Merche. Por Anna Genovés

Hacía tanto calor que no cantaban ni las chicharras. La oficina estaba vacía y yo aburrido como una ostra. De repente, abrió la puerta y entró; una aparición celeste con pasos distinguidos de dama. Sus tacones repicaron en mis oídos. ―Buenos días joven. Quiero ingresar doscientos euros en mi libreta…

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