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238- El estanque. Por Luna

Solían ir a nadar al estanque de ajolotes, bosque adentro. Se escapaban a la hora de las hamacas colgadas en las galerías y a la sombra de los árboles; a la misma hora en que se achicharran las vainas de frijoles. Guadalupe recogió su atadito de trapos y se escabulló por la puerta del frente, sin dejar de verse en el espejo del zaguán. Revisó su trenza negra y su vestido blanco de volados almidonados; se miró a los ojos y se sonrió.

Transcurría un julio caluroso y esa tarde no era la excepción. El sol calcinante curtía la piel; pero el terciopelo moreno de su rostro resistía a fuerza de juventud. Caminaba ligero, sacudiéndose el polvo que se le pegaba en la falda. Apresuró el paso un poco más, hasta volverlo un trotecito de vieja que no quiere perder su dignidad. La calle estaba desierta, como siempre a esa hora, pero aún así volteó varias veces para cerciorarse que nadie la viera alejarse del pueblo.

Joaquín la esperaba en el lugar de costumbre, recostado contra un árbol. Allí el aire era más fresco y la vista del pueblo era agradable; pero sobre todo le gustaba verla subir, dibujando meandros entre las piedras sueltas, aferrándose de donde pudiese, sin poder evitar que algún de los tirantes de su vestido cayera levemente sobre el brazo, mostrando su hombro cobrizo de piel tersa, sus huesos redondos y pequeños.

Estiró la mano, como siempre, para ayudarla a subir. Sus pies finos y largos, enfundados en  huaraches, estaban a punto de resbalar por la roca lisa. En un segundo, Lupita tuvo que decidir si acomodarse el bretel, que amenazaba con caerse, o tomar la mano de Joaquín. Se sujetó fuerte a sus dedos y se dejó arrastrar hacia arriba.

No se saludaron, se sonrieron mutuamente y se encaminaron al estanque. La brisa era más fresca en la penumbra jaspeada del bosque. Las hojas murmuraban suavemente. Ambos tenían las mejillas ardidas, así que se mantuvieron en la sombra todo el camino.

Iba uno pendiente del otro. No hablaban y, en medio del bullicio de pichones hambrientos, podían oírse respirar, el aire entrando y saliendo con fuerza, agitados a pesar de caminar lentamente. Los ojos de Lupita serpenteaban: primero buscaba alondras, al rato hormiguitas y escarabajos, pasando revista, de tanto en tanto, a los movimientos de Joaquín. Con su falda abultada rozaba las rodillas del muchacho. Joaquín hacía un esfuerzo supremo por disimular cuanto lo perturbaba aquel jueguillo inocente y trataba de contener el aliento para que ella no se diera cuenta. Caminaba con los ojos clavados al suelo, mordisqueando nervioso un pasto verde que encontró por el camino. Lupita seguía mirándolo de reojo, adivinando cada uno de sus pensamientos. Se complacía de inquietarlo de aquella manera y al escucharlo suspirar no pudo contener una risita de triunfo. Joaquín se volvió hacia ella y le devolvió una mueca confesa. Sin dejar de caminar se tomaron de la mano.

Lupe y Joaquín se conocían desde siempre, de la escuelita, de los juegos en la calle, de huirle al calor al fresco de los almendros de la plaza. Cuando descubrieron el estanque las tardes de julio dejaron de ser un infierno para convertirse en el paraíso. Muchos abandonaron el pueblo junto a sus padres, en la época en que se descubrió petróleo en Ciudad del Carmen, allá en el Golfo de México. Sólo ellos habían quedado de los que guardaban el secreto del estanque de ajolotes. Cuando eran niños, emprendían el camino en silencio y el alboroto empezaba poco antes de llegar; todos comenzaban a correr, sacándose las camisas, las faldas, los pantalones y hasta los calzones. Se zambullían desnudos en el agua fresca que bajaba de la montaña. Ahora sólo estaban ellos y ya no eran niños.

El chirrido de la mecedora hubiera despertado a cualquiera que durmiera la siesta en la casa, pero Doña Desideria no sólo dormitaba tranquila mientras se hamacaba, sino que además sus dedos se movían incesantemente, tejían y tejían. Tenía los ojos cerrados, pero el oído bien despierto y sabía que Lupe se había escabullido hacía rato. Tiempo atrás se dio cuenta de que su nieta ya estaba en edad de merecer y que inútil sería encerrarla en un cuarto, como habían hecho con ella, para casarla con alguno que no la quisiera, a cambio de unos burros y una vaca.

No señor, a su nieta no iba a pasarle lo mismo que a ella. Que hablen lo que quieran. A esa hora la galería era el lugar más fresco de la casa y el perfume de las gardenias la sumergía en un sopor que clarificaba la mente. Pensó que Joaquín era bueno para Guadalupe y recordó los dulces besos de su vendedor de duraznos.

El impulso de tejer le vino en el velorio de su hijo y de su nuera, cuando tuvo que aprender a no llorar delante de Lupita. El movimiento se apoderó de sus manos de la misma manera que el diablo se apodera de un alma. Durante las noches y los días que duró la vigilia se mantuvo sentada en su mecedora, tejiendo, callada. Agradecía las condolencias con una inclinación de cabeza y sólo habló para dar algunas indicaciones. Con los ojos fijos en las hebras, tejió hasta que le sangraron los dedos. Eso ocurrió de repente, ni siquiera lo sintió; se dio cuenta cuando llevaba un metro de lana amarilla estampada de rojo.

Mientras Desideria tejía, pensaba; y pensó sobre todo en su difunto esposo, que seguramente le había mandado esta desgracia para vengarse de todas sus infidelidades. Nunca pudo comprobar los amores secretos de su esposa; pero lo sabía, estaba seguro porque podía sentir el olor de los otros en su piel, en su boca. Desideria jamás le dio motivo de queja desde el día en que se la vendieron. Fue una mujer hacendosa, ardiente, compañera; pero no fue suya.

Al llegar al estanque fueron desvistiéndose de a poco. Joaquín fue el primero en terminar y se lanzó de un salto al agua. Cuando se asomó a la superficie vio a Lupita de pie, sin ropa, riéndose; se veía delgada, ondulada como las colinas que rodeaban al pueblo. Se reía con desparpajo y sus ojos oscuros brillaban como soles. Joaquín se contagió de su risa por puro nerviosismo del momento. Le dijo que entrara al agua, pero ella sin decir palabra movió lentamente la cabeza, torció los labios en una sonrisita misteriosa y lo miró por el rabillo. Comenzó a escalar hacia una saliente, mientras Joaquín la miraba extasiado. Lo único que se oía era el rumor de las hojas. Al llegar a la punta de la roca que asomaba, respiró profundamente y se tiró en un clavado perfecto.

Joaquín jamás la vio salir. Pasaron los minutos; se perturbó más y más; gritó su nombre una docena de veces; se sumergió hasta donde pudo y cuando ya estaba casi ahogado en llanto salió corriendo hacia el pueblo, vistiéndose por el camino. Con la ropa pegada al cuerpo andaba a los tropezones. Iba descalzo y se clavaba cuanto guijarro había. Sin hacer caso de nada, con el aliento entrecortado, no se detuvo hasta llegar a la primera casa.

Llegaron un rato después algunos hombres que se metieron a buscarla, pero el estanque era profundo y a cada metro más oscuro. Se retiraron sin haber conseguido nada. El pueblo entero se conmovió. A la abuela de Guadalupe Ferreira, Doña Desideria Morales de Ferreira, casi le da un infarto y el médico se instaló en el sillón de la sala para cuidarla día y noche. Por más que le administró tranquilizantes, ella pasó la noche en vela, con las manos quietas por primera vez en once años. Los callos que tanta laboriosidad habían formado se desprendieron de sus dedos uno a uno, dejando al desnudo la carne blanda.

A la mañana siguiente llegaron autoridades de otro pueblo, trayendo una máquina para dragar el estanque. Tras cinco horas de trabajo sin descanso, la inmensa aspiradora se topó con algo grande, que no cabía por la boca de la manguera. El cuerpo estaba tan hinchado que apenas parecía la misma Lupita; sus huesos casi ni se notaban y su piel morena tenía un azul glacial resplandeciente. En la frente lucía un tajo de lado a lado y, apenas debajo, sus ojos abiertos aún reflejaban el brillo de la tarde anterior. Entonces, el corazón de Doña Desideria se apaciguó, porque pudo enterrar a su nieta en la tierra, como corresponde, y rezar por su alma todas las noches.

 

14 Comentarios a “238- El estanque. Por Luna”

  1. Dies Irae dice:

    Enhorabuena, Luna. Tu trágico aunque lindo cuento llegó a meterse entre los quince finalistas. Te deseo mucha suerte y espero poder leer, algún día, más historias que me dejen ese sabor desconocido, de tierras lejanas, de fruta dulce, de aguas heladas.

    Felicidades.

  2. Bonsái dice:

    Te felicito estás entre los finalistas!!!
    Un abrazo!

  3. Hóskar-wild is back dice:

    Enhorabuena por estar entre los que correrán en la recta final. Tienes muchos y muy buenos competidores pero los designiso del jurado son inescrutables. Suerte.

  4. El asesino de Morfeo. dice:

    He vuelto para volver a leerte y dejarte mis estrellas. Suerte.

  5. El asesino de Morfeo dice:

    Hermoso y triste relato con un escalofriante contraste entre el calor de la vida y el frío de la muerte. Eres grande, Luna.
    El personaje de la abuela me parece uno de los más interesantes del certamen y, tus descripciones, me han llevado de la mano a un hermoso país con hermosas gentes. Muchas gracias.
    Podría rectificar, demasiados hermosos en tan poco espacio, pero…¡que más da, es tan bello tu cuento!

  6. Bonsái dice:

    Luna:

    Un cuento exquisito, cuidado, medido, mimado… Dos historias narradas y entrelazadas por la tragedia. La de Lupita y su amado y la de la abuela, vendida a un hombre al que nunca perteneció, con las desgraciadas muertes en sus espaldas o más bien en sus dedos sangrantes. Te felicito pero no logro conformarme… No, Lupita debía seguir viva…
    Mi enhorabuena. Tienes mi voto y cinco estrellas, y una lágrima también.
    ¡Qué te costaba haber dejado viva a Lupita!

    Abrazo.

  7. caos dice:

    Yo que, soy un «simple», hubiera acabado la historia, con ambos a caballo hacia el sol de poniente entre los cactus del desierto. En fin, es tu relato y por eso te ha quedado mucho mejor de lo que me quedaría a mi.
    Ya sabes, cuando quieras nadar en el estanque, primero mete el dedito gordo del pie para comprobar la temperatura, y despues el resto despacito. Suerte en el certamen.

  8. Lovecraft dice:

    Las historias de amor con final triste siempre me han afectado profundamente. Debo ser un puñetero sentimental. Por eso suelo exigirles más que a otros tipos de argumentos, y si pienso que no están bien escritas, me cuesta terminar la lectura. No ha sido este el caso. Una historia encantadora sobre amores adolescentes, con un lenguaje sencillo, exento de florituras, pero muy cuidado y con algunas imágenes y expresiones muy sugerentes («dibujando meandros entre las piedras sueltas», «Con su falda abultada rozaba las rodillas del muchacho», «tejió hasta que le sangraron los dedos», etc…). Lástima de final, porque la relación prometía.

    Ahi va un poco de suerte para el certamen

  9. rulfo dice:

    Una historia costumbrista con un final trágico, como casi todas las historias de infidelidades que surgen en el interior de pueblos que parecen desganados; aquí abandonado tras haberse descubierto petróleo cercano. Quizá fuera la maldición del difunto esposo de Doña Desideria, su abuela, por los muchos engaños a que fue sometido: “Fue una mujer hacendosa, ardiente, compañera; pero no fue suya” Aunque la vieja se contentara con poder enterrarla y rezarla cada noche.
    Muy bien escrita Luna, con ese vocabulario tradicional que acompaña al relato a la perfección, como si fuera su esencia más íntima.
    Felicidades y suerte

  10. Hóskar-wild is back dice:

    Gracias por tomarnos de la mano y llevarnos al estanque junto a la pareja de enamorados. Mala idea la de hacer un picado ¿A quién quería impresionar? Suerte.

  11. Merisi dice:

    Luna, enhorabuena; el relato llega a su fin sin que uno se dé cuenta de que poco a poco se va metiendo en la historia hasta que ya tampoco puede (y no quiere) salir de ese estanque, buscando a Lupita; hay frases que suenan contundentes y las figuras que recrea hace que te ahorres palabras. A mí me suena un poco a realismo mágico bien llevado, sin caer en la exageración colorida y exótica que en ocasiones envuelve a los textos en oropel; también me ha recordado a un cuento que se llama «Solo», de Armando Palacios Valdés (español), ahí la relación interrumpida se da entre hijo y padre. La tristeza del final sólo se compensa con la belleza de los grandes amores que intervienen en la historia. Que tengas suerte, Luna, estupendo relato.

  12. Aljibe dice:

    Uf, con el corazón encogido me quedo.

    Suerte!

  13. Dies Irae dice:

    Salud, Luna.

    Hermoso y triste cuento, como un cuadro con bellas pinceladas que te llevan a los personajes, que te introducen en el paisaje, que te sumergen, por fin, en el fondo negro del estanque.

    Felicidades y suerte en el concurso.

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©Joaquin Zamora. Fotógrafo oficial de Canal Literatura

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