La sala era un hervor de invierno, hacía frío y ni siquiera el sofisticado calentador que ocupaba el centro de la sala lo atenuaba. Aunque claro, los científicos e ilustrados nunca fueron muy partidarios del calor, o por lo menos no del letargo que suele provocar su sopor.
De pequeña, tenía la costumbre de pasearse desnuda por todas las habitaciones del gran caserón de su abuela. Al llegar del colegio, apenas dejaba la mochila, abandonaba progresivamente cada una de las prendas que Josefina le había planchado con esmero por la mañana.
I Entre la pesadez del cuerpo y la ligereza del sueño, un olor a humedad traído a lentos pasos a la recámara desde el balcón, me recordó que hacía ya unos días que me esforzaba por acostumbrarme al clima de esta ciudad. Junto al bochorno, la ausencia del cuerpo…
D. R. sorbe las últimas gotas de la lata de Coca-Cola Zero, la estruja con la mano izquierda y la lanza por encima del hombro. En el suelo gris de la nave vacía, el ruido de los trompicones de la hojalata reverbera ásperamente en el…
Y ahora, al cabo de los años, tengo una bandada de golondrinas. Llegó una pareja, hace ya tiempo, y empezaron a hacer su nido en uno de los rincones del balcón de mi dormitorio.