Casimiro. Por Dies Irae
Se llama Casimiro y ya era viejo, muy, muy viejo, cuando, al abrir un libro, aparecía de la nada. Yo me acomodaba en su costado acogedor —aunque era enjuto como un huso—, bajo sus brillantes ojos negros, y seguía el camino que trazaba con el índice. Si me atascaba en…










