E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra.
Jn VIII, 8
Aquella tarde, ahora difusa como una palabra mal borrada, debí de ser malvado. No me compelió el coraje o la avaricia (capital pecado que, acaso, animó a Judas Iscariote) aunque sí una propiedad matemática: la transitividad; su postulado me justificó por entonces y para siempre. (más…)





