, sé que hay otros infames ávidos de la sangre que destila una pluma sincera. No cuenta para ellos honor.
    Me inquieta y admira vuestra candidez, ¡pardiez!
    Vivamos, pues, aquí de literatura y agua fresca(o de un buen vino de vuestra bodega).
    En pos de otros lances voy, de capilla en madriguera.
    Os saluda un Tenorio que guarda bajo el sombrero la miel de vuestra clemencia.

  26. El asesino de Morfeo dice:

    ¿Cura yo? pues no…¡en jamás de los jamases, pues estaría bonito!. Tampoco soy restaurador de códices, es una especialidad, la del papel y la de arqueología, que me son ajenas. Lo mío es la pintura sobre lienzo y sobre madera; mi afición a urgar en colecciones diplomáticas me vino a resultas de buscar anónimos pintores en libros de sacristías y en obituarios.
    Toda la imaginación reprimida en mi trabajo me la proporcionaba las disputas entre cofrades y patronos de capellanías…es increible lo que puedes entrever del alma humana en una disputa por una gotera o en la lectura de un testamento.
    En cuanto al robo del Códice Sixtino…Que voy a contarte, otro caso para el museo de los horrores. De todas formas, lo raro es que éstos actos de saqueo no sean más frecuentes. Ahora no hay dinero para salvarguardar el Patrimonío artistico y cultural y, cuando lo había, los fondos públicos se destinaban a otras cosas. Y es que los políticos tenían que ir guapos a los banquetes.
    De todas formas…¿A quién coño le importa la cultura en cualquiera de sus facetas? a cuatro «piraos». El resto del personal está tan entretenido mirando el Salvame.
    No les culpo, con lo que está cayando lo de menos es la cultura, habrá que evadirse como cada uno pueda….¡Pais!

  27. Dies Irae dice:

    Ah… que será que restaurabas códices miniados, qué bonito.
    Bien, entonces quiero oír tu docta opinión sobre el robo… ya se me olvidó cómo se llamaba. El de la catedral de Santiago. Cuéntanos en qué país vivimos, anda.

  28. Dies Irae dice:

    El espíritu de Rodolfo Tallón te perseguirá hasta la tumba… Igual la… ah, sí, Penélope nos puede ilustrar.
    Por cierto, que nuestro Tenorio no se ha dejado ver, y se echa en falta.
    ¿Colecciones diplomáticas de monasterios? ¿Eso es en coña o en serio? Cuando yo digo que no hay que fiarse de las amistades virtuales… ¿ahora vas a ser un cura rebotao (con todos mis respetos por los curas rebotaos)?

  29. El asesino de Morfeo dice:

    Es agotador, lo de estar esperando las contestaciones a los comentarios. Me alegro mucho que tu hermana esté bien. Veremos que me contesta la administración a lo de las desapariciones en mi rincon. Como sea algo que sospecho me temo que voy a ser drástico. Mientras, me voy a dormir.
    Mañana será otro día y espero que los pajaritos canten, las nubes se levanten y a mi se me pase el mosqueo.
    Voy a darme una vuelta por casa de Fanny Prices, a ver si me inyecta un poco de Jazz en las venas.
    Dulces sueños.

  30. Dies Irae dice:

    Tranquilo, amigo…
    Lo primero, porque mi hermanica está muy bien, muy fuerte y animosa, y el pronóstico es muy bueno.
    Lo segundo, porque la condesa no es frágil aunque los tacones le maten. No será la primera vez que me toquen noches de hospital o que tenga que recoger entre mis brazos el último aliento de alquien querido. Y, por desgracia, o porque los años vuelan, es lo que nos va a tocar cada vez más a menudo… y en ello estamos.
    Por eso, quizá, disfruto tanto entre letras y, sobre todo, entre los amigos que, como yo, las aman. Y aquí, entre ficciones y realidades, dejamos las tristezas de lado y nos reímos, cantamos, bebemos y hasta hacemos espantosos versos sin el menor pudor. Aunque no por eso te agradezco menos ese abrazo y tu deseo de evitar a quienes quieres esos tragos.
    Y lo tercero, porque en verdad soy sincera cuando pido críticas duras, que se saquen los defectos, los errores. Y Sacha suele ser bastante expeditivo, y no por ello (habrás leído el intercambio posterior) descortés en absoluto. Bien al contrario, ha demostrado no sólo corrección, sino también simpatía. O, al menos, así entiendo su regalo.
    Y sí, ya había leído tu comentario… anterior al mío. Y pensé que mejor podríamos hablar de ello fuera de estas ventanas indiscretas. Llegará el día, estoy segura.

    Un fuerte abrazo para ti.

  31. El asesino de Morfeo dice:

    Pues..¡Ni puta idea! supongo que te refieres a Rodolfo Tallón y, mucho me temo que no podré informarte más de lo que encuentres en el Google.
    Tengo que confesar que mi cultura literaria y poética es muy escasa y, encima tengo la memoria de un pez. No se ni cuándo leí eso y otras cosas, pero lo cierto es que, a veces, se me cuelan en la cabeza enredadas con emociones y sin pedir permiso.
    Ese poema me asalta, con «La balada de otoño» de Serrat, cuando lloro por dentro.
    Tras largos años escarbando en las colecciones diplomáticas de los monasterios como única lectura, tengo mucho por leer y mucha ortografía que revisar para ponerme al día. No quiero usarlo como excusa pero los historiadores del Siglo XVII y XVIII se saltaban a la torera las reglas
    gramaticales actuales y, no veas cuando había que lidiar con los códices medievales.
    En fin, esto suena a pedorrera excusa por no tener idea de quien es Rodolfo Tallón. A lo mejor por eso me asalta de vez en cuando…pura venganza.

  32. El asesino de Morfeo dice:

    Para Dies Irae.
    Leo, consternado, que la disléxia me ha jugado una mala pasada con ésa sipnosis-sinopsis…si es que, asesino, si no sabes ¿»Pa que te metes»?
    Pasado el repente, me fui a la casa de Shacha para ver si había un por qué de ése estudio desconcertado y virulento de tu relato…no sea que tu espíritu corrector lo motivara de alguna manera.
    Pero no, sólo hacías una pequeña referencia a tu simpatía hacia el protagonista de Ojos de tigre pero también hacia la abuela enamorada y enfrentada a conflictos psicológicos por la extirpación de un pecho.
    Ahí te equivocaste, Iri, uno no puede abrirse en canal y dejar su corazón y sus visceras al descubierto y a merced de los cuervos que sobrevuelan.
    Si quieres puedes pasarte por mi comentario en Ojos de tigre,; en el hacía referencia a lo que me costó leer el texto por parecidas razones: demasiado dolor removido sin necesidad.
    Recoge éste abrazo preñado de cariño…lo que daría porque nadie, nadie, y menos tu, tuviera que recorrer los pasillos nocturnos de un hospital cuando la enfermedad y la muerte nos acecha inmisericorde.
    A mi tampoco me gustan los cipreses.

  33. Dies Irae dice:

    No la guardes aún. Cuéntame primero quién es ese poeta del que dejaste un soplo, que yo no conocía. Busque en la red, hallé su nombre, pero apenas he podido encontrar más que ese mismo poema entero, y has despertado mi curiosidad.

  34. Dies Irae dice:

    Entre las carcajadas por la anécdota, la belleza del soneto (Gerardo Diego me apasionó durante una buena temporada, aunque, inconstante e infiel, me fui tras nuevas voces luego) y tu amabilidad, no puedo aceptar disculpas por lo que no fue ofensa en absoluto. Y sé que no debería insistir, pero, terca y cabezota por baturra, dime entonces, amigo Sacha, cómo es lugar común «la espesura del bosque».

    O no, no digas nada, no entretengo tu ronda constante. Te agradezco de nuevo tus palabras y, en general, las críticas que dejas en todos los relatos, pues no sólo de las del nuestro aprendemos.

    Y si quieres hacer un alto en el camino, siempre podemos reponer fuerzas y compartir poemas en cualquier recodo.

    Un abrazo.

  35. El asesino de Morfeo dice:

    Para Dies Irae y para Don Juan.

    No os preocupeis por mi, que estoy entero. Recuperado de antiguas resacas y con el alma y el hogar puestos en orden. El viejo gruñón resurge de sus cenizas convertido en gato ronroneador, que se frota contra vuestra piernas buscándo alimento espiritual.
    De pronto, estiro las orejas…¿Quien es Don Luis Mejías y por qué se mete con mi Iri?. Leo y releo.

    ¡Pobre Shacha! envainad la espada, Don Juan, que bastante tiene con hacer sipnosis para entender lo que lee y además termina llamando alambicada a nuestra duquesa. Se le ha escapado el mejor de los elogios…nunca se es demasiado sutil,si se refiere a su lenguaje.
    Pero además, si se refiere a un producto del alambique, habrá que recordarle que los mejores aguardientes proceden de la ebullición, en su caldera, de los sentimientos puestos en letras; y del posterior enfriamiento, en el serpentín del oficio.
    Lo que es cierto es que el orujo que nos ofreces es sutil, intenso y fuerte y, sorprendentemente, terriblemente fresco y afrutado.
    No, si vais a tener razón, a veces me sale la vena poética. Va a ser mejor que vuelva a esconderla o el Parnaso entero me va a correr a gorrazos.

  36. sacha dice:

    Sí, es cierto, pequé de la inexactitud que te acusaba, aunque la acepción de espesura como densidad es más frecuente cuando la aplicamos a los líquidos (fluídos en general). Decir que una salsa está espesa suena bien; lo otro, en mi opinión, no tanto.
    En fin, touché.
    Te dejo como desagravio el soneto que Gerardo Diego escribió a un ciprés del monasterio de Santo Domingo de Silos:

    Enhiesto surtidor de sombra y sueño
    que acongojas el cielo con tu lanza.
    Chorro que a las estrellas casi alcanza
    devanado a sí mismo en loco empeño.

    Mástil de soledad, prodigio isleño,
    flecha de fe, saeta de esperanza.
    Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,
    peregrina al azar, mi alma sin dueño.

    Cuando te vi señero, dulce, firme,
    qué ansiedades sentí de diluirme
    y ascender como tú, vuelto en cristales,

    como tú, negra torre de arduos filos,
    ejemplo de delirios verticales,
    mudo ciprés en el fervor de Silos.

    Cuentan en el monasterio (yo lo visité hace dos años cuando hice el Camino francés de Roncesvalles a Santiago) que un profesor de Literatura, repeinado y pedante, recitó ante un grupo de estudiantes de Secundaria este soneto, diciendo:

    Enhiesto surtidor de sombra y sueño
    que «acojonas» el cielo con tu lanza

    Y que aún hoy las risas resuenan en el viejo clautro.

    Repito las disculpas.

  37. Dies Irae dice:

    ¡Harto pronto desenvaináis de nuevo la espada, Don Juan!

    Dejad tranquilo al comentarista, pues yo misma tuve la debilidad de rogarle el comentario, viendo que pasaba de largo sin dirigirme ni una triste mirada de curiosidad. Ya quedaron agradecidos sus desvelos y el tiempo que empleó en analizar el precario texto.

    Y bien sabe vuestro Dios que agradezco aún más críticas que halagos, que cualquier lector tiene su buen fundamento y de todos debemos aprender. Dejadme ser humilde por un rato, que pocas veces lo veréis, pues el capital pecado de la soberbia me acomete a cualquier hora.

    Y que los electrónicos dioses paganos os permitan un buen día.

  38. Don Juan Tenorio dice:

    ¡Qué cruces malignos de letras y horas, Dies Irae! Me pierdo en esta selva de conquistadores. Nada llega a su hora:letra pasada responde a letra anterior, posterior…
    Revueltos son estos días de noviembre (a menos que mi permanencia en este mundo esté siendo castigada)
    Buena jornada. Intentaré ocuparme de Morfeo pero yo también tendré que ir hoy «de mi corazón a mis asuntos…»

  39. Don Juan Tenorio dice:

    ¡Ah, cuánto me pesa este siglo que apaga el sol cuando le place!¿A esa oscuridad que cierra bocas la llamáis electricidad? Dejóme a medias en plena tarea matinal y, ya pasada la medianoche, otro mal llamado “servidor” hurtó mis letras sin piedad todas las horas que quiso. Asombrado quedé, pues ¿no es servidor el que sirve? No cabrían en mi época servidores de tal calaña,tenedlo por seguro.
    Pues me dejaron a oscuras
    en vuestro mundo traidor
    no pude sino pensaros,
    que nunca falté a mi honor.
    Mucho ánimo para vuestras horas de realidad intermitente. Casi todos las tenemos, mal que nos pese (aunque, seamos justos, a veces nos pesan bien)

    Mas…¡voto a bríos, qué leo! ¡Habéis recibido un remedo de comentario de texto que su autor anuncia como «PEQUEÑA sinopsis»! ¡Un nuevo don Luis Mejía! Aunque os bastáis sobradamente para replicarle (y de ello me deleito por adelantado) ¡voy tras él en cuanto pueda! ¡Veamos de qué pavo real está hecha la pluma que le asiste…!

  40. Dies Irae dice:

    Pónganle tilde a ese ése, que me hace daño a la vista, por favor.

  41. Dies Irae dice:

    Cayó el telón, parece, pero… ¿llevándose por delante a los actores acaso?

    Causa extrañeza este silencio. Recorreré otros caminos, a ver si hay fiestas en otras mansiones. ¿Será que he caído en desgracia?

  42. Dies Irae dice:

    Muchas gracias, Sacha, por tu paso y tu detallado estudio. Revisaré tus notas con cuidado y seguro que de ellas sacaré alguna mejora.

    Me ha extrañado, ese sin releer, el comentario sobre los cipreses, puesto que contrapones «espeso» a «delgado», y eso sí es inexacto a mi parecer. El ciprés, para mis ojos, es espeso de arriba a abajo. No sé mucho de botánica, pero me parece el árbol más espeso y sí, efectivamente, más delgado en la copa que en la base. Digamos que utilizo «espesura» como «densidad», no sé si se entiende.

    Insisto, muchas gracias por el comentario.

  43. Dies Irae dice:

    Ni nuevos relatos ni nuevos comentarios en toda la tarde… No son ausencias, ¿estará nuestro admin malito?

    Veremos mañana. Buenas noches y buena suerte, que dicen por allá.

  44. sacha dice:

    Si me permites, haré una pequeña sinopsis, a mí me resultó necesaria tras la lectura.
    El relato empieza el día del cumpleaños del niño, cuando éste juega con los botes de plastilina que su padre le regaló el año anterior.
    La narración se traslada entonces a ese día del año anterior: el niño escucha, confundido con los golpes de sus manecitas al amasar la plastilina un «chasquido de madera o huesos». Se asoma, ve a su madre en la cocina, de espaldas, (en realidad ve algo más pero eso lo sabremos luego) y, después de modelar un corazón rojo, se acuesta. El niño se duerme pensando en lo ocurrido ese año: la pérdida de su hermanito y las Navidades que pasó solo con su padre. Su madre se accidentó en marzo y fue en Semana Santa a casa de los abuelos. Después, un verano tópico de sol y moscas y la vuelta a casa. Y con la vuelta, la tragedia, aunque de momento sólo asistimos a algo tan cotidiano como beber cerveza, escuchar Carrusel deportivo, poner la lavadora, planchar…
    El relato regresa brevemente al presente, al niño jugando con los botes de plastilina, en los que falta el color rojo. Mientras juega el niño recuerda con claridad aquel último día de vacaciones, la muerte del padre, a la madre limpiando la sangre del mango del cuchillo y cómo «sobre la camiseta blanca de tirantes se secaba deprisa la sangre, mostrando todos los tonos del rojo, casi anaranjado al lado del cuchillo, casi negro ya el borde del dibujo confuso, indescifrable, hipnótico…» (nuevo flashback, volvemos- vuelve- al día de su último cumpleaños, del segundo párrafo, cuando » la vio reflejada en el cristal de la puerta del tendedor como en un espejo sobre la noche negra del patio de luces, los regueros de sangre más seca escurriendo por el canal misterioso de sus pechos, la silla con un brote de astillas o de huesos- esta expresión sirve de nexo de unión en el tiempo- al aire»).
    Y un último párrafo conclusivo en el que el niño visita periodicamente en la cárcel a su madre «y ella le cuenta que cada noche besa el corazón rojo de plastilina que tiene apoyado en la pared, sobre la mesita».
    El relato me gustó mucho, aunque coincido en que la focalización en algunos momentos se torna confusa. Y no sólo la focalización, también la progresión temporal. El » Se durmió pensando en que, después del verano, el tiempo se convertía en un reloj de arena…» con que se inicia el cuarto párrafo me descolocó. ¿Por qué punto y aparte?, la transición natural sería punto y seguido.
    Es indudable que escribes muy bien; con todo, alguna expresión como: «la espesa altura de los cipreses» no me gustó por inexacta (los cipreses adelgazan en altura) o » pero ahora sabe que el balón no tiene en su alma de carrusel los labios partidos», esta última porque no la entendí.
    Quizás la candidez del niño (¡Qué tonta!, ¡Qué torpe!) resulte poco creible, aunque si nos creímos La vida es bella, por qué no.
    Tampoco me gustó el episodio del cuchillo en casa de los abuelos. Es descabellado pensar que un niño pueda dormir desde Semana Santa hasta casi el verano con «el cuchillo grande que el abuelo usaba para cortar cecina» debajo de la almohada. Y por cierto, ese cuchillo, que su madre devuelve a los abuelos, reaparece inexplicablemente como arma del crimen ¿Estamos ante una falta de raccord?.
    Pienso también que tu seudónimo sería para el relato un título mejor que el de «Alma de carrusel», un poco alambicado.
    Mi sincera enhorabuena.

  45. Dies Irae dice:

    Disculpadme, Juan Tenorio:
    Robando tiempo al trabajo
    no puedo improvisar versos,
    pero sí agradecimientos
    por las hermosas palabras
    y por los lindos deseos.
    Y si esta tarde permiten
    mis nobles obligaciones
    (hospitales, misas, diezmos
    y demás tribulaciones)
    No dudéis que esta condesa
    bien contestará a su siervo.

    Hala, ya me he despachao, hasta lueguito sea.

  46. Dies Irae dice:

    Cruzamos caminos y mensajes, y te sigo viendo un poco tristón, querido amigo.

    Claro que conocía al bueno de Hilario y sus hermosas canciones. Busquemos una más alegre… Me encantaba «Los cuatro luceros». Yo no te la cantaré, que tengo voz radiofónica y sin embargo no apta para la lírica, ni cantada ni recitada, y no quiero someterte a tortura. Pero seguro que tienes un tocadiscos de los de otras épocas (creo que lo tengo en LP, no estoy segura).

  47. El asesino de Morfeo dice:

    No se si conoces a Hilario Camacho y su canción a Dolores. Vale, dejáme que la destroce…

    Deja de llorar, mi amor,
    porque al llegar la mañana
    Ay, Ay, ay, ay.
    Porque al llegar la mañana,
    del rocio tu tendrás
    mucho más del que soñabas.

    Que el día te depare hermosos momentos y críticas misericordes. Nos vemos a la noche.

  48. Don Juan Tenorio dice:

    «¡Magnífica es en verdad
    la idea del tal panteón!
    Y…siento que el corazón
    me halaga esta soledad».

    Preocupado me tenéis esta noche,»Bien Airada». Visito a Morfeo y me invade desaliento. Os visito a vos y parece que hay contagio de melancolías… Quizá me equivoco, pero vuestro tono leo cansado, con el ánimo deshilachado.
    ¡Mirad que don Juan es capaz de escribir gran tontería
    con tal de recuperar vuestra perdida alegría!

  49. Dies Irae dice:

    Dignas palabras, Don Juan, para dar paso al telón, los aplausos o los silbidos, si nadie tiene más que decir. O no… que para mí, jugar con la literatura no sé si es placer o vicio.

    En cuanto a ese panteón, de eso se trata, Tenorio. De que aquellos que crean que, al final del concurso, el premio se lo lleva quien haya hecho posibles amistades por aquí se apunten a seguir jugando. Veremos cómo.

  50. Don Juan Tenorio dice:

    ¡Ah, cuán feliz se siente esta sombra desdichada…!
    El vino me entró caliente y desenvainó mi espada.
    Ya sabéis que pendenciero me hicieron y así quedé.
    Perdonad, pues, caballeros (¿o también hay aquí dama?)
    y sigamos en la brecha noche a noche, de alba en alba…
    que de ver tan buena letra, ya por tantos olvidada,
    lloran todos mis sentidos dando alegría a mi alma.
    ¡Qué delicias, buen Morfeo, en buena bodega guardas!
    ¡Qué divino ingenio, Ira, ocultabas bajo capa!
    ¿Cómo volver a mi tumba tras este sublime encuentro?
    Mas,¡oh,desdicha!,por no tener yo morada en este mundo que os une
    no os podré invitar a casa…
    Casa tengo en otra calle, pero discreción la guarda
    hasta que llegue la hora en que todo se destapa.
    Para no ocupar vuestro espacio no me extiendo más, amigos.
    Y, siendo sólo personaje, no puedo sino emular a mi hacedor en lenguaje. Emulo mal, ¡pardiez! pero mi misión cumplí: rescatar su memoria sepultada y una lengua atormentada que no pensé volver a oir.
    No os sintáis, pues, obligados a mi estilo respetar. Es bien cruel, el muy villano… ¡De él os juro yo escapar!
    Corre mal siglo para usar palabra antigua.

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©Joaquin Zamora. Fotógrafo oficial de Canal Literatura

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