La puerta se abre y un remolino de colores brota violento iluminando la calle. Un levitón de cuadros enormes, alternando los de color rojo rubí con los amarillo oro, combinados con otros azul eléctrico y verde botella, embute en su seno a un hombre tan orondo que el único botón…
El ocaso esa tarde era un pérfido guiño a la estampa ruinosa que conformaba el pueblo con cada uno de sus rincones. La única extravagancia dentro en esa vieja pedanía era el caño de la fuente antigua, que hacía manar desde unas fauces diabólicas un chorro de agua con sabor…